Vida Del Escudero Marcos De Obregon / Life of the Squire Marcos De Obregon

Vida Del Escudero Marcos De Obregon / Life of the Squire Marcos De Obregon

by Vicente Espinel

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Product Details

ISBN-13: 9788498165425
Publisher: Linkgua
Publication date: 01/28/2006
Series: Narrativa Series
Pages: 282
Product dimensions: 5.50(w) x 8.40(h) x 0.70(d)

About the Author

Vicente G�mez Mart�nez-Espinel (1550�1624). Espa�a. Naci� en Ronda, provincia de M�laga y all� estudi� letras y m�sica. M�s tarde fue a la Universidad de Salamanca durante los disturbios escolares provocados por el proceso de fray Luis de Le�n. Hacia 1587 obtuvo un beneficio en Roma;y en Granada (1589), donde se gradu� de bachiller en artes. Diez a�os despu�s consigui� el t�tulo de maestro de artes en la Universidad de Alcal� y ocup� una plaza de capell�n en Madrid, en la capilla del obispo de Plasencia. Espinel viaj� mucho, y en uno de sus viajes fue hecho prisionero en Argel por los piratas. Liberado luego por los genoveses, sirvi� tres a�os en Italia como militar. De vuelta a su tierra, tuvo mucho prestigio como poeta y m�sico, y se le atribuye la inclusi�n de la quinta cuerda a la guitarra. Aunque escribi� en las principales formas po�ticas de su tiempo, alcanz� con la d�cima, conocida tambi�n con el nombre de �espinela�, un nivel insuperable. Espinel adem�s escribi� en prosa, y es c�lebre por la novela picaresca La vida del escudero Marcos de Obreg�n, en la que se inspir� m�s tarde el autor franc�s Lesage para escribir su Gil Blas de Santillana. Su amigo Lope De Vega, dijo de �l que era ��nico y sin igual en la m�sica�.

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Vida del Escudero Marcos de Obregón


By Vicente Espinel

Red Ediciones

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ISBN: 978-84-9816-542-5



CHAPTER 1

RELACIÓN PRIMERA DE LA VIDA DEL ESCUDERO MARCOS DE OBREGÓN


ESTE largo discurso de mi vida, o breve relación de mis trabajos, que para instrucción de la juventud, y no para aprobación de mi vejez, he propuesto manifestar a los ojos del mundo, aunque el principal blanco a que va inclinado es aligerar por algún espacio, con alivio y gusto, la carga que, con justos intentos, oprime los hombros de V. S. L., lleva también encerrado algún secreto, no de poca sustancia para el propósito que siempre he tenido, y tengo, de mostrar en mis infortunios y adversidades cuánto importa a los escuderos pobres, o poco hacendados, saber romper por las dificultades del mundo, y oponer el pecho a los peligros del tiempo y de la fortuna, para conservar con honra y reputación un don tan precioso como el de la vida, que nos concedió la divina Majestad para rendirle gracias y admirarnos, contemplando y alabando este orden maravilloso de cielos y elementos, los cursos ciertos e innumerables de las estrellas, la generación y producción de las cosas, para venir en verdadero conocimiento del universal Fabricador de todas ellas. Y aunque me coge este intento en los postreros tercios de la vida, como a hombre que por viejo y cansado se le hizo merced de darle una plaza tan honrada, como la de Santa Catalina de los Donados de esta Real villa de Madrid (donde paso lo mejor que puedo), en los intervalos que la gota me concediere, iré prosiguiendo mi discurso, guardando siempre brevedad y honestidad: que en lo primero cumpliré con mi condición y inclinación natural, y en lo segundo con la obligación que tienen todos aquellos a quien Dios hizo merced de recibir el agua del bautismo, Religión que tanta limpieza, honestidad y pureza ha profesado, profesa, y profesará desde su principio y medio, hasta el último fin de esta máquina elemental. Y con el ayuda de Dios procuraré que el estilo sea tan acomodado a los gustos generales, y tan poco cansado a los particulares, que ni se deje por pesado, ni se condene por ridículo. Y así en cuanto mis fuerzas bastaren procederé deleitando al lector, juntamente con enseñarle, imitando en esto a la próvida naturaleza, que antes que produzca el fruto que cría para mantenimiento y conservación del individuo, muestra un verde apacible a la vista, y luego una flor que le regala el olfato: y al fruto le da color, olor, y sabor, para aficionar al gusto que se coma, y tome de él aquel sustento que le alienta y recrea, para la duración y perpetuidad de su especie. o haré como los grandes médicos, que no luego que llegan al enfermo le martirizan con la violencia del ruibarbo, ni con otras medicinas arrebatadas, sino primero disponen el humor con la blandura y suavidad de los jarabes, para después aplicar la purga, que ha de dejar el sujeto limpio y libre de la corrupción que le aquejaba. Y si bien son muy trilladas estas comparaciones de los médicos, y las medicinas pueden traerse muy bien entre manos, por ser fáciles ¿inteligibles, y más yo, que por la excelente gracia que tengo de curar por ensalmos puedo usar de ellos como uso del oficio con tanta aprobación y opinión de todo el pueblo, que me ha valido tanto el buen puesto en que estoy junto con traer unas cuentas muy gruesas, unos guantes de nutria, y unos antojos que parecen más de caballo que de hombre, y otras cosas que autorizan mi persona, que estoy tan acreditado, que toda la gente ordinaria de esta Corte, y de los pueblos circunvecinos acuden a mi con criaturas enfermas de mal de ojo, con doncellas opiladas, o con heridas de cabeza, y de otras partes del cuerpo, y con otras mil enfermedades, con deseo de cobrar salud; pero curo con tal dulzura, suavidad y ventura, que de cuantos vienen a mis manos no se mueren mas de la mitad, que es en lo que estriba mi buena opinión: porque estos no hablan palabra, y los que sanan dicen, mil alabanzas de mi, aunque quedan perdigados para la recaída, que todos vuelan sin remedio. Mas la gente que más bendiciones me echa es la que curo de la vista corporal, porque como todos la mayor parte son pobres y necesitados, con la fuerza de cierta confección que yo sé hacer de atútia, y cardenillo y otros simples, y con la gracia de mis manos, a cinco o seis veces que vienen a ellas los dejo con oficio, con que ganan la vida muy honradamente, alabando a Dios y a sus Santos con muchas oraciones devotas, que aprenden sin poderlas leer.


