Testifica de Jesús sin Temor

Testifica de Jesús sin Temor

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Overview

En los últimos años, el libro Testifica de Jesús sin temor y su creciente familia de productos asociados desató un movimiento de testimonio cristiano que sigue cobrando impulso. Comenzó con el asombroso relato de William Fay, quien fuera un hombre de negocios motivado por el dinero, vinculado con la mafia y dirigente de un burdel, hasta que llegó una redada policial. Ante la amenaza de una condena que lo privaría de su libertad, Fay buscó su redención en Jesucristo y desde entonces ha testificado de Él ante los demás.

Testifica de Jesús sin temor comparte las apasionadas y eficaces instrucciones de Fay sobre cómo testificar del amor de Cristo ante cualquier persona, sin sentirse intimidado por ninguna de las dos perspectivas de la conversación. Este movimiento misionero, caracterizado por su audacia y alegría, sigue progresando sin temor.


In recent years, the Share Jesus Without Fear book and its growing family of related products have sparked a faith-sharing movement that continues to gain momentum. It began with the jaw-dropping story of William Fay, once a money-driven businessman with Mafia ties who ran a house of prostitution until it was raided by police. Facing the threat of jail time, Fay turned to Jesus Christ for redemption and ever since has been turning others to Him as well.

Share Jesus Without Fear relays Fay’s passionate, effective instructions on how to share the love of Christ with anyone -- without feeling intimidated on either side of the conversation. Bold and joyful, the outreach movement continues without fear.

Product Details

ISBN-13: 9781433678448
Publisher: B&H Publishing Group
Publication date: 01/01/2013
Sold by: Barnes & Noble
Format: NOOK Book
Pages: 208
File size: 3 MB

About the Author

William Fay graduated from Denver Seminary with a degree in leadership and has taken up the mantle of an evangelist. Fay is a chaplain with the Federal Drug Enforcement Agency, host of the internationally syndicated radio show, “Let’s Go,” and his booklet “How to Share Your Faith Without an Argument” has more than five million copies in print. He travels frequently around the globe sharing the Share Jesus Without Fear message and resides with his family in Ft. Myers, Florida.

Read an Excerpt

CHAPTER 1

IMPOSIBLE FRACASAR

Mi nombre equivalía a poder. Era el presidente y director ejecutivo de una empresa internacional multimillonaria, estaba relacionado con la mafia y era el dueño de uno de los prostíbulos más grandes de Estados Unidos. Participaba de chantajes, apuestas y juegos de azar. Tenía un Rolex de oro, una limusina con chofer, dinero, iba por la cuarta esposa, y tenía trofeos de mis muchos campeonatos de racquetball. Sentía que había logrado alcanzar el éxito que tanto promocionaba el mundo. Me burlaba de cualquiera que se atreviera a hablarme de su fe en Dios.

Una mañana, fui a mi club atlético en busca de alguien para aniquilar en la cancha de racquetball. Al mirar por la ventanita de la puerta, vi a un hombre que parecía ser judío. Con descaro, abrí la puerta de un empujón y reclamé: «¿Qué hace aquí en Yom Kippur? ¿Por qué no está fuera haciendo lo que ustedes, los judíos, suelen hacer en las fiestas?»

Paul Grant respondió: «También soy un cristiano. Yom Kippur es el día en que los judíos le piden a Dios que perdone sus pecados un año más. Para mí no es necesario, porque ya recibí el perdón mediante Jesús, el Mesías».

«Ay, por favor», me burlé.

Durante meses, el Dr. Grant me escuchó junto a su casillero mientras yo le hacía preguntas e intentaba retrasarlo para que llegara tarde a su consulta. Pensé: ¡Qué estúpido! ¿Cómo puede ser que este idiota se quede aquí sentado y me permita hacerle esto?

Recién un año y medio después, cuando allanaron mi burdel, tomé en serio sus palabras. En medio de cientos de llamados telefónicos de hombres, preocupados por saber adónde estaban las muchachas o porque sus nombres aparecieran en mis registros, solo el Dr. Grant llamó para preguntar: «¿Estás bien?».

En 40 años, era la primera vez que alguien me hacía esa pregunta. Me impactó tanto su interés que cuando me invitó a ir a la iglesia con él y su esposa Kathie, acepté.

