Brasil 50: Retratos del Mundial del Maracanazo
On July 16th, 1950, after 79 minutes of play in the final of the World Cup and in front of 200,000 passionate Brazilian fans, Alcides Edgardo Ghiggia scored a goal for Uruguay that defeated Brazil and left Maracana Stadium silent. It came to be the worst defeat in Brazil’s history and one of the most famous in the history of soccer. Journalist Toni Padilla reconstructs this epic portrait through 40 protagonists, from Ghiggia himself to Brazil’s goalie, Antonio Ramallets. In addition to exclusive interviews and detailed documentation of the game, Padilla thoroughly encompasses this unexpected and historical event in Brasil 50.
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Brasil 50: Retratos del Mundial del Maracanazo
On July 16th, 1950, after 79 minutes of play in the final of the World Cup and in front of 200,000 passionate Brazilian fans, Alcides Edgardo Ghiggia scored a goal for Uruguay that defeated Brazil and left Maracana Stadium silent. It came to be the worst defeat in Brazil’s history and one of the most famous in the history of soccer. Journalist Toni Padilla reconstructs this epic portrait through 40 protagonists, from Ghiggia himself to Brazil’s goalie, Antonio Ramallets. In addition to exclusive interviews and detailed documentation of the game, Padilla thoroughly encompasses this unexpected and historical event in Brasil 50.
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Brasil 50: Retratos del Mundial del Maracanazo

Brasil 50: Retratos del Mundial del Maracanazo

by Toni Padilla
Brasil 50: Retratos del Mundial del Maracanazo

Brasil 50: Retratos del Mundial del Maracanazo

by Toni Padilla

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On July 16th, 1950, after 79 minutes of play in the final of the World Cup and in front of 200,000 passionate Brazilian fans, Alcides Edgardo Ghiggia scored a goal for Uruguay that defeated Brazil and left Maracana Stadium silent. It came to be the worst defeat in Brazil’s history and one of the most famous in the history of soccer. Journalist Toni Padilla reconstructs this epic portrait through 40 protagonists, from Ghiggia himself to Brazil’s goalie, Antonio Ramallets. In addition to exclusive interviews and detailed documentation of the game, Padilla thoroughly encompasses this unexpected and historical event in Brasil 50.

Product Details

ISBN-13: 9788494331930
Publisher: Contra
Publication date: 12/21/2014
Sold by: INDEPENDENT PUB GROUP - EPUB - EBKS
Format: eBook
Pages: 352
File size: 8 MB
Language: Spanish

About the Author

Toni Padilla is a journalism professor at Blanquerna-Universitat Ramón Llull and has covered three World Cups in his career. He is the codirector of the radio program Marcador Internacional and is a founder of the magazine Panenka.

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Brasil 50

Retrato Del Mundial Del Maracanazo


By Toni Padilla, Didac Aparicio, Eduard Sancho

Contra

Copyright © 2014 Toni Padilla
All rights reserved.
ISBN: 978-84-943319-3-0



CHAPTER 1

MENDES DE MORAIS


«Eu sou brasileiro / Tu és brasileiro / Muita gente boa brasileira é / Vamos torcer con fé em nosso coração / Vamos torcer para o Brasil ser campeão ... / Salve, salve o nosso Estádio Municipal, no campeonato Mundial / Salve a nossa bandeira, verde, ouro e anil / Brasil, Brasil, Brasil!»


LAMARTINE BABO


Como era costumbre en esa época, la multitud que abandonó el estadio de Maracaná quemó antes de salir parte de los periódicos que había traído consigo al campo. Las gradas se quedaron poco a poco vacías, con la hinchada dejando atrás pequeñas columnas de humo, como si fueran piras funerarias donde llorar el sueño roto de toda una nación. A su salida, algunos aficionados derribaron el busto del general Ângelo Mendes de Morais. El busto estaba situado delante de la entrada principal de Maracaná, dando la espalda al entonces mayor estadio del mundo. El general Mendes de Morais daba así la bienvenida a las autoridades que pasaban por esa puerta. Pero lo atacaron por la espalda. El busto fue derribado y acabó abandonado al aire libre en una alcantarilla cercana a una favela. Allí se quedó unos días.