DESCANSO I

ESTANDO pocos días ha con los ojos altos y humildes al cielo, el rostro sereno y grave, las manos sobre un muy blanco lenzuelo en los oídos del enfermo y pronunciando con mucho silencio las palabras del ensalmo, pasó cierto cortesano, y dijo: No puedo sufrir los embelecos de estos embusteros: yo callé, y proseguí con mi acostumbrada compostura la medicinal oración, y en acabándola me dijo mi compañero: ¿No oísteis cómo os llamó aquel gentil hombre de embustero? Él no habló conmigo, dije yo, y de lo que a mí no se me dice derechamente no tengo obligación de responder, ni hacer caso; y deseo persuadir esto a los que por la poca experiencia, o por la condición alterada y presta que naturalmente tienen, se dan por sentidos de las ignorantes libertades de quien no tiene atrevimiento para decirlas descubiertamente, que ni llevan orden de agravio, ni arguyen ánimo, ni valor en quien las dice: ella es ignorancia grande, introducida de gente que trae siempre la honra y la vida en las manos: que no tengo yo de persuadirme a que pues no me hablan libremente me ofenden, aunque tengan intención de hacerlo: que los tiros que estos hacen son como los de una escopeta cargada de pólvora y vacía de bala, que con el ruido espantan la caza, y no hacen otra cosa. Los agravios no se han de recibir si no van muy descubiertos, y aun de esto se ha de quitar cuanto fuere posible, desapasionándose, y haciendo reflexión en si lo son o no, como discretísimamente lo hizo Don Gabriel Zapata, gran caballero y cortesano, y de excelentísimo gusto, que envíandole un billete de desafío a las seis de la mañana cierto caballero con quien había tenido palabras la noche antes, y habiéndole despertado sus criados por parecerles negocio grave, en leyendo el billete dijo al que le traía: decidle a vuestro amo que digo yo, que para cosas que me importan de mucho gusto no me suelo levantar hasta las doce del día, ¿que por qué quiere que para matarme me levante tan de mañana? Y volviéndose del otro lado se tornó a dormir y aunque después cumplió con su obligación, como tan gran caballero, se tuvo aquella respuesta por muy discreta.