Igualmente, no se lo hice fácil. Cuando llegamos a la iglesia, me senté en la última fila. Cuando el ujier intentó prenderme una rosa con un alfiler, arrojé la flor como un plato volador. Más adelante, cuando los Grant me llevaron a su casa, escuché mi primer testimonio cristiano: el de Kathie.

Kathie es la clase de mujer radiante que no parece haber tenido nunca un granito. La miré incrédulo mientras me contaba cómo habían abusado de ella en la infancia, y que había sido la amante de un magnate petrolero en Indonesia. Supuse que había inventado esa historia para atraparme en alguna clase de secta que ella llamaba «cristianismo». Pero lo más gracioso es que, aunque ese día rechacé su testimonio, todavía recuerdo su vestido. Me acuerdo de la tetera que usó para servir. Me fui de su casa pensando: «Está bien para ti, pero yo no necesito esa basura en mi vida».

(En el apéndice 5, encontrarás mi testimonio completo.)

¿Fracasaron?

A través de los años, muchos se acercaron a mí para hablarme de su fe, pero no los escuché. Se iban desalentados porque los insultaba, los contrariaba o los perseguía. Y si se fueron pensando que habían fracasado, creyeron una mentira, ya que jamás olvidé el nombre, el rostro, o las palabras de aquellos que me hablaron de Jesús.

¡Dios es soberano! Si puede cambiar a alguien como yo, puede hacerlo con cualquiera que conozcas. Pero tienes que saber algo: no es tu responsabilidad hacer que el corazón de alguien se vuelva a Dios. Jesús dijo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere» (Juan 6:44). Atraer a las personas a Dios es Su tarea, no la tuya. Pero aun así, si desaprovechas las oportunidades que Dios te da para hablar de tu fe con los demás, perderás también la ocasión de experimentar todo lo bueno que Dios ha planeado para ti. En Filemón 6, leemos: «Ruego que la comunión de tu fe llegue a ser eficaz por el conocimiento de todo lo bueno que hay en vosotros mediante Cristo» (lbla).

Como verás, el éxito consiste en compartir tu fe y vivir para Jesucristo. No tiene nada que ver con llevar a alguien al Señor, sino con la obediencia.

Aunque no tengas el privilegio de una buena respuesta la primera vez que hables de tu fe, no significa que hayas fracasado, porque fuiste obediente.

CHAPTER 2

CAPTA LA VISIÓN

Una noche, tuve un sueño. Una mujer sujetaba a una niñita, y luchaba para mantener su cabecita fuera del agua. Cerca, una ola hundió a un hombre en profundidades salinas. Desesperado, sacudía violentamente los brazos contra una barrera de agua, para tomar bocanadas de aire. Por todas partes, el océano se agitaba lleno de personas que se ahogaban, jadeaban e intentaban con desesperación sacar la cabeza a la superficie. El rugido de las olas implacables apagaba los gritos. El viento atrapaba los gemidos en vano. Estaban solos en su terror, y no había ayuda a la vista.

Entonces, apareció una roca gigante, y se escuchó una voz en la oscuridad. Las personas comenzaron a trepar por la escarpada roca, para ponerse a salvo.

Pero cuando ya estaban seguros, vi algo que me dejó perplejo. Los que salían de las olas enseguida se ocupaban. Comenzaban a construir jardines, vidas y trabajos de roca, a escuchar música de roca y a asistir a reuniones sobre la roca donde hablaban de las personas que seguían ahogándose en el océano. Sin embargo, nadie volvía a la orilla del agua a ayudar.

¿Alguna vez intentaste correr o gritar en un sueño? Yo tampoco puedo. No obstante, intenté correr y gritar con todas mis fuerzas: «¿Cómo pueden olvidar que ustedes también estuvieron en el océano?».

Al observar a los «salvos» tan ocupados en su trabajo de roca y escucharlos hablar sobre ella, comprendí que era la cruz del Calvario. La voz que escucharon era Jesús, que los llamaba por el poder del Espíritu Santo y los invitaba a acercarse. Él nunca está en lo alto de la roca, en la zona segura; llama desde el borde, donde se encuentran los muertos, los enfermos y los perdidos y, como quizás recuerdes, donde te encontró a ti.

