El diario de Bruno

El diario de Bruno

by Rogelio Guedea

NOOK Book(eBook)

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Overview

Bruno ya no es un niño y todavía no es adolescente, pero está en la época más difícil de toda su vida. Nació en México y vive en Nueva Zelanda, el país más remoto del mundo. Bruno es un gran pesimista. Mientras su vida transcurre entre dudas y premoniciones, escribe en su diario todos sus pensamientos, para intentar comprenderse a sí mismo. Hasta que conoce a Maya, una simpática niña chilena de su misma edad y comienza a pensar en ella día y noche, pero no se atreve a decirle lo que siente. Todo cambia drásticamente cuando Bruno sufre un problema de salud y le sale “una bolita” en la muñeca, que parece ser un tumor. El diario de Bruno comparte ese inmenso nudo de emociones de amor e incertidumbre que llegan con la pubertad, en una conmovedora novela sobre las complejidades del alma juvenil. 

 

Product Details

ISBN-13: 9786079795931
Publisher: HarperCollins Mexico
Publication date: 08/21/2018
Sold by: HarperCollins Publishing
Format: NOOK Book
Pages: 152
File size: 467 KB
Age Range: 8 - 14 Years

About the Author

Rogelio Guedea es un poeta, ensayista, novelista y traductor mexicano, nacido en Colima en 1974. Es doctor en Letras por la Universidad de Córdoba (España). Es columnista de los diarios El Financiero y La Jornada y profesor en la Universidad de Otago en Nueva Zelanda. Es autor de alrededor de treinta libros de poesía, ensayo y narrativa. Ha ganado los siguientes premios: Interamericano de Literatura Carlos Montemayor, Memorial Silverio Cañada, Gilberto Owen (2008), Adonáis de Poesía, Nacional de Poesía Sonora, Amado Nervo (2004), Internacional de Poesía Rosalía de Castro. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

Read an Excerpt

CHAPTER 1

ENERO

DÍA 7

Por la mañana

Maya estaba sola a la hora del recreo. Como Samar no había venido a la escuela, no tuvo más remedio que sentarse en la banca frente al área de juegos a comerse su desayuno. Yo la estuve observando durante largo tiempo mientras pensaba que sería un buen momento para decirle lo que siempre he querido decirle, pero cuando apenas me iba a animar a hacerlo llegó Sam y se sentó a su lado, abriendo su lonchera y sacando un sándwich de mermelada de fresa. Me di la media vuelta y me fui a los bebederos. Me temblaban las manos. El pecho lo sentía apretado, como si me hubieran puesto una enorme piedra encima. Maya es de quinto año y yo de cuarto. Mi papá dice que la edad no importa. Mi mamá, en cambio, dice que sí importa y mucho. Yo le creo a mi papá.

Antes de ir a natación

Ayer me descubrí una bolita en la muñeca. Fui corriendo con mi mamá y se la enseñé. Mi mamá la vio y, por la cara que puso, pensé que se trataba de algo grave. Ella se hizo como si no le diera mucha importancia, pero yo la conozco bien y sé cuando se preocupa. Además, cogió el teléfono y apartó una cita con el doctor Mackenzie. Se le escuchaba la voz nerviosa, tal vez porque no le gusta hablar en inglés. O tal vez no. A lo mejor sí es muy grave esta bolita. Como un tumor. Toda la noche estuve pensando que tal vez me tendrían que operar, y que me meterán en un cuarto oscuro, oscuro, con una enfermera gorda y un doctor sudando de la frente y pidiéndole a la enfermera que le pase los cuchillos para abrirme la mano. Le he prometido a Dios que si me salva de ésta voy a ser bueno con mi hermana y daré dos latas de tomates para el banco de comida del supermercado. Aun con mi juramento, no pude dormir en toda la noche. A las tres y media de la madrugada vi el reloj, las manecillas no parecían avanzar. Los minutos pasaban lentos, mi miedo me daba vueltas muy rápido en la cabeza. Pensé que quizá tendrían que cortarme la mano, luego que se me infectaría la mano y me cortarían el brazo, luego el hombro, después la otra mano. El corazón me latía como si fuera a salírseme por la boca, en un momento pensé que me iba a volver loco. No supe a qué hora me quedé dormido.