Don Fernando de Toledo, el tío (que por discretísimas travesuras que hizo le llamaron el pícaro), viniendo de Flandes, donde había sido valeroso soldado y Maestro de campo, desembarcándose de una salva en Barcelona, muy cercado de Capitanes, dijo uno de dos pícaros que estaban en la playa, en voz que él lo pudiese oír: Este es don Fernando el pícaro. Dijo don Fernando, volviendo a él: ¿En qué lo echaste de ver? Respondió el pícaro: Hasta aquí en lo que oía decir, y ahora en que no os habéis corrido de ello. Dijo don Fernando muuerto de risa: Harta honra me haces, pues me tienes por cabeza de tan honrada profesión como la tuya. Así que aun de aquellas injurias que derechamente vienen a ofendernos, habemos de procurar por los mismos filos hacer triaca del veneno, gusto del disgusto, donaire de la pesadumbre, y risa de la ofensa. Que pues procura un hombre entender por donde camina una espada, los círculos y medios, la fortaleza y flaqueza, la ofensa y la defensa, y lo ejercita con grandísima perseverancia hasta hacerse muy diestro para que no le maten o hieran, ¿por qué no se ejercitará en lo que estorba a venir a tan miserable estado, que es la paciencia? Que puesta la colera en su punto, y vistas dos espadas desnudas, una con otra han de herir, o huir; cosa que por tan infame se ha tenido siempre en todas las naciones del mundo; y si con mucho menos trabajo y ejercicio se puede hacer un hombre diestro en la paciencia, que es quien refrena los ímpetus bestiales de la cólera, la potencia de los poderosos, la braveza de los valientes, la descortesía de los soberbios ignorantes, y ataja otros mil inconvenientes, ¿por qué no se procurará esto por no llegar a lo otro? En Italia dicen que la paciencia es manjar de poltrones. Mas esto se entiende de una paciencia viciosa, que el que la profesa por comer, beber y holgar, sufre cosas indignas de imaginar entre hombres. Aquí se trata de la paciencia que acicala y afina las virtudes, y la que asegura la vida, la quietud del ánimo, y la paz del cuerpo; y la que enseña a que no se tenga por injuria la que no lo es ni lleva modo de poderse estimar por tal: que en solo el uso de esta divina virtud se aprende cómo se han de rechazar los agravios paliados, cómo se han de resistir los descubiertos, qué caso se debe hacer de los que se dicen en ausencia, que es otro yerro notable que anda derramado entre la gente que ni sabe sufrir, ni lo quiere aprender, que así se ofenden de un agravio encañado por arcaduces, como de una cuchillada en el rostro, como si hubiese alguno en el mundo (por justo que sea) que tenga las ausencias sin alguna calumnia. Y porque la materia de suyo es algo pesada, quiero aligerarla con decir lo que me pasó sirviendo al más desazonado colérico del mundo: porque tras de muchos infortunios que toda mi vida he sufrido, me vine a hallar desacomodado al cabo de mi vejez; de manera, que porque no me prendiesen por vagamundo, hube de encomendarme a un amigo mio, Cantor de la Capilla del Obispo (que estos todo lo conocen, sino es a sí propios) y él me acomodó por escudero y ayo de un médico y su mujer, tan semejante el uno al otro en la vanidad de valentía y hermosura, que no les quedó que repartir en los vecinos, con los cuales me pasaron lances harto dignos de saberse.


DESCANSO II

LLAMÁBASE el Doctor L Sagredo, hombre mozo, de muy gentil disposición, algo locuaz, y aun loco, más colérico y fácil de enojarse que gozque de panadero, presuntuoso y estimador de su persona, y (para que n o se echasen a perder dos casas, sino una) casado con una mujer de su misma condición, moza, y muy hermosa, alta de cuerpo, cogida de cintura, delgada y no flaca, derecha de espaldas, el movimiento con mucho donaire, ojos negros y grandes, pestaña larga, cabello castaño, que tiraba un poco a rubio, briosa, Y no muy poco soberbia, vana y presuntuosa.