¿Sabías que apenas un 5 a 10% de las personas de una iglesia media compartieron su fe el año pasado? Significa que el 90% de nosotros escogió el pecado del silencio. Como en mi sueño, los que se ahogaban están tan ocupados participando de la seguridad de «la Roca» que han olvidado alcanzar a los que todavía se están ahogando.

El pecado del silencio

Se ha debatido mucho sobre cuál de las heridas de Jesús provocó Su muerte. Entre las muchas que recibió, había laceraciones, perforaciones, abrasiones y contusiones. En un sentido, podemos decir que ninguna de estas heridas mató a Jesús. La que causó Su muerte fue el silencio. Nadie habló a Su favor.

Cuando lo arrestaron los soldados romanos, Pedro, su leal discípulo, no huyó pero los siguió a una distancia segura, en silencio, mientras conducían a Jesús a la casa del sumo sacerdote. Los soldados llevaron al Señor adentro, y Pedro se acercó a un grupo que se mantenía caliente junto a un fuego. Varios reconocieron a Pedro como uno de los seguidores de Jesús. Le preguntaron: «¿Acaso no estabas con Jesús?». Pero Pedro lo negó: «Lo siento, no lo conozco».

Por la mañana, antes de que cantara el gallo, Pedro negó a Cristo tres veces. Al leer este relato, sacudimos la cabeza y pensamos: «Qué bueno que nunca hice algo así».

Y aunque la mayoría de nosotros jamás dijo: «No lo conozco», hemos encontrado maneras de negar a Jesús. Lo hacemos al no abrir la boca. Lo negamos con nuestro silencio.

Hablar de nuestra fe debería ser emocionante. Vivimos en una época en que se cumplen profecías bíblicas por todas partes. Sin embargo, muchos permanecen callados.

Mientras tanto, 100.000 iglesias cerrarán sus puertas esta década. ¿Por qué? Porque sus integrantes escogieron el pecado del silencio.

Cuidado con las señales de una vida cristiana agonizante. Pregúntate: ¿Estoy hablando de mi fe? ¿Tengo amigos cristianos exclusivamente? ¿Me junto con los muertos, los enfermos y los perdidos? Si tú y los miembros de tu iglesia han descuidado la tarea de alcanzar al mundo, te aseguro que la congregación comenzará a dividirse, a murmurar y a pelear por cuestiones cristianas inconsecuentes como la elección de los himnos y el color de las alfombras. Se transformarán en cuidadores de un acuario cristiano en lugar de pescadores de hombres. Tu iglesia irá camino a la muerte espiritual. Es más, puedo profetizarle a cualquier iglesia o creyente, sin temor a errar, que si deciden no evangelizar, ya sea en forma individual o colectiva, su iglesia se fosilizará.

Quizás hayamos olvidado lo que les sucede a los que no nacen de nuevo. Antes de comprometerme a seguir a Cristo, vivía lo que ahora llamo la «mentira del punto medio».

Creía que no era tan malo, que estaba en el «medio» y, por tanto, merecía ir al cielo. Era mentira. La Biblia afirma que si Dios no es tu padre, Satanás lo es. Tienes una relación con Cristo o no la tienes; naciste de nuevo o no lo hiciste. Eres hijo de Dios o Su enemigo; almacenas ira o misericordia; vas al cielo o al infierno. Nadie está en el medio. Nadie está «casi llegando». Los que decidieron rechazar a Cristo están condenados. Es errado creer que un Dios de amor no enviará a los incrédulos al infierno.

Piensa en la cruz, donde Cristo se entregó y llevó nuestros pecados, demostrando el increíble amor de Dios. ¿Pero qué hay de Su justicia? Cuando Cristo, el Cordero inmaculado de Dios, cargó con los pecados del mundo sobre la cruz, gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mat. 27:46). Dijo: «Soy contado entre los que descienden al sepulcro [...] Abandonado entre los muertos [...] De quienes no te acuerdas ya» (Sal. 88:4–5).

La Escritura deja claro que Dios le dio la espalda a Jesucristo. Arrojó toda Su ira sobre Su propio Hijo inmaculado. ¿Por qué? Porque un Dios santo no puede mirar el pecado, ya sea que tú lo cometas o que sea depositado sobre Su único Hijo.

