Una 2a Ración de Sopa de Pollo para el Alma de la Mujer: Más relatos que conmueven el corazón y ponen fuego en el espíritu de las mujeres

Una 2a Ración de Sopa de Pollo para el Alma de la Mujer: Más relatos que conmueven el corazón y ponen fuego en el espíritu de las mujeres

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Product Details

ISBN-13: 9781453280522
Publisher: Chicken Soup for the Soul
Publication date: 08/05/2014
Series: Sopa de Pollo para el Alma
Sold by: SIMON & SCHUSTER
Format: NOOK Book
Pages: 328
Sales rank: 612,075
File size: 834 KB

About the Author

Jack Canfield is cocreator of the Chicken Soup for the Soul® series, which includes forty New York Times bestsellers, and coauthor of The Success Principles: How to Get from Where You Are to Where You Want to Be. He is a leader in the field of personal transformation and peak performance and is currently CEO of the Canfield Training Group and Founder and Chairman of the Board of The Foundation for Self-Esteem. An internationally renowned corporate trainer and keynote speaker, he lives in Santa Barbara, California.
 Mark Victor Hansen is a co-founder of Chicken Soup for the Soul.

Hometown:

Santa Barbara, California

Date of Birth:

August 19, 1944

Place of Birth:

Fort Worth, Texas

Education:

B.A. in History, Harvard University, 1966; M.A.T. Program, University of Chicago, 1968; M.Ed., U. of Massachusetts, 1973

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Una 2a Ración de Sopa de Pollo para el Alma de la Mujer

Más relatos que conmueven el corazón y ponen fuego en el espíritu de las mujeres


By Jack Canfield, Mark Víctor, Jennifer Read Hawthorne, Marci Shimoff

Open Road Español

Copyright © 2014 Chicken Soup for the Soul Publishing, LLC
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4532-8052-2



CHAPTER 1

La billetera


Mientras caminaba rumbo a casa, en un día helado, tropecé con una billetera que alguien había perdido en la calle. La recogí y revisé para ver si encontraba alguna identificación que me permitiera hallar al dueño. Pero la billetera sólo contenía tres dólares y una carta arrugada que parecía llevar años ahí.

El sobre estaba gastado por el tiempo y lo único legible era el remitente. Empecé a abrir la carta esperando encontrar alguna clave, cuando me fijé en el año: 1924. Es decir, hacía casi sesenta años.

Estaba escrita con una bella letra femenina, en papel azul claro, con una pequeña flor en la esquina izquierda. Era una carta común que le decía al destinatario, cuyo nombre parecía ser Michael, que la que escribía no podría verlo más porque su madre se lo prohibía. Aun así, le decía que siempre lo amaría. Estaba firmada por Hannah.

Se trataba de una carta conmovedora, pero no había manera, a no ser por el nombre, Michael, de identificar al dueño. A lo mejor si llamaba a Información, la operadora podría darme el teléfono de la dirección que estaba en el sobre.

—Operadora —dije—, sé que esta es una petición inusitada: trato de localizar al dueño de una billetera que encontré. ¿Habría alguna forma de que me dijera si existe un número telefónico que corresponda a la dirección que estaba escrita en el sobre que hallé dentro de la billetera?

La operadora me sugirió que hablara con su supervisora, la cual dudó un momento y luego replicó:

—Bueno, existe un teléfono en esa dirección, pero no puedo darle el número.

Me dijo que como un favor especial, ella podía llamar a ese número, explicar mi historia y preguntarle a quien contestara si deseaba hablar conmigo. Esperé unos cuantos minutos y la supervisora regresó a la línea.

—Tengo a una persona que desea hablar con usted.

Le pregunté a la mujer que estaba del otro lado de la línea si conocía a alguien que se llamara Hannah. Se quedó pasmada un momento y luego dijo:

—¡Oh! Le compramos esta casa a una familia que tenía una hija llamada Hannah. ¡Pero eso fue hace treinta años!

—¿De casualidad sabe dónde se encuentra esa familia ahora? —le pregunté.

—Recuerdo que Hannah tuvo que llevar a su madre a una clínica de asistencia hace algunos años —dijo la mujer—. Quizá ellos puedan decirle dónde se encuentra la hija.

