Vida Del Padre Maestro Juan De Avila

Vida Del Padre Maestro Juan De Avila

by Luis de Granada

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ISBN-13: 9788498163469
Publisher: Linkgua
Publication date: 01/01/2007
Series: Memoria
Pages: 118
Product dimensions: 5.50(w) x 8.50(h) x 0.40(d)

About the Author

Luis de Granada (1504-1588). Espa�a. Fray Luis de Granada ingres� en la orden dominica a los veinte a�os. Y pronto adopt� el nombre de su ciudad natal y all� estuvo durante varios a�os en el convento de Santa Cruz. Tambi�n fue prior del convento de Scala-Coeli en la serran�a de C�rdoba. Hacia 1547 escribi� su Gu�a de pecadores, en la que fray Luis recoge un tratado escrito por Savonarola, y una antolog�a de fragmentos del Nuevo Testamento, que comprende el Serm�n del Monte, tres cap�tulos del evangelio de Juan y una par�frasis de las cartas de Pablo. Sus �ltimos a�os fueron duros, marcados por el esc�ndalo del suceso de la monja de Portugal, en el que defendi� a una monja iluminada, que despu�s se descubri� que hab�a mentido. Muri� a los ochenta y cuatro a�os en Portugal.

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Vida del Padre Maestro Juan de Ávila y las Partes Que Ha de Tener un Predicador del Evangelio


By Luis de Granada

Red Ediciones

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ISBN: 978-84-9816-346-9



CHAPTER 1

DE LOS PRINCIPIOS DE SU VIDA


Aquel solícito padre de familias que a todas las horas del día anda cogiendo obreros para cultivar su viña, jamás deja pasar edad alguna que no despierte algunos muy señalados obreros, que con su trabajo e industria ayuden a esta labor. Entre los cuales fue Él servido de llamar este nuevo obrero, cuya vida comenzamos a escribir para gloria del mismo padre de las familias y de este obrero que Él escogió, suplicando al mismo padre que, pues este siervo suyo; pues es justo que sea glorificado en la tierra el que tanto procuró todo el tiempo que vivió glorificar al que reina en el cielo.

Y aunque va poco en saber el origen de los padres que los siervos de Dios tuvieron en la tierra, pues tienen a Dios por padre en el cielo, todavía se suele esto escribir para gloria de la tierra que este fruto produjo, y de los padres que lo engendraron. Fue, pues, este siervo de Dios natural de Almodóvar del Campo, que es en el arzobispado de Toledo. Sus padres eran de los más honrados y ricos de este lugar y, lo que más es, temerosos de Dios; porque tales habían de ser los que tal planta habían de producir; y no tuvieron más que solo este hijo.

Siendo él mozo de edad de catorce años, le envió su padre a Salamanca a estudiar Leyes, y poco tiempo después de haberlas comenzado le hizo Nuestro Señor merced de llamarle con un muy particular llamamiento. Y, dejado el estudio de las Leyes, volvió a casa de sus padres; y como persona ya tocada de Dios, les pidió que le dejasen estar en un aposento apartado de la casa, y así se hizo, porque era extraño el amor que le tenían. En este aposento tenía una celda muy pequeña y muy pobre, donde comenzó a hacer penitencia y vida muy áspera. Su cama era sobre unos sarmientos, y la comida era de mucha penitencia, añadiendo a esto cilicio y disciplinas. Los padres sentían esto tiernamente; mas no le contradecían, considerando, como temerosos de Dios, las mercedes que en esto les hacía. Perseveró en este modo de vida casi tres años. Confesábase muy a menudo, y su devoción comenzó por el Santísimo Sacramento, y así estaba muchas horas delante de él; y de ver esto, y la reverencia con que comulgaba, fueron muy edificados así los clérigos como la gente del lugar. Pasando por allí un religioso de la Orden de San Francisco, y maravillado de tanta virtud en tal edad, aconsejó a él y a sus padres que lo enviasen a estudiar a Alcalá, porque con sus letras pudiese servir mejor a Nuestro Señor en su Iglesia y así se hizo.