Debemos dejar de creer la mentira de que tú o cualquiera que no haya nacido de nuevo no tiene condenación, y negarnos a creer que Dios permitirá que nuestros amigos incrédulos eludan el infierno y se unan a nosotros en el cielo.

Solo dos clases de personas leen este libro:

1. Las que hablan sobre los perdidos.

2. Las que les hablan a los perdidos.

No me preocupa a cuál pertenezcas ahora, sino quién serás después de leer este enfoque sencillo sobre evangelismo. Quizás hayas sido miembro del primer grupo. Espero que cuando termines de leer este libro te hayas unido al segundo. Pero aun así, algunos del segundo grupo solo arrojan indirectas, en lugar de salvavidas, a los que se ahogan en el mar.

Muchos cristianos afirman que aman al Señor. Ofrecen abrazos y oraciones, pero solo dan pistas sobre la verdad del evangelio. A veces, colocan un pez plateado o una pegatina con la frase: «Toca la bocina si amas a Jesús» en la parte trasera del automóvil. Los más valientes, van a ver un juego de fútbol y levantan pancartas con «Juan 3:16» en letras grandes y rojas.

Estos cristianos no dan suficiente información como para permitir que el Espíritu Santo cambie el corazón. ¡No les señalan a sus amigos cómo pasar del estado de muerte al de vida!

¿Alguna sentiste mucha hambre en casa de una dulce anfitriona? Tu estómago comienza a gruñir y te alivia ver una mesa con mantel de encaje en un rincón. Sobre la mesa, una elegante bandeja de plata llena de minúsculos sándwiches. Sonriente, atraviesas la lujosa alfombra y te acercas a la delicada mesa. Pero al llegar, descubres que por más exquisiteces que pruebes, no te sentirás lleno.

Los mismos principios se aplican a los cristianos que solo ofrecen bocaditos espirituales a sus amigos. Se quedarán con hambre, deseosos de llenarse de vida.

Estos mismos cristianos confiesan: «Bill, voy a la iglesia, llevo una buena vida cristiana, pero nunca hablo de mi fe».

El problema es que si no hablas de tu fe, no estás llevando una buena vida cristiana. Romanos 10:14 pregunta: «¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído?».

Debemos comprender que si no explicamos nuestra fe, nuestros amigos quizás jamás la comprendan y, por lo tanto, no tendrán la oportunidad de ser guiados por el Espíritu Santo para creer.

Marnie, una joven madre de dos niños, oró para que Dios la sensibilizara hacia los perdidos. Más adelante, visitó a un amigo anciano en el hospital.

«Quería compartir mi fe con Jim, pero no sabía qué decir. Lo único que se me ocurrió fue afirmar que Dios lo amaba. Lo recibió bien, y quise decirle más, pero no me salían las palabras.

»Cuando Jim se sentía mejor, me llamó por teléfono. Antes de colgar, me dijo: "Ah, mándale saludos de mi parte a Dios".

»Me impactó, y decidí que era hora de aprender a compartir mi fe. Leí el material de Bill, marqué mi Nuevo Testamento de bolsillo y fui a ver a Jim. Aunque todavía tenía preguntas, se mostró francamente abierto a lo que le compartí. No sabía que podía ser tan fácil. Ahora, busco nuevas oportunidades para testificar».

Algunos cristianos argumentan: «Sí, mi pastor, Bill Fay, o algún evangelista de la televisión pueden dar testimonio, pero Dios no puede hacer nada a través de mí». Si así te sientes, olvidas que «lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios» (1 Cor. 1:27).

Pero si, como Marnie, compartes el evangelio con un amigo, puedes liberar el poder para cambiar a esa persona y, quizás, hasta la historia.

Si necesitas pruebas de esta verdad, mírate al espejo, porque tu vida cambió cuando escuchaste el evangelio. Si no es así, todavía no lo has conocido. ¡Es hora de que lo hagas! Por favor, consulta el resumen al final del capítulo 6 para descubrir cómo puede cambiar tu vida.