Ângelo Mendes de Morais solía vestir de blanco; bien peinado, siempre con cuello alto, como si vistiendo de civil quisiera recordar al mundo su condición de militar. Mendes de Morais se consideraba una persona de orden. Hijo de una buena familia, se formó ya de adolescente en el mundo de las armas y obtuvo ascensos a base de reprimir revueltas de campesinos e indígenas en el Amazonas. Era un hombre severo, el típico brasileño orgulloso de sus raíces europeas, siempre más atento a lo que sucedía en Europa que a lo que se cocía en Lima o Quito. Mendes de Morais, elegido prefecto del Distrito General de Río de Janeiro en 1947, soñaba con la inmortalidad. Con las placas, con las calles. Puso su nombre a un instituto. Siempre se movió cerca del poder y ese cargo le dio la gran oportunidad de ser inmortal: pasaría a la historia como el impulsor del estadio de Maracaná, donde ese 16 de julio de 1950 Brasil tenía que ganar su primer Mundial.

Mendes de Morais no cejó en su empeño de construir el estadio más grande del mundo. Si en 1949 el mayor recinto era Hampden Park, en Glasgow, en 1950 un coloso se levantó en el norte de Río de Janeiro, bajo la atenta mirada de Mendes de Morais. Recién elegido en el cargo tras pasar unos frustrantes meses gobernando la idílica — pero remota — isla de Fernando de Noronha, Mendes de Morais volvió a su ciudad natal listo para ganarse el amor de sus conciudadanos gracias al Mundial. Como enclave del proyecto, eligió unos terrenos ocupados por un hipódromo llamado Derby Clube, pero rápidamente se encontró atrapado por la burocracia y el politiqueo. El periodista y diputado Carlos Lacerda se convirtió en su pesadilla, pues era partidario de que el estadio se construyera en la zona de Jacarepaguá, al oeste de la ciudad, desde donde podría dar viabilidad económica a diferentes favelas aisladas. Mendes de Morais, atacado en la Tribuna da imprensa, el periódico de Lacerda, encontró su mejor aliado en otro periodista, Mário Rodrigues Filho, hermano del famoso dramaturgo Nelson Rodrigues. Mário Filho, considerado una de las mejores plumas del periodismo deportivo de la época, convirtió el Jornal dos Sports en la tribuna desde donde se defendía la ubicación propuesta por el prefecto Mendes de Morais. La lucha fue feroz, pero el 2 de agosto de 1948 se iniciaron las obras en ese terreno conocido por la gente como Maracaná, una palabra de origen indígena que en lengua tupí hace referencia a las aves locales. El nombre «Maracaná» también se usaba para referirse a un río que descendía a su paso por el barrio de Tijuca hasta el canal de Mangue, así que la gente empezó a llamar al estadio que se construía a toda prisa con este nombre: Maracaná.

Más de diez mil obreros trabajaron en unas obras donde algunos perdieron la vida. Al final, se precisó la ayuda del ejército para terminarlas. Incluso así, durante la Copa del Mundo aún fueron ultimándose algunos detalles, como instalar las sillas que faltaban, pintar los túneles interiores o poner luz en todas las esquinas. Pese a estos problemas, Maracaná estuvo listo ese verano de 1950. Mário Filho afirmó en las páginas de su periódico que el estadio era la nueva alma de Río de Janeiro y de todo Brasil. Se compusieron poemas y canciones dedicadas al nuevo estadio, incluso antes de su inauguración. Algunas de las carrozas del Carnaval de Río de ese año mostraban reproducciones en cartón piedra del estadio del que todo el mundo hablaba.

Cuando Mendes de Morais supervisaba las obras del «Estádio Municipal Mendes de Morais», al que había bautizado con su nombre, paseaba, sin saberlo, muy cerca de los canales, cloacas y riachuelos donde acabaría tirado su busto.

Elegantemente ataviado para las fotos, el prefecto organizó un concurso público para elegir a los autores del nuevo coloso. El Distrito Federal se decantó por un proyecto firmado por siete arquitectos: Miguel Feldman, Waldir Ramos, Raphael Galvão, Oscar Valdetaro, Orlando Azevedo, Pedro Paulo Bernardes Bastos y Antônio Dias Carneiro. Su propuesta consistía en construir un estadio totalmente redondo, y no ovalado. La idea gustó, y un joven arquitecto considerado ya entonces como un genio se marchó del concurso derrotado. Se llamaba Oscar Niemeyer.