Ido a Alcalá, comenzó a estudiar las Artes, y fue su maestro en ellas el padre fray Domingo de Soto, el cual, vista la delicadeza de su ingenio, acompañada con mucha virtud, lo amaba mucho; y sus condiscípulos eran muy edificados con su ejemplo. Y en este tiempo se llegó a su amistad y compañía don Pedro Guerrero, arzobispo que después fue de Granada, que en este estado fue siempre muy su devoto y favorecedor de sus cosas.

Antes que acabase sus estudios fallecieron sus padres; y después de acabados y saliendo de los más aventajados de su curso, así por su buen ingenio como por la diligencia del estudio, siendo ya de edad competente se ordenó de Misa; la cual, por honrar los huesos de sus padres, quiso decir en su lugar; y por honra de la Misa, en lugar de los banquetes y fiestas que en estos casos se suelen hacer, como persona que tenía ya más altos pensamientos, dio de comer a doce pobres y les sirvió a la mesa y vistió y hizo con ellos otras obras de piedad.

Mas, dejados aparte estos principios, comenzaremos a tratar de lo que toca al oficio de su predicación. Y porque es estilo de Nuestro Señor, cuando escoge una persona para algún oficio, darle todas las partes y virtudes que para él se requieren, declararemos aquí las que a este siervo suyo fueron concedidas; en las cuales verá el cristiano lector la imagen de un Predicador evangélico, que es lo que yo en esta historia pretendo declarar con ayuda de aquel Señor que estas partes y gracias le concedió. Lo cual otros escritores hicieron, aunque en diferentes materias. Porque Jenofonte, clarísimo orador y filósofo de Grecia, escribe la historia de Ciro el Mayor, que es el que restituyó los judíos a su tierra después del cautiverio de Babilonia, cuyas victorias y triunfos escribe no solamente Herodoto, sino, lo que más es, el profeta Isaías muchos años antes que él naciese; en la cual historia trabaja por dibujar las virtudes que un muy acabado y perfecto rey ha de tener. Y porque este rey, aunque muy valeroso, no las tenía todas, y ésas que tenía no eran verdaderas virtudes, sino aparentes, suple él y pone de su casa lo que a él le faltaba. Mas yo aquí entiendo formar un Predicador evangélico con todas las partes y virtudes que ha de tener, mas no poniendo yo nada de mi casa, sino mostrándolo en la vida y ejercicios de este nuestro predicador.

Y para llevar algún orden en esta historia, trataré primero de las virtudes y gracia que Nuestro Señor le concedió para este oficio; y luego, de las virtudes especiales de su persona; y después, del oficio de su predicación y fruto de ella, que de todo lo susodicho se siguió.


Primera parte. Virtudes y gracia que nuestro señor le concedió para el oficio de predicador

CHAPTER 2

DE CÓMO NUESTRO PREDICADOR PROCURÓ IMITAR AL APÓSTOL SAN PABLO EN EL OFICIO DE LA PREDICACIÓN, Y DE LAS PRINCIPALES PARTES QUE PARA ESTE OFICIO SE REQUIEREN


Pues, habiéndose determinado este siervo de Dios de emplearse en el oficio de la predicación, para la cual tantos años había trabajado en las letras, deseando por este medio procurar, no honras ni dignidades, sino la salvación de las ánimas, la primera cosa que hizo fue procurar las expensas que para este oficio se requieren. Y éstas eran las que el Salvador declaró cuando dijo: Si alguno no renunciare todas las casas que posee, no puede ser mi discípulo. Lo cual cumplió él tan enteramente que, venido a su patria, repartió toda la herencia, que de sus padres le había quedado, con los pobres, sin reservar más para sí que un humilde vestido de paño bajo; en lo cual cumplió lo que el mismo Señor dijo a sus discípulos, cuando los envió a predicar, mandándoles que no llevasen ni bolsa ni alforja, sino sola fe y confianza en Dios, porque con esta provisión nada les faltaría. Lo cual también se cumplió en nuestro predicador, porque, todo el tiempo que vivió, ni tuvo nada ni quiso nada, ni nada le faltó, mas antes, siendo pobre, remedió a muchos pobres, y así pudo decir aquello del Apóstol: Vivimos como pobres, mas enriquecemos a muchos; y como quien nada tiene y todas las cosas posee.