Llevóme a su casa el buen Doctor, y lo primero que encontré fue una mula muy flaca en una caballeriza, tan ajustada con ella, que si tuviera alas no pudiera caber dentro. Subimos una escalerilla, y representóseme luego la sala donde estaba la señora Doña Mergelina de Aybar, que así se llamaba, a quien yo miré de muy buena gana, que aunque viejo incapaz de semejantes apetitos, por razón y por edad, la miré como a hermosa, que a todos ojos es la hermosura agradable. Dijo el Doctor: Veis aquí a quien habéis de servir, que es mi mujer. Yo le dije: Por cierto bien merece tan gentil dama a tal galán. Ella respondió, como mujer hermosa ignorante, o por mejor decir, preguntó: ¿Quién os mete a vos en eso? Señora, dije yo, advierta vuesa merced que cuando la llamé gentil no quise decir que no era cristiana, sino que tenía muy gentil talle y cuerpo. Que bien os entendí, dijo ella, sino que no quiero que nadie se me atreva a decirme requiebros. Es la honra del mundo, dijo el Doctor, servidla con gusto y cuidado, que yo os lo pagaré muy bien. Miré la casa muy de espacio, aunque se podía ver muy de presto, porque no vi en toda ella sino es un espejo muy grande en un poyo muy pequeño de una ventana, y unas redomillas que lo acompañaban, con un cofrecillo pequeñuelo: y mirando a un rincón, vi a un montante, con ciertas espadas de esgrima, dagas, y espadas blancas, una rodela, y broquel. Díjome el Doctor: ¿Qué os parece de mi recámara? Miradla bien, que en Alcalá era temida aquella espada. No miraba, dije yo, sino a donde estaban los libros, que soy aficionado a ellos. Estos son, dijo, mis Galenos y mis Avicenas, que por la negra y la blanca nadie me igualó en Alcalá; y que no se meneó contra mí hombre de noche que no fuese lastimado de mis manos. Luego vuesa merced, dije yo, más aprendió a matar que a sanar. Yo aprendí, respondió él, lo que los demás médicos; y por haber poco que vine de mis estudios no me he reparado de libros, que bien parece en los profesores de las facultades tener cada uno los de la suya. Pero dejemos eso, y llevad a vuestra ama a Misa, que es ya tarde. Púsose su manto mi señora Doña Mergelina, y llevéla, o acompañéla hasta S. Andrés, que vivían en la Morería vieja, y en el camino (como es costumbre) muchos de los que la topaban le decían alguna cosa de su buen talle y rostro: a lo cual ella respondía tan aceleradamente que todos iban disgustados de sus respuestas. Yo le decía: Mire, señora, que ya que no responda bien, a lo menos tiene obligación de callar como mujer principal, que en el silencio no puede haber que notar.

No soy yo mujer, decía ella, a quien nadie ha de perder el respeto. Si alguno le decía que era muy hermosa, ella le decía: Y él hermoso majadero. Díjole un día un mozalbillo, no de mal talle: Así se me tornen las pulgas en la cama; al cual muy de propósito respondió: Debe dormir en alguna zahúrda de lechón. Era tan descortés y sacudida, que todos lo iban de sus respuestas, y ella lo quedaba de mis reprehensiones. a cierto clérigo de San Andrés, pequeño de cuerpo y grande de ánimo, conocido mio, que yendo muy pulido con una sobrepelliz muy blanca, porque le dijo que no se saliese de casa a hacer el oficio de la muerte, le replicó. También habla el escarabajo hinchado, que con aquel sacudimiento tenía mucho donaire y gusto en cualquiera materia. Yo, entre muchas veces que la reprendí su vanidad, me arrojé una a decirle todo lo que me pareció, que aunque ella estaba confiada en su buen parecer, quise ver si podía enmendarla con el mio, y le dije: Vuesa merced usa de su hermosura lo peor del mundo; porque pudiendo ser querida y loada de cuantos andan en él, quiere ser aborrecida de todos: quien dice hermosura, dice apacibilidad, dulzura, suavidad de condición y trato, y mezclándola con soberbia y desapacibilidad, se viene a convertir en odio lo que había de ser amor: que don tan excelente como la hermosura, concedido por merced de Dios, es razón que tenga alguna correspondencia con el ánimo, que si no parece lo uno a lo otro, arguye mal entendimiento, o poco agradecimiento a la merced que Dios hace a quien lo da. Hermosura con mala condición, es una fuente clarísima que tiene por guarda una víbora, y es sobrescrito y carta de recomendación, que en abriéndola tiene un demonio dentro. ¿Hay en el mundo quien quiera ser aborrecido? ¿Hay quien quiera ser estimado en poco? No por cierto. Pues quien tiene consigo porque le amen y estimen, ¿por qué quiere que le aborrezcan y menosprecien? ¿Es por fuerza que la hermosura ha de estar acompañada con vanidad, desdorada con ignorancia, y conservada con locura? ¿Por qué cuando se mira vuesa merced al espejo no procura que lo interior se parezca al exterior? Pues adviértole que suele el tiempo, y aun Dios, castigar de manera las vanidades, que los montes se allanan, y las torres vienen al suelo. ¿Cuántas hermosuras se han visto y ven cada día en esta máquina o ejemplo del mundo rendidas a mil desdichas y calamidades, por faltarles el gobierno y cordura? Que aunque la hermosura, el tiempo que dura, es querida y estimada, en marchitándose no le queda otra prenda sino las que granjeó, y el crédito y amistades que a fuerza de buen término conquistó, cuando estaba en su fuerza y vigor. Y es el mundo de tan baja condición, que a nadie acaricia por lo que tuvo, sino por lo que tiene. ¿Qué hermosura se ha visto que no se estrague con el tiempo? ¿Qué vanidad que no venga a dar en mil bajíos? ¿Qué estimación propia que no padezca mil azares? Cierto, que fuera bien que como hay para las mujeres maestros de danzar y bailar, los hubiese también de desengaño, y que como se enseña el movimiento del cuerpo, se enseñase la constancia del ánimo. Yo digo, y aun aconsejo a vuesa merced, lo que como hombre de experiencia me parece que es razón, y lleva camino. Mire no la castigue su presunción y demasiada estimación de su persona. Estas y otras muchas cosas le dije, y decía cada día; pero ella se estuvo siempre en sus trece, y quien no admite consejo para escarmentar en cabeza ajena, serále forzoso escarmentar en la suya, por seguir las inclinaciones propias, como sucedió a la señora Doña Mergelina, teniendo las suyas por ley, y al tiempo por verdugo de ellas, desta manera.