DÍA 9

Mi papá estuvo trabajando toda la tarde en la Barranca del Huizapol. Es un terreno que está detrás del patio trasero que también es parte de la casa pero que no utilizamos porque está lleno de maleza. La maleza llega casi hasta el cielo. No se puede pasar y por eso cuando se nos va una pelota a mi hermana o a mí, decimos: adiós, mundo cruel. Ya sabemos que no podremos recuperarla nunca. Aunque dicen que aquí en Nueva Zelanda no hay culebras o alacranes como en México, yo no lo creo. Cuando me he subido a la barda he visto a veces cómo se mueve la maleza, como si se tratara de una serpiente asustada que escapa sin dirección. Pero ahora la Barranca está quedando limpia, sin ninguna maleza. Mi papá la estuvo limpiando toda la tarde con un pico y otras herramientas porque quiere plantar hortalizas. A la hora de la comida nos dijo que cuando era niño, allá en los Viveros, que fue el barrio donde vivía, él y sus amigos limpiaron un lote baldío para plantar hortalizas, rábano, cilantro, y eso. Yo la verdad no le creo y pienso que sólo me lo dice para que yo le ayude a cortar la maleza. O no sé. Mi mamá le dice a mi papá que me deje tranquilo porque lo único que voy a conseguir es que me espine una mano o me tuerza un pie en algún agujero. Mi papá le contesta que así no se crían hijos, sino serpientes.

DÍA 11

Ayer fuimos con el médico. Mi mamá me recogió de la escuela a las doce del día y me dijo que ya no me devolvería. Firmó con Ester la secretaria mi permiso. Afuera estaba esperándonos mi papá y mi hermana, a quien también la van a checar porque tiene una carraspera que no se le quita. Mi papá estaba muy serio. No como otras veces, que siempre me hace bromas cuando me ve. Esta vez estaba serio. Bueno, casi siempre está serio porque dice mi mamá que piensa en nuevas ideas para sus libros, pero esta vez estaba serio de otra manera. No sé cómo decirlo. Como preocupado. Eso hizo que yo me preocupara también. Lo dejamos en la universidad y nos fuimos al consultorio. Yo iba nerviosísimo y con ganas casi de vomitar. Luego de esperar un rato en la sala del consultorio, el doctor Mackenzie asomó la cabeza y nos pidió que pasáramos. Primero pasé yo, luego mi hermana y al final mi mamá, que se sentó frente al doctor. Mi mamá le explicó al doctor lo que nos pasaba y el doctor revisó primero a mi hermana y luego a mí. Le mostré mi bolita y él la observó como si estuviera observando una tarántula peluda. Entonces me dijo que me acostara en la camilla y en ese momento yo pensé que me iba a abrir con un cuchillo la mano. Sentía que me brotaba el sudor por la frente, como una cascada. De pronto se me vino la idea de que no iba a poder explicarle cómo me había salido esa bolita. Yo intentaría abrir la boca pero no se abriría o si se abría empezaría a decir puras palabras que yo no le ordenara, frases incoherentes que tuvieran que ver con cualquier cosa menos con mi bolita. El doctor no me preguntó nada, más bien me pidió que me quitara la camisa y extendiera los brazos. Me revisó el cuello y las axilas y luego otra vez la bolita de la muñeca. Tiene los ganglios más inflamados de lo normal, le dijo a mi mamá. Miré a mi mamá: su cara era de espanto. Miré al doctor, quien dijo: tenemos que ordenarle unos análisis de sangre. Entonces sentí que la lengua se me iba hasta atrás de la garganta y que no iba a poder hablar, pero afortunadamente, como pude, pude preguntar: doctor Mackenzie, ¿sabe qué puede ser? El doctor Mackenzie dijo que probablemente un virus jodón, pero que tenían que comprobarlo. ¿Y qué se hace si es un virus?, volví a preguntar pensando que tal vez me tendrían que operar. Se irá solo, dijo. Aunque eso me tranquilizó, cuando salí del consultorio mis piernas parecían de gelatina. Ya en el carro, no pude contenerme y lloré. Sí: lloré como una niña.