Me dio el nombre y el teléfono de la clínica de asistencia y llamé. La mujer que contestó me dijo que la anciana había muerto hace algunos años, pero la clínica de asistencia tenía un número telefónico donde podría estar viviendo la hija.

Le di las gracias y llamé al número que me dio. Respondió una mujer y me explicó que actualmente Hannah vivía en un asilo.

"Todo esto es estúpido —pensé para mis adentros—. ¿Por qué me complico tanto la vida para encontrar al dueño de una billetera que sólo contiene tres dólares y una carta escrita hace cerca de sesenta años?"

A pesar de ello, llamé a la clínica en la que se suponía que estaba viviendo Hannah, y esta vez fue un hombre el que respondió al teléfono y me dijo:

—Sí, Hannah se encuentra aquí, con nosotros.

Aunque ya eran las 10 de la noche, le pregunté si podía pasar a verla.

—Bueno —dijo dudando—, si usted insiste ... es probable que la encuentre en la sala viendo la televisión.

Le di las gracias y me dirigí al asilo. Una enfermera y un guardia me recibieron en la puerta. Subimos al tercer piso de un gran edificio. En la sala la enfermera me presentó a Hannah. Era una dulce viejecita con el cabello plateado, una cálida sonrisa y un gran brillo en los ojos.

Le expliqué que me había encontrado aquella billetera y le mostré la carta. En cuanto observó el sobre azul claro con la pequeña flor en el extremo, respiró profundamente y dijo:

—Jovencito, esta carta fue el último contacto que tuve con Michael.

Desvió la mirada sumida en sus pensamientos y después expresó con voz suave:

—Lo amaba mucho. Pero yo sólo tenía dieciséis años en ese entonces y mi madre creyó que era demasiado joven. Oh, era tan apuesto. Se parecía al actor Sean Connery.

"Sí —continuó—, Michael Goldstein era una persona maravillosa. Si lo encuentra, dígale que pienso en él a menudo. Y ... —dudó un momento mordiéndose los labios— dígale que todavía lo amo. ¿Sabe? —dijo sonriendo mientras los ojos se le llenaban de lágrimas—. Nunca me casé. Supongo que nadie pudo compararse con Michael ..."

Le di a Hannah las gracias y me despedí. Me dirigí al elevador, y mientras esperaba parado ante la puerta, el guardia me preguntó:

—¿Le ayudó en algo la anciana?

Contesté que me había dado una pista.

—Por lo menos ya tengo un apellido. Pero creo que voy a olvidarme del asunto por un tiempo. Ya pasé casi todo el día tratando de localizar al dueño de esta billetera.

Le mostré la billetera, un simple estuche de piel de color café con un cordón rojo en un costado. Cuando el guardia la vio, exclamó:

—¡Oiga, espere un momento! Esa es la billetera del señor Goldstein. La reconocería en cualquier parte por ese cordón rojo. Siempre la está perdiendo. Yo la he encontrado en el pasillo por lo menos en tres ocasiones.

—¿Quién es el señor Goldstein? —le pregunté, notando que mi mano empezaba a temblar.

—Es uno de los ancianos del octavo piso. Esa es la billetera del señor Goldstein, estoy seguro. Debe haberla perdido en uno de sus paseos.

Agradecí al guardia y regresé rápidamente a la oficina de la enfermera. Ambos subimos al elevador, yo rezaba en mis adentros porque el señor Goldstein estuviera despierto.

Ya en el octavo piso, la enfermera dijo:

—Me parece que todavía está en la sala. Le gusta leer por la noche. Es un viejecito adorable.

Nos dirigimos a la única habitación que tenía las luces encendidas, y ahí estaba un hombre leyendo un libro. La enfermera se acercó y le preguntó si había perdido su billetera. El señor Goldstein la miró con sorpresa, puso la mano en su bolsillo trasero y exclamó:

—¡Oh, no la tengo!

—Este amable caballero encontró una billetera y nos preguntábamos si sería la suya.

Le di la billetera al señor Goldstein, en cuanto la vio, sonrió con alivio y dijo:

—¡Sí, esta es! Debe haberse salido de mi bolsillo esta tarde. Déjeme darle una recompensa.