Mendes de Morais sabía que disponía de menos de dos años, así que no escatimó en esfuerzos, gastó muchos millones y reclutó a soldados para ayudar en las obras. El 16 de junio de 1950, un mes antes del inicio del Mundial, el prefecto inauguró el estadio con un amistoso entre jugadores de Río de Janeiro y São Paulo. El presidente de la República, Eurico Gaspar Dutra, llegó acompañado de Mendes de Morais y del arzobispo Jaime de Barros Camara. Gaspar Dutra cortó la cinta en la puerta principal y Mendes de Morais sacó pecho con un discurso. El primer partido lo ganaron los paulistas por 1-3. Un mes después, Brasil goleaba a los mexicanos en el partido inaugural. Todo iba según lo previsto.

Mendes de Morais sabía del poder del deporte. Antes de la Segunda Guerra Mundial había sido delegado militar en la Italia fascista y la Alemania de Hitler. Admirador de la firmeza bélica alemana y de su cultura deportiva, había visitado el estadio olímpico de Berlín y el del Partido Nacional Fascista de Roma. Pueblo con pocas guerras con las que celebrar un glorioso pasado bélico, Brasil vivía en un clima de reivindicación patriótica en el que el fútbol iba a ser utilizado para enardecer pasiones. El prefecto quería salir en todas las fotos para promocionar su carrera política. Todos los políticos soñaban con salir en esa foto.

Los días anteriores al partido final contra Uruguay, Brasil se preparó para uno de los momentos más importantes de su historia. En medio de la efervescencia popular, el seleccionador Flávio Costa sacó a su equipo de las instalaciones de Barra da Tijuca, donde se habían concentrado con cierta calma, para instalarse en São Januário, en las instalaciones del Vasco de Gama. «Aquello fue un infierno. Perdimos la final en dos ocasiones. En el estadio y en esa concentración», recordó Zizinho. El equipo brasileño pasó tres días allí antes del duelo final contra los uruguayos. Tres días llenos de visitas, actos publicitarios, entrevistas ... Les regalaron relojes, camisas y un pase de por vida para ir a los cines Trianon por ser «campeones del mundo». Los jugadores estaban irritados y nerviosos, así que el seleccionador, después de un almuerzo con sus esposas, permitió a algunos que salieran la noche anterior a la final para desconectar. Juvenal, que tenía una amante, volvió de un garito de la Avenida Rio Branco totalmente borracho. Se inició una discusión. Los nervios estaban a flor de piel.

El 16 de julio, el día de la final, los jugadores se despertaron de mal humor. Llevaban tres días firmando autógrafos; tres días en que Mendes de Morais siempre aparecía acompañado de una cohorte de políticos. El gran día empezó con una misa. Luego aparecieron por allí Cristiano Machado y Ademar de Barros, aspirantes a la presidencia de la República, soltando discursos y buscando sacarse una foto con el seleccionador Flávio Costa y el goleador Ademir. Durante uno de los discursos, Zizinho no pudo más y soltó en voz alta: «Parece que ya hemos ganado ... ». Flávio Costa, aún enfadado por la borrachera de Juvenal, lo reprimió con la mirada. Costa se pasó las horas que siguieron expulsando cazadores de autógrafos que querían conseguir alguna primicia con la que sacarse un sobresueldo. También aparecieron por allí el periodista Mário Filho, dirigentes de la Federación y hasta un ministro.

Tres horas antes de la final, el autobús con los jugadores partió hacía Maracaná. Millares de personas los esperaban en cada esquina. Los jugadores parecían serios. De repente, una motocicleta cruzó por delante del autobús, que no pudo evitar la colisión, y fue derribada. El conductor frenó bruscamente y el capitán Augusto se golpeó la cabeza contra un cristal. Durante cinco eternos minutos, el autobús se quedó atrapado, rodeado de una turba de curiosos. Los futbolistas querían llegar al estadio como fuera.