Reacción en cadena

Cuando aprovechamos las oportunidades, estas pueden transformarse en reacciones en cadena. Una tarde, visité uno de mis restaurantes preferidos, el Black Eyed Pea. Una vez terminada la hora pico del almuerzo, le pregunté a la camarera:

— ¿De dónde eres?

— De Ohio — respondió.

— ¿Por qué viniste de Ohio a Denver?

— Vine para casarme — contestó, con un dejo de melancolía.

Miré aquellos ojos tristes.

— ¿No funcionó?

Bajó la cabeza.

— No.

Me incliné hacia ella.

— Si te interesa, tengo la solución para tu dolor.

Levantó la cabeza y me miró.

— ¿Puedo traer a una amiga?

— No hay problema — le contesté.

Así que al mediodía siguiente, nos encontramos en el centro comercial Sixteenth Street Mall de Denver. Probablemente, era el peor lugar para encontrarnos, con el parloteo de la multitud que almorzaba y el ruido de los cubiertos.

Sin embargo, a pesar del caos que nos rodeaba y entre muchas lágrimas, estas dos mujeres le entregaron el corazón y la vida a Cristo.

Luego, la amiga miró su reloj. Le pregunté: «¿Se te hace tarde?» Me contestó: «No, Bill. Tengo que volver a la oficina y contarle a todos que pueden obtener el perdón de pecados, igual que yo».

Hoy en día, hay un problema en la iglesia; es sutil, pero allí está. Es cuando personas como nosotros frenan a gente como ella: «¡Espera! ¡Todavía no! No sabes lo suficiente. No has asistido aún a la clase para principiantes. Ni siquiera tienes una Biblia, ¡todavía no has aprendido orar! No puedes hablarle de tu fe a otra persona. ¡No estás preparado!»

¿Y qué hay de la mujer samaritana? Cuando escuchó las buenas nuevas, salió corriendo al pueblo a contárselas a sus amigos. Esta mujer también. Veinte minutos más tarde, una mujer de su oficina me llamó y me dijo: «¿Podrías volver y encontrarte conmigo?»

Eso hice. Me dijo que durante catorce meses, había estado cometiendo adulterio. Hacía dos meses que se había separado de su esposo.

Lo siguiente que supe fue que había entregado su vida a Cristo. Dos días después me llamó el esposo. Me dijo: «Algo le sucedió a mi mujer. Volvió a casa. Me pidió perdón. Bill, ¿qué le ocurrió? Quiero lo mismo para mí».

Vino, escuchó y recibió. El domingo siguiente, me senté en la primera fila de la iglesia con su esposa, y le di la gloria a Dios por restaurar este matrimonio.

Dos semanas después, recibí una llamada del adúltero. Me llamó para saber cómo era posible que su amante lo hubiera dejado.

Lo invité para charlar. Vino, escuchó, pero para mi frustración, no recibió. ¿Pero sabes una cosa? No es mi problema. Tuve el privilegio de escoger la obediencia y compartir el evangelio de Jesucristo. No fracasé; obedecí, y por eso tuve éxito.

(Continues…)



Excerpted from "Testifica de Jesús sin Temor"
by .
Copyright © 2012 William Fay y Linda Evans Shepherd.
Excerpted by permission of B&H Publishing Group.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

Table of Contents

Endosos,
Pagina del titulo,
La página de derechos de autor,
Dedicación,
Capítulo 1: Imposible fracasar,
Capítulo 2: Capta la visión,
Capítulo 3: Supera el temor,
Capítulo 4: Las preguntas para testificar de Jesús,
Capítulo 5: El poder de la Escritura,
Capítulo 6: Lleva a la decisión,
Capítulo 7: Qué hacer cuando una persona recibe a Cristo,
Capítulo 8: Prontas respuestas para objeciones comunes,
Capítulo 9: Cómo desarrollar y mantener amistades con no creyentes,
Capítulo 10: Cómo orar por los incrédulos,
Capítulo 11: Vamos,
Apéndice 1: Resumen sobre cómo testificar de Jesús,
Apéndice 2: Guía para compartir pasajes bíblicos,
Apéndice 3: 36 respuestas para las objeciones,
Apéndice 4: Tarea,
Apéndice 5: El testimonio de Bill Fay,
Notas,
Sobre los autores,

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