Asentado ya este fundamento, determinó buscar un guía a quien seguramente pudiese seguir y no halló otro más conveniente que el apóstol san Pablo, dado por predicador de las gentes. Ni esto tuvo por soberbia, pues el mismo Apóstol a esto convida a todos los fieles diciendo: Hermanos, sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo. Y aunque este ejemplo sea tan alto que nadie pueda llegar a él, mas, como dice un sabio, más alto subirán los que se esforzaren por subir a lo alto que los que, perdida la esperanza de esto, se quedaron en lo bajo. Y cuán bien haya sucedido a este padre poner los ojos en este dechado, adelante se verá.


1. Del amor de Dios que ha de tener el predicador, y el que tenía este padre

Comenzando, pues, por las principales partes y virtudes que el perfecto predicador ha de tener, si alguno hay que llegue a serlo, la primera es amor grande de Dios. Lo cual se entiende por las palabras y ceremonia con que el Salvador encomendó a san Pedro el oficio de apacentar sus ovejas, preguntándole si le amaba más que los otros sus compañeros, repitiendo tantas veces esta pregunta, que el mismo Apóstol se angustió con ella; y a cada una de ellas añadía: Apacienta mis ovejas. Pues con la repetición de estas preguntas del amor de Dios, nos da el Salvador a entender que la primera y más principal parte que se requiere para la salvación de las ánimas es el amor de Dios, cuando está muy encendido por las grandes ayudas y fuerzas que para este oficio nos da. Lo cual por sus pasos contados iremos declarando en el proceso de esta historia. Y por esto, escogiendo el Salvador al apóstol san Pablo para este misterio, le infundió una tan grande caridad y amor de Dios, que, como él dice, ninguna cosa de cuantas había criadas, que él allí cuenta por menudo, había de ser parte para apagar la llama de este divino amor que en su corazón ardía. Y éste fue el que le hizo salir vencedor en tantas batallas y contradicciones del mundo, y el que nunca le pudo atapar la boca ni atar la lengua, estando atado y preso, para dejar de predicar el nombre de Cristo.

Entendía también esta doctrina nuestro predicador, el cual, siendo preguntado por un virtuoso teólogo qué aviso le daba para hacer fructuosamente el oficio de la predicación, brevemente le respondió: «Amar mucho a Nuestro Señor». Esto dijo como quien tenía experiencia de cuántas ayudas nos da este amor para ejercitar este oficio. Porque de este amor primeramente nace una sed insaciable de la gloria de Dios; y porque Él es glorificado con la santidad y pureza de vida de sus criaturas, de aquí les nace un tan entrañable deseo de esta pureza, que de día y de noche otra cosa no piensan ni sueñan, y no hay trabajo ni peligro a que no se ofrezcan alegremente por ella, teniendo por ganancia perder la vida por salvar un ánima. Lo cual nos muestra el Apóstol en su persona, no solo por los inmensos trabajos y persecuciones que padeció, sino más particularmente por aquellas palabras que escribe a los fieles de Corinto, donde dice: De muy buena voluntad me entregaré y ofreceré de todo corazón por vosotros a la muerte, aunque amándoos yo más, sea menos amado de vosotros. Y en otro lugar: Si yo, dice él, fuere sacrificado y padeciere muerte por haberos predicado el Evangelio, en esto me gozaré y alegraré juntamente con vosotros; y vosotros también os alegrad conmigo, dándome el parabién de esta gloria. Tal es, pues, el amor para con los prójimos que de este amor divino procede, y tal el deseo de la salvación de ellos que bastó para hacer que el Apóstol se ofreciese a ser anatema de Cristo por amor de ellos.» Y este mismo amor y deseo hizo que corriese por todo el mundo, cercando la mar y la tierra, y se ofreciese a todos los peligros y trabajos por esta causa, como él lo declara cuando dijo: Todas las cosas sufro por amor de los escogidos, porque ellos alcancen la heredad que Dios les tiene aparejada.