DÍA 15

Mañana me hacen los análisis. Estoy muy nervioso. No pude dormir en toda la noche nada más de pensar en la aguja. No me puedo quitar la imagen de la aguja de la cabeza. Veo en todos los sitios una aguja grande, puntiaguda, que se me entierra en las venas como una espada. Maya hoy me preguntó que si me pasaba algo. Estás pálido, me dijo. Y yo le dije que no, que nada. La verdad es que me daría pena que supiera que soy un miedoso. Así que me aguanto, aunque en realidad desde que me salió la bolita pienso que tengo otras enfermedades que el doctor todavía no me descubre y que me voy a morir. Si siento un poco de sofoco y me falta la respiración, luego luego pienso que tengo eso que tiene mi tío Alfonso, taquicardia o algo así. Si me duele la cabeza, seguro es un tumor como el que mató a mi abuelo Bul. Si orino amarillo, sin duda tengo malos los riñones como mi tío Beto. Y así me la paso pensando todo el día, con la boca seca, dando vueltas como alrededor de una noria. Lo único que me sirve es rezar. Rezo el Salmo 23, ese que dice: "El Señor es mi pastor, nada me faltara". Mi papá me lo hizo leer un día que me llevaron con el doctor por un dolor de nariz que no se me quitaba. Pensaban que tenía el tabique desviado. Me tocó las manos y me chorreaban sudor. Me pidió que me sentara y sacó la Biblia del librero, abriéndola en el Salmo 23. Entonces leyó: "El señor es mi pastor ...". Cuando terminó, dijo: a fuerza de repetirla, te convencerás de que Dios está contigo y te protege de todo mal, ¿me entiendes? Me sentí aliviado por un largo instante, aunque después me volvió el miedo.

DÍA 20

La enfermera del Laboratorio nos pidió que pasáramos a un cuartito al fondo de un largo pasillo. El cuartito era como me lo imaginaba: oscuro oscuro. Abrió el sobre que le entregó mi mamá y preguntó que quién era Bruno. Yo levanté dos veces las cejas. Me señaló un sillón negro también estirando las cejas, e indicándome que me sentara. La enfermera se dio la media vuelta, cogió una jeringa y me ordenó que me volteara mejor hacia el otro lado. Fue demasiado tarde. Yo ya había visto esa aguja grande, puntiaguda, como un aguijón. Giré la cabeza y apreté los dientes, esperando lo peor. La enfermera me enredó una liga en el brazo y me pidió que empuñara la mano. Luego me metió la aguja. A los pocos segundos sentí como si una aspiradora me estuviera sacando toda la sangre del cuerpo, poco a poco. Le pregunté a la enfermera que si ya había acabado y la enfermera me dijo que no y que no me moviera porque si no me tendría que volver a picar. Relájate, dijo. Ahora afloja el puño. Volví a apretar los dientes y a ponerme rígido, como una estatua. Estiré los dedos. La enfermera guardó la sangre en dos tubos. Les puso una etiqueta y los metió a una bolsa. Cuando por fin volteé, vi que mi hermana los miraba con unos ojos de espanto. Antes de partir, me acerqué al carrito donde estaban los tubos con la sangre. Me cercioré de que tuvieran mi nombre bien escrito, no fuera a ser que me los pusieran equivocadamente en el de algún otro paciente.