(Continues...)

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Table of Contents

Contents

CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 11,
VIDA DEL ESCUDERO MARCOS DE OBREGÓN, 13,
RELACIÓN PRIMERA DE LA VIDA DEL ESCUDERO MARCOS DE OBREGÓN, 17,
DESCANSO I, 18,
DESCANSO II, 20,
DESCANSO III, 27,
DESCANSO IV, 31,
DESCANSO V, 38,
DESCANSO VI, 45,
DESCANSO VII, 48,
DESCANSO VIII, 54,
DESCANSO IX, 64,
DESCANSO X, 70,
DESCANSO XI, 74,
DESCANSO XII, 77,
DESCANSO XIII, 80,
DESCANSO XIV, 88,
DESCANSO XV, 94,
DESCANSO XVI, 99,
DESCANSO XVII, 103,
DESCANSO XVIII, 106,
DESCANSO XIX, 110,
DESCANSO XX, 114,
DESCANSO XXI, 118,
DESCANSO XXII, 124,
DESCANSO XXIII, 129,
DESCANSO XXIV, 135,
RELACIÓN SEGUNDA DE LA VIDA DEL ESCUDERO MARCOS DE OBREGÓN, 137,
DESCANSO I, 141,
DESCANSO II, 142,
DESCANSO III, 144,
DESCANSO IV, 146,
DESCANSO V, 148,
DESCANSO VI, 152,
DESCANSO VII, 154,
DESCANSO VIII, 157,
DESCANSO IX, 163,
DESCANSO X, 166,
DESCANSO XI, 172,
DESCANSO XII, 176,
DESCANSO XIII, 180,
DESCANSO XIV, 187,
RELACIÓN TERCERA DE LA VIDA DEL ESCUDERO MARCOS DE OBREGÓN, 191,
DESCANSO I, 193,
DESCANSO II, 196,
DESCANSO III, 198,
DESCANSO IV, 201,
DESCANSO V, 204,
DESCANSO VI, 207,
DESCANSO VII, 211,
DESCANSO VIII, 217,
DESCANSO IX, 220,
DESCANSO X, 223,
DESCANSO XI, 228,
DESCANSO XII, 230,
DESCANSO XIII, 233,
DESCANSO XIV, 236,
DESCANSO XV, 241,
DESCANSO XVI, 246,
DESCANSO XVII, 251,
DESCANSO XVIII, 253,
DESCANSO XIX, 255,
DESCANSO XX, 257,
DESCANSO XXI, 261,
DESCANSO XXII, 263,
DESCANSO XXIII, 268,
DESCANSO XXIV, 270,
DESCANSO ÚLTIMO, Y EPÍLOGO, 276,
LIBROS A LA CARTA, 281,

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