—No, muchas gracias —le dije—. Pero debo confesarle algo ... Leí la carta esperando descubrir de quién era la billetera.

La sonrisa en su cara desapareció de pronto.

—¿Leyó la carta?

—No sólo la leí, sino que me parece que sé dónde está Hannah.

Repentinamente se puso pálido.

—¿Hannah? ¿Usted sabe dónde está? ¿Cómo está? ¿Sigue tan bella como siempre? Por favor, por favor, dígame —suplicó.

—Ella está muy bien ... y tan bella como cuando usted la conoció —contesté con delicadeza.

El anciano sonrió con emoción y preguntó:

—¿Podría decirme dónde se encuentra? Quiero llamarla mañana —tomó mi mano y dijo—: ¿Sabe algo, señor? Estuve tan enamorado de esa chica, que cuando recibí esta carta, mi vida literalmente se terminó. Nunca me casé. Supongo que siempre la he amado.

—Michael —le dije—, acompáñeme por favor.

Tomamos el elevador hasta el tercer piso. Los pasillos estaban oscuros y sólo un par de luces nocturnas alumbraron nuestro camino hasta la sala, donde Hannah se encontraba sola, viendo la televisión.

La enfermera se acercó a ella.

—Hannah —le dijo con ternura, señalando a Michael, quien esperaba conmigo en la entrada—. ¿Conoce a este hombre?

La anciana se ajustó los lentes y observó durante un momento, pero no dijo nada.

Entonces el señor Goldstein habló quedamente, casi en un susurro:

—Hannah, soy Michael. ¿Te acuerdas de mí?

Hannah se quedó sin aliento.

—¡Michael! ¡No puedo creerlo! ¡Michael! ¡Eres tú! ¡Mi Michael!

El anciano caminó despacio hacia ella y se abrazaron. La enfermera y yo nos retiramos con unas lágrimas que rodaban por nuestras mejillas.

—Hay que ver. ¡Hay que ver cómo hace las cosas el buen Señor! Si algo tiene que ser, será —expresé conmovido.

Casi tres semanas después, recibí en mi oficina una llamada del asilo.

—¿Puede venir el domingo para asistir a una boda? ¡A Michael y a Hannah les van a poner el lazo!

Fue una hermosa boda, y todos los residentes de la casa de reposo asistieron muy bien arreglados para unirse a la celebración. Hannah lució un vestido beige claro y se veía hermosa. Michael portaba un traje azul oscuro y se paraba erguido. Me pidieron que fuera su padrino.

La casa de reposo les asignó una habitación propia, y si alguien quería ver a una novia de setenta y seis años y un novio de setenta y nueve actuar como dos adolescentes, sólo tenía que contemplar a esta pareja.

Fue un perfecto final para una historia de amor que había durado casi sesenta años.

Arnold Fine

CHAPTER 2

Un regalo para Robby


El pequeño Robby, sobrino de nuestra vecina, sacó con cuidado un poco de su ración de agua en una bandejita y se dirigió hacia la puerta. Cómo odiaba yo ese racionamiento de agua. Nos veíamos obligados a bañarnos sin jabón en una pequeña y profunda pileta de agua que compartíamos con Jessie, nuestra vaca, que era todo lo que teníamos en ese momento. Los pozos estaban secos, los cultivos se convertían en polvo que volaba junto con nuestros sueños, durante la peor sequía que nuestra pequeña comunidad de granjeros había sufrido.

Mantuve la persiana abierta y sonriendo vi cómo Robby se sentaba en los escalones. Docenas de abejas rodearon sus desordenados y castaños rizos como si se tratara de la aureola de un ángel. El niño imitaba el zumbido de las abejas, lo cual las atraía hacia su bandejita para beber el preciado líquido.

Las palabras de su tía hacían eco en mis oídos:

"No sé en qué estaba pensando cuando me hice cargo de él. Los doctores dicen que no se lastimó en el choque en el que murió mi hermana, pero no puede hablar. Desde luego que hace ruidos, pero no son humanos. Vive en su propio mundo, ese niño no se parece en nada a mis hijos."