DÍA 23

Mañana

A la escuela llegué esta vez con la camisa de manga corta del uniforme. Estaba haciendo frío, pero me aguanté. Llevaba en el brazo el curita que me habían puesto en el lugar donde me pusieron la inyección, todavía con sangre alrededor, porque no quise bañarme ayer en la noche. Cuando me lo vio Maya vino corriendo con sus ojos muy abiertos: ¿qué te pasó, Bruno? Levanté un poco el pecho y la ceja y le dije: me sacaron sangre. ¿Sangre? Sí, le contesté: dos litros. ¿En serio? Con una aguja así de grande, le dije agrandando dos dedos. Duele muchísimo, ¿verdad? No, qué va, le dije con el pecho aún levantado. No duele nada, nada. ¿Te asustaste?, dijo. Ni un milímetro, le contesté. ¡Qué bueno!, gritó Maya. Pensé que era el momento de decirle lo que siempre he querido decirle, pero Samar la estaba esperando para el desayuno y se fue corriendo. Sus saltos libraban los charcos que había dejado la lluvia del amanecer.

Noche

Hace un rato descubrí un miedo a cambiar mi vida. Iba a poner un póster de los All blacks en la pared junto a mi cama pero me dio mucha tristeza y no lo puse. Tal vez por eso no me gusta hacer pijamadas con mis amigos. Pasar la noche en otra casa, sin mi mamá, me da muchos nervios. Se lo expliqué a mi psicólogo pero no me entendió, o se hizo que no me entendió. Le dije: me da miedo cambiar mi vida. No puedo hacer otras cosas más que las que hago. Otra vida diferente me da mucho miedo vivirla. Pensar, por ejemplo, que no estará mi mamá para rezarme, ni que mi hermana estará en la cama de abajo haciéndome compañía, ni que voy a dejar de tener el cristo colgado en la pared, ni tampoco que no voy a decirle a mis papás "buenas noches" antes de apagar la lamparita de lectura, me hace que la cabeza me dé vueltas como una churumbela. Como pronto habrá un camping en la escuela, yo he pensado grabar en mi celular la voz de mi mamá rezándome el Padre Nuestro y diciéndome buenas noches, así podría ponerme los audífonos y escucharla antes de dormir, como si estuviera de verdad junto a mí. Esto se lo explico al psicólogo y tengo la seguridad de que piensa que estoy inventando cosas nomás. Los psicólogos no saben que cambiar mi vida es lo peor que pueda pasarme en la vida, por eso trato de hacer lo mismo a la misma hora de siempre, todos los días y las semanas, de esa forma me siento seguro y en paz, y duermo tranquilo. Pero mi psicólogo no me lo entiende, quizá porque apenas llevo hablando con él dos sesiones y todavía cree que invento cosas para llamar la atención.

DÍA 26

Tarde

He terminado de leer La filosofía del pastel, de una escritora de nombre Verónica Bellver. Me gustó tanto la novela que escribí una reseña en mi blog. Ojalá la autora la lea. Mi papá dice que a los escritores les gusta que les escriban sus lectores y que cuando a él le llegan cartas o correos electrónicos de sus lectores nunca deja de contestarlas. Y sí es cierto porque yo he escuchado que le dice mi mamá que ya debería dejar de contestarle a tanta gente que le escribe, pero dice mi papá que toda la gente merece una atención y que él lo hará hasta que ya de verdad no tenga nada de tiempo para hacerlo. Yo quisiera escribirle a la autora de La filosofía del pastel para decirle que disfruté mucho la historia de Álex, el niño ciego, y Valentín., y que la parte que más me hizo reír fue cuando Valentín se sube al carrusel del aeropuerto para recoger su maleta. También hubo partes que se me hicieron tristes, sobre todo cuando se tuvieron que ir a Estados Unidos y el papá se dio cuenta de que el trabajo que le habían prometido era una mentira. Mi mamá dice que mi abuelito Rogelio también tuvo mala suerte con los trabajos. Un día que estaba viendo la televisión con mi abuelito quise preguntarle, pero me dio pena. Le preguntaré mejor a mi papá, uno de estos días. Por cierto, a mi mamá le dará mucho gusto que haya vuelto a escribir en mi blog. Fue ella la de la idea de que era la mejor forma de no perder mi español, pues esa fue la condición: que escribiera mis historias, reseñas y demás en español, por lo menos una vez a la semana, y que habría recompensa, aunque hasta ahorita de recompensa no he visto nada.