Este es, pues, el principal instrumento que sirve para este oficio. Porque como el amor de los padres para con los hijos les hace trabajar y sudar para criarlos y sustentarlos, y a veces ir hasta el cabo del mundo, atravesando los mares, por buscarles remedio de vida, así el amor sobrenatural que el Espíritu Santo infunde en los corazones de los que han de ser padres espirituales, les hace ofrecer aún a mayores trabajos y peligros con deseo de aprovecharles. Porque no es menor ni menos eficaz este amor espiritual que el carnal para este oficio; lo cual testifica san Ambrosio por estas palabras: «No es menor el amor espiritual que tengo a los hijos que engendré con la palabra del Evangelio que si corporalmente los engendrara; porque no es menos poderosa la gracia que la naturaleza».

Esto, pues, veremos agora verificado en nuestro predicador. Porque estaba tan encendido y transformado en este amor y deseo de salvar las ánimas, que ninguna cosa hacía ni pensaba ni trataba, sino cómo ayudar a la salvación de ellas. Lo cual hacía él con sus continuos sermones y confesiones, y exhortaciones y públicas lecciones, ayudando a los presentes con la doctrina y a los ausentes con sus cartas. Y no solo por su persona, sino por medio de los discípulos que había criado a sus pechos, enviándolos a diversas partes para que hiciesen esos mismos oficios. Y para esto determinaba de criar ministros que a su tiempo diesen fruto y pasto de doctrina al pueblo. Para lo cual procuraba que en las principales ciudades del Andalucía hubiese estudios de Artes y Teología; y él proveía de lectores adonde no los había. Y en otras partes, donde se ofrecía más comodidad, procuraba que hubiese Colegios de teólogos para lo mismo. Y no contento con esto, también se extendía su providencia a dar orden cómo se diese doctrina a los niños, para que, juntamente con la edad, creciese en ellos la piedad y el conocimiento de Dios. Todas estas obras e industria eran centellas vivas que procedían de aquel fuego de amor que ardía en su corazón y le causaba este deseo. De lo cual todo se trata adelante más en particular.


2. Del fervor y espíritu con que se ha de predicar, y el que tuvo este padre

De este mismo amor y deseo procedía también el grande fervor y espíritu con que predicaba. Porque decía él que, cuando había de predicar, su principal cuidado era ir al púlpito «templado». En la cual palabra quería significar que, como los que cazan con aves procuran que el azor o el falcón, con que han de cazar, vaya «templado», esto es, vaya con hambre, porque ésta le hace ir más ligero tras de la caza, así él trabajaba por subir al púlpito, no solo con actual devoción, sino también con una muy viva hambre y deseo de ganar con aquel sermón alguna ánima para Cristo; porque esto le hacía predicar con mayor ímpetu y fervor de espíritu. Este deseo es un especialísimo don del Espíritu Santo, sin cuya virtud nadie, por mucho que haga, lo podrá alcanzar. El cual deseo nos representa los dolores de parto que tenía aquella misteriosa mujer que san Juan vio en su revelación, de la cual dice que padecía grandes tormentos por parir; lo cual nos representa el ardor y deseo que los amadores de la honra de Dios tienen de engendrar hijos espirituales, que lo honren y glorifiquen. Y este mismo deseo es el que les da no solo fervor y eficacia para predicar, sino también les enseña cosas con que prendan y hieran los corazones.