Mendes de Morais llegó antes que los jugadores. Lo tenía todo organizado. Cuando faltaban treinta minutos para el inicio del partido, mandó a un emisario al vestuario para recordar a los jugadores que después del encuentro liderarían una caravana de coches hasta el centro de la ciudad. El emisario interrumpió la charla técnica del seleccionador. Cuando finalmente los jugadores saltaron al césped, en el palco Mendes de Morais se levantó y asintió con un leve movimiento de cabeza. Le acercaron un micrófono, esperó a que se calmara un poco el ambiente y, con los jugadores brasileños caminando por el césped, sorprendió a todo el mundo con un discurso que atronó por megafonía. «Vosotros, jugadores que en pocas horas seréis aclamados como campeones del mundo por millones de compatriotas ... Vosotros, que no tenéis rival en todo el hemisferio ... Vosotros, que superáis a todos los competidores ... Vosotros, a los que yo ya saludo como campeones ... Cumplí mi promesa construyendo este estadio. ¡Cumplid ahora con la vuestra y ganad la Copa del Mundo! » La multitud gritó eufórica. Los rostros de los jugadores seguían serios. En la tribuna de prensa, el hombre que había ganado los Mundiales de 1934 y 1938 con Italia, Vittorio Pozzo, miró escandalizado a los periodistas italianos que cubrían el acontecimiento. Mendes de Morais tomó asiento satisfecho. Sonaron los himnos, y Barbosa, el portero local, vio cómo izaban la bandera brasileña invertida. Luego sonó el himno uruguayo y un jugador de la Celeste, Julio Pérez, no aguantó la presión: pierna abajo, se meó encima. El capitán uruguayo, Obdulio Varela, profirió un insulto dirigido a la banda de fusileros navales que acababa de interpretar su himno. «¡Aprendan a tocar, cabrones! », exclamó.

Y la final empezó. Por primera vez en el torneo, Brasil perdió el sorteo para elegir campo. Por primera vez en el torneo, Brasil perdió y el busto de Mendes de Morais acabó en una alcantarilla, entre excrementos.

Mendes de Morais acabó su carrera política en Brasilia, la nueva capital diseñada por el arquitecto que no pudo construir Maracaná, Oscar Niemeyer. Si Mendes de Morais tardó dos años en levantar un estadio, Niemeyer tardó cuatro para construir una capital. Allí, en Brasilia, Mendes de Morais apoyó dos golpes de Estado. Fue un hombre de orden hasta el final.

Maracaná, su obra más inmortal, su hijo pródigo, sería rebautizado: tras la temprana muerte en 1966 del periodista que defendió con pasión este colosal proyecto, se llama «Estádio Jornalista Mário Filho». La esposa de este, Celia, con la que el periodista se casó a los dieciocho años en la playa de Copacabana, se suicidó poco después al no ser capaz de superar el dolor por la pérdida del hombre que, solo después de muerto, dio su nombre a Maracaná.

Maracaná siempre quedará ligado a otra palabra: «Maracanazo». Doscientos sesenta hinchas uruguayos lo vieron en directo ese día. Aún hoy, el uno por ciento de la población uruguaya piensa que es el momento más importante de la Historia, por delante de la llegada a la Luna o la invención de la electricidad. El Maracanazo no entraba en los planes de Mendes de Morais. Ni en los de todo un país: Brasil.

CHAPTER 2

OBDULIO


«Vamo' Vamo', arriba la Celeste / Vamo', desde el Cerro a Bella Unión / Vamo', como dice el Negro Jefe / Los de afuera son de palo, que comience la función. »


JAIME ROOS


El «Negro Jefe» tenía pinta de boxeador de los años 20, con el ceño fruncido, los ojos pequeños y la mandíbula cuadrada. Era feo, casi monstruoso, aunque tenía una sonrisa que mostraba unos dientes mal puestos y que conferían cierto aire de bondad al rostro de la fiera.

El Negro Jefe fue un héroe, una leyenda, un mito. Uruguay creó su relato de la nada y otorgó a sus futbolistas la condición de héroes. Si los griegos tenían un héroe trágico en el troyano Héctor, los uruguayos lloraron la muerte de Abdón Porte. Si los griegos aún narran las gestas de Ulises, los uruguayos elevan al cielo los recuerdos del Negro Jefe.

Obdulio Jacinto Muiños Varela se crió en la calle. Hijo de un gallego y una negra que acabaron separándose, el Negro Jefe ni siquiera era negro. Era mulato. Fue limpiabotas, repartidor de periódicos y vendedor a domicilio en la zona de Curva de Industrias, en Montevideo, donde empezó a patear el balón. Eran doce hermanos. Jugaban en las calles, y un día, casi por casualidad, lo invitaron a jugar en un equipo. Así llegó al Deportivo Juventud, donde los compañeros le encontraron un trabajo de albañil. «Un día me dijeron que me habían vendido al Wanderers por doscientos pesos. Sin preguntarme nada, me vendieron como una bolsa de papas. Cuando me enteré, fui a ver a los dirigentes del Wanderers y les pregunté: "¿Quién va a defender a partir de ahora al club, el Deportivo Juventud o yo?". Conseguí que me dieran los doscientos pesos a mí. Ese día me compré de todo. Cuando aparecí en casa, mi madre no pudo creer que me hubieran dado toda esa plata ... ella creyó que yo andaba por el mal camino», recordó en una entrevista.