Antes de dormir

Mis papás no se habían dado cuenta que todavía no me dormía hace un rato cuando estaban hablando en voz baja. A veces me pasa así: se me va el sueño. Me agarro dando vueltas en la cama. Me tapo con la colcha y me destapo, me pongo de panza y bocarriba, y vuelvo a dar vueltas. Es la hora en que recuerdo todas las cosas malas que me sucedieron durante el día. Me trato de concentrar en las buenas, como me aconseja mi mamá y mi psicólogo, pero no puedo. Las malas son como un martillo que me estuviera golpeando y golpeando sin dejarme descansar. Decía que mis papás no se habían dado cuenta que todavía no me dormía y por eso escuché que le decía mi mamá a mi papá que qué bueno que salí bien en el examen de sangre. Menos mal que fue un virus y no cáncer, dijo mi papá. Yo no sé muy bien qué sea el cáncer, pero debe ser algo grave porque mi mamá dijo: no, ni lo mande Dios. Y mi papá: cállatelaboca. Dios nos libre de una cosa así. Yo creo que por eso mi mamá estuvo asustada aquel día con el doctor y ya ni se acordaron de la bolita que tengo en la muñeca. Y que me sigue creciendo como un globo de gas.

DÍA 29

Will, mi compañero de la clase de artística, siempre me echa mentiras pero ya le encontré la forma de descubrirlo. El otro día me dijo que un primo suyo se había ido de aquí a Omarú y se había tomado diez latas de Coca-Cola en el camino. ¿Diez latas, Will?, le pregunté. Sí, me dijo, y agregó: y se comió cinco bolsas de papitas de las grandes y tres paquetes de galletas de jengibre. ¿Cinco bolsas de papitas y tres paquetes grandes de jengibre?, le volví preguntar. Sí, me dijo. Entonces le dije: a ver, júralo, y le hice la seña con la mano puesta en el corazón. Will puso los ojos de zopilote remojado y me contestó: era un chiste, ¿a poco te la creíste? Sí, mentí, y nos fuimos a jugar rugby. En la religión de Will, que no sé cuál sea bien a bien, le prohíben jurar el nombre de Dios en vano. Desde que lo supe, cada que Will me cuenta algunas de sus increíbles historias (como aquella de que atravesó el mar de Tunnel Beach abrazado a un delfín), le pregunto: a ver, júralo. Y Will, como siempre: ¿a poco te la creíste? Pues nomás poquito, le contesto, y nos vamos a jugar rugby.

CHAPTER 2

FEBRERO

DÍA 2

Mañana

Hoy llegué a mi clase de guitarra y me encontré con la sorpresa de que no había venido mi maestro. Estaba otro. Era un maestro alto, con el pelo largo y los zapatos puntiagudos, como su nariz. Nomás de verlo me cayó pesado. Además, traía una corbata de colores, como payaso, y unos lentes gruesos y negros. Nos pidió que nos sentáramos y mientras lo hacíamos empezó a tocar su guitarra moviendo velozmente sus dedos de un lado a otro, como muy profesional. Más pesado me cayó. El maestro nos dijo que se llamaba Tobias y que venía hoy porque nuestro maestro estaba enfermo. Luego de presentarse nos empezó a explicar algunas cosas sobre los diferentes ritmos y velocidad en que podíamos tocar dependiendo la melodía. Nos explicó que era más o menos como cuando caminábamos, y que teníamos que hacerlo acompasadamente porque de otra forma nos caeríamos de boca y nos romperíamos los dientes, y entonces hizo como que caminaba así y como que se caía de boca. Poco a poco me fue cayendo menos pesado y antes de terminar la clase, ya me caía bien, porque nos explicaba todo lo que nos iba enseñando, mejor que nuestro maestro, que sólo nos dice hagan esto y lo otro pero sin darnos ninguna explicación. Cuando terminó la clase, yo pensé: es como los libros. No porque a veces no nos gusten las portadas eso quiere decir que la historia es mala. Puede ser todo lo contrario, tal como me ha sucedido ahora con mi maestro. Se lo contaré a mi mamá a ver qué piensa.

(Continues…)


Excerpted from "El Diario De Bruno"
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