¿Por qué ella no podía ver las hermosas cualidades que poseía esta criatura de cuatro años? Mi corazón se sentía lastimado al ver a Robby. Él se había convertido en parte importante de nuestra vida: cuidaba conmigo el jardín afanosamente, me acompañaba en el tractor o segaba el heno con Tom, mi marido. Robby había sido bendecido con un don de amor por la naturaleza y un profundo afecto por todos los seres vivientes, y yo sabía que podía comunicarse con los animales.

Disfrutábamos de las experiencias que compartíamos juntos. Sus inquisitivos y a veces picaros ojos cafés reflejaban que podía entender todo lo que decíamos. Siempre tuve el deseo de adoptarlo, y su tía también insistía al respecto. Incluso nos llamábamos "mamá" y "papá" para Robby, y antes de la sequía habíamos hablado sobre la adopción, pero ahora los tiempos eran tan sombríos que no podía tocar el tema con Tom. El empleo que se vio forzado a aceptar en el pueblo para poder comprar alimento para Jessie y solventar las necesidades más primordiales para nosotros, le había pasado la factura a su espíritu.

La tía de Robby estuvo siempre de acuerdo en que Robby viviera con nosotros durante el verano. De cualquier manera, él pasaba la mayor parte del tiempo con nosotros. Me sequé una lágrima recordando qué pequeñito e indefenso se veía cuando su tía puso precipitadamente su mano sobre la mía y me dio una bolsa de papel arrugada, que contenía dos playeras descoloridas que le compramos el año anterior en la feria del condado y unos pantalones cortos. Junto con las ropas que llevaba puestas, eran sus únicas pertenencias.

Sin embargo, él contaba con una valiosa posesión: en una cinta de seda alrededor de su cuello colgaba un silbato de madera hecho a mano. Tom lo hizo para él en caso de que se sintiera perdido o en peligro. Después de todo, sabíamos que no podía gritar pidiendo ayuda y Robby comprendió perfectamente bien que el silbato no era un juguete y sólo podía usarlo para emergencias, ya que al hacerlo provocaría que mi esposo y yo acudiéramos corriendo en su auxilio. Le había contado la historia del niño que gritaba que venía el lobo, y creo que me entendió.

Suspiré al secar y guardar el último plato de la cena. Tom entró en la cocina y recogió la palangana. Guardábamos cada onza de agua reciclada para un pequeño jardín de vegetales que Robby había plantado junto al porche. Estaba tan orgulloso de él que hacíamos lo imposible por conservarlo, pero si no llovía pronto, se perdería. Tom colocó la palangana en la mesa y me dijo:

—¿Sabes qué, mi amor? He estado pensando mucho en Robby últimamente.

Mi corazón empezó a latir con expectación, pero antes de que pudiera continuar, un sonido agudo que provenía del patio nos sobresaltó.

—¡Dios mío! ¡Es el silbato de Robby! —grité. Para cuando llegamos a la puerta, el silbato se escuchaba a un ritmo exaltado. Por mi mente pasó la visión de una víbora de cascabel cuando corríamos hacia el patio. Llegamos a su lado y Robby señalaba frenéticamente al cielo pero no podíamos distinguir el silbato en su mano.

Al mirar hacia arriba tuvimos una vista muy hermosa. ¡Nubes de lluvia, gigantescas nubes de lluvia con fondos negros y amenazantes!

—¡Robby! ¡Ayúdame, rápido! ¡Necesitamos todas las palanganas y cazuelas de la cocina!

El silbato cayó de sus labios y corrió conmigo hacia la casa. Tom corrió al granero para sacar una vieja tina. Cuando todos los recipientes estuvieron colocados en el patio, Robby corrió de regreso a la casa. Salió con tres cucharas de madera que tomó del cajón de la cocina y nos dio una a cada uno. Tomó mi olla grande y se sentó con las piernas cruzadas. Volteándola, empezó a golpear con la cuchara. Tom y yo buscamos otra olla y nos unimos a él.

—¡Lluvia para Robby! ¡Lluvia para Robby! —cantaba yo con cada golpe.

Una gota de agua se impactó en mi cazuela y luego otra más. Pronto el patio se cubrió de gloriosa lluvia. Todos nos paramos con las caras hacia arriba para disfrutar de esa maravillosa sensación.