Y porque somos tan de carne que no entendemos la dignidad y peso de las cosas espirituales sino por ejemplo de las carnales, imaginemos agora lo que haría una madre si supiese cierto que un solo hijo que tenía quisiese ir a desafiar a otro hombre y matarse con él. Pregunto, pues: ¿en este caso qué haría? ¿qué diría? ¿con qué lágrimas, con qué ruegos, con qué razones procuraría revocar al hijo de tan mal camino? ¿y cuán ingeniosa y elocuente la haría para esto el amor de él? Pues por aquí entenderemos la que obra en los grandes amadores de Dios el deseo de la salvación de las ánimas y el dolor de su perdición, y cuántas y cuán eficaces razones les trae para esto a la memoria este mismo amor y dolor.

Y quien quisiere entender algo de este espíritu, lea los profetas, que fueron los predicadores que Dios escogió para reprenderlos pecados del mundo y señaladamente los primeros capítulos del profeta Jeremías, y verá en ellos tanta elocuencia divina que ni Tulio ni Demóstenes supieron usar de tanta variedad de figuras y sentencias y exclamaciones para afear y encarecer la ingratitud y malicia de los hombres, como este profeta lo hace; porque la indignación y sentimiento que el Espíritu Santo criaba en sus corazones le daba cosas que decir, con que confundiese los hombres desconocidos y rebeldes a Dios.

Y este mismo espíritu y sentimiento tenía nuestro glorioso padre santo Domingo, de quien se escribe que ardía su corazón como una hacha encendida por el dolor de las ánimas que perecían. Y este dolor le hacía decir cosas maravillosas cuando predicaba, para confundir y mover los corazones de los que lo oían. Y así, preguntándole una vez dónde había leído aquellas cosas tan excelentes que predicaba, brevemente respondió que en el librico de la caridad; porque el deseo tan encendido que tenía de la conversión de las ánimas le enseñaba a decir estas maravillas para convertirlas.

Pues en este librico, que para todos está abierto, había también leído en su manera este siervo de Dios; y éste le hacía predicar con tan grande espíritu y fervor, que movía grandemente los corazones de los oyentes; porque las palabras, que salían como saetas encendidas del corazón que ardía, hacían también arder los corazones en los otros. Ca es tan grande la fuerza de este espíritu, y excede tanto el común estilo y lenguaje de los predicadores, que como los magos de Faraón, vistas las señales que hacía Moisés, entendieron que allí entrevenía el dedo de Dios, que es la virtud y fuerza sobrenatural suya, así, cuando este padre predicaba, movido con este grande soplo y espíritu de Dios, luego entendían los hombres que aquellas palabras salían de otro espíritu más alto que el humano.


(Continues...)

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Table of Contents

Contents

CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 7,
DEDICATORIA, 9,
AL CRISTIANO LECTOR, 11,
CAPÍTULO I. DE LOS PRINCIPIOS DE SU VIDA, 12,
CAPÍTULO II. DE CÓMO NUESTRO PREDICADOR PROCURÓ IMITAR AL APÓSTOL SAN PABLO EN EL OFICIO DE LA PREDICACIÓN, Y DE LAS PRINCIPALES PARTES QUE PARA ESTE OFICIO SE REQUIEREN, 15,
CAPÍTULO III. DE LA ESPECIAL LUMBRE Y CONOCIMIENTO QUE A ESTE SIERVO DE DIOS FUE DADO, 28,
SEGUNDA PARTE. DE ESTA HISTORIA EN LA CUAL SE TRATA DE LAS VIRTUDES PERSONALES Y PARTICULARES DE ESTE PADRE,
TERCERA PARTE. DEL FRUTO DE SU PREDICACIÓN, Y MEDIOS CON LOS CUALES SE CONSIGUIÓ, 83,
CAPÍTULO IV. DE LA PREDICACIÓN DE ESTE SIERVO DE DIOS, Y DEL FRUTO QUE CON ELLA HIZO, 85,
CAPÍTULO V. DE LOS MEDIOS CON LOS CUALES SE CONSIGUIÓ EL FRUTO Y APROVECHAMIENTO DE LAS ÁNIMAS, DE QUE HASTA AQUÍ SE HA TRATADO, 104,
CAPÍTULO VI. SANTA MUERTE DEL PADRE ÁVILA, 108,
LIBROS A LA CARTA, 117,

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