Tom cargó a Robby y bailó con él alrededor de las cazuelas, gritando y brincando. Fue entonces que la escuché: suavemente al principio, y luego cada vez más fuerte, la más maravillosa, bulliciosa y nerviosa risa. Tom se ladeó para enseñarme la cara de Robby. Con la cabeza echada hacia atrás, ¡se estaba riendo a carcajadas! Abracé a ambos, con lágrimas de alegría que se mezclaban con la lluvia. Robby se apartó de Tom lanzándose a mi cuello.

—¡B-B-Bravo! —balbuceó, y estirando su manita en forma de cuchara para atrapar el líquido, pronunció otra vez—: Agua ... bravo ... mamá ...

Toni Fulco

CHAPTER 3

Un baile con papá


Estoy bailando con papá en su quincuagésimo aniversario de bodas. La orquesta toca un vals antiguo mientras nos movemos graciosamente por la pista. Su mano en mi cintura me guía como siempre lo hizo, y él canturrea para sí constantemente y de manera jovial la melodía. Nos deslizamos una y otra vez, riendo y saludando a los invitados que están bailando. Comentan que somos los mejores bailarines y mi padre me sostiene la mano apretándola y sonriendo.

Mientras continuamos girando y balanceándonos, recuerdo cierta ocasión en que yo tenía casi tres años y mi padre llegó de su trabajo a la casa, me tomó entre sus brazos y empezó a bailar conmigo alrededor de la mesa. Mi madre se reía de nosotros y advertía que la cena se iba a enfriar. Pero mi padre le dijo:

—¡Acaba de percibir el ritmo del baile! ¡La cena puede esperar!

Y luego cantó:

—Que ruede el barril. Tendremos un barril de diversión —y yo le respondí:

—Que se quede la tristeza en el camino —esa noche, mi padre me enseñó a bailar polka, vals y foxtrot mientras la cena esperaba.

Bailamos a través del tiempo. Cuando tenía cinco años, mi padre me enseñó uno de sus mejores pasos. Poco después ganamos un concurso de baile en la reunión del campamento de niñas. Aprendimos a bailar swing en la Organización en Pro del Soldado, en el centro de la ciudad. Una vez que mi padre aprendió los pasos, bailó con todas las personas que estaban ahí: con las mujeres que repartían las donas e incluso con los soldados. Todos nos reímos y aplaudimos a mi padre, el gran bailarín.

Una noche, cuando tenía quince años y me encontraba perdida en la melancolía adolescente, mi padre tomó una pila de discos y bromeó conmigo para que bailáramos.

—Vamos —me dijo—, hay que tirar la tristeza en el camino.

Yo me retiré y me aferré a mi dolor como nunca antes. Mi padre puso su mano en mi hombro y yo brinqué de la silla, gritando:

—¡No me toques! ¡No me toques! ¡Estoy cansada de bailar contigo!

No se me escapó el dolor que se reflejó en su cara, pero ya había dicho esas palabras y no podía borrarlas. Corrí a mi cuarto llorando histéricamente.


(Continues...)

Excerpted from Una 2a Ración de Sopa de Pollo para el Alma de la Mujer by Jack Canfield, Mark Víctor, Jennifer Read Hawthorne, Marci Shimoff. Copyright © 2014 Chicken Soup for the Soul Publishing, LLC. Excerpted by permission of Open Road Español.
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Table of Contents

Contents

Introducción,
1. SOBRE EL AMOR,
2. SOBRE LAS ACTITUDES,
3. VIVIR LOS SUEÑOS,
4. SOBRE EL MATRIMONIO,
5. SOBRE LA MATERNIDAD,
6. SOBRE HACER LA DIFERENCIA,
7. SOBRE SUPERAR LOS OBSTÁCULOS,
8. MOMENTOS ESPECIALES,
9. MILAGROS,
10. A TRAVÉS DELAS GENERACIONES,
¿Quién es Jack Canfield?,
¿Quién es Mark Victor Hansen?,
¿Quién es Jennifer Read Hawthorne?,
¿Quién es Marci Shimoff?,
Colaboradores,
Permisos,

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