Asmático y sin un buen toque de balón, Varela nunca destacó en nada en particular, pero cuando había que competir, era el mejor. Era un chico de la calle, duro y resistente. Nadie lo superaba en el campo. Nadie lo pegaba. El Negro nació pobre, pero nació jefe. Sus primeros pasos como futbolista, en el Deportivo Juventud y el Montevideo Wanderers, formaron a un jugador implacable, duro, que jugaba en el centro del campo en la posición que los uruguayos llamaban «centrojás», resultado de la deformación del anglicismo «center half». Luego el Peñarol lo fichó por una cifra récord de dieciséis mil pesos. Entonces empezó la leyenda.

Varela pegaba, gritaba y protestaba. Usaba el apellido materno para no ocultar su condición de negro y de tipo humilde y luchador. «El juego bonito no gana el partido. Para ganar es preciso lucha, garra. Es preciso jugar para ganar y querer ganar. » Varela quería ganar. Con su cuerpo imponente de luchador de lucha libre, lideró a su equipo en Maracaná el día que se coronó campeón. Cuentan que el griterío de las doscientas mil almas brasileñas que poblaban las gradas dejaron impresionado a más de un uruguayo. Que alguno incluso se meó encima. Antes de salir al campo, el Negro Jefe miró a los suyos y les gritó: «No piensen en toda esa gente, no miren para arriba, el partido se juega abajo y, si ganamos, no va a pasar nada, nunca pasó nada. Los de afuera son de palo y en el campo seremos once para once. El partido se gana con los huevos en la punta de los botines«. Según algunos, la frase «los de afuera son de palo» la soltó Schubert Gambetta. Para otros, fue el Negro. Sea como fuere, la frase forma parte de la historia del fútbol uruguayo. Unas dos horas después de ser pronunciada, los de fuera ya no eran de palo, sino de piedra; petrificados al sufrir en sus carnes la mayor tragedia del fútbol brasileño. El Negro Jefe recibió la copa de manos de Jules Rimet. En los bares uruguayos se cuenta que le dijo al francés: «Dame la copa y andá a cagar». Rimet lo recordó de otra forma: «Todo estaba previsto, excepto el triunfo de Uruguay. Al término del partido, yo debía entregar la copa al capitán del equipo campeón. Una vistosa guardia de honor se formaría desde el túnel hasta el centro del campo de juego, donde estaría esperándome el capitán del equipo vencedor. Preparé mi discurso y me fui a los vestuarios pocos minutos antes de finalizar el partido, que iba 1-1. Pero, cuando caminaba por los pasillos, de pronto se interrumpió el griterío infernal. A la salida del túnel, un silencio desolador dominaba el estadio. Ni guardia de honor ni himno nacional ni discurso ni entrega solemne. Me encontré solo, con la copa en mis manos y sin saber qué hacer. En el tumulto terminé por descubrir al capitán uruguayo, Obdulio Varela, y casi a escondidas le entregué la estatuilla de oro, le estreché la mano y me retiré sin poder decirle una sola palabra de felicitación para su equipo». Varela le arrancó la copa al desconcertado anciano y se la llevó para Uruguay.


(Continues...)

Excerpted from Brasil 50 by Toni Padilla, Didac Aparicio, Eduard Sancho. Copyright © 2014 Toni Padilla. Excerpted by permission of Contra.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Contents

Introducción,
1 Mendes de Morais,
2 Obdulio (Obdulio Jacinto Muiños Varela),
3 Sailen Manná,
4 L'Antoniu (Antonio Ramallets),
5 "Saint Jacky" (Jacques Fatton),
6 Mr. Raynor (George Raynor),
7 Casarín (Horacio Casarín),
8 MITIC (RAJKO MITIC),
9 Amedeo (Amedeo Amadei),
10 "Queixada" (Ademir Marques de Menezes),
11 George Robledo,
12 Puchades (Antonio Puchades),
13 Juan López,
14 Charlie Colombo,
15 Ottorino Barassi,
16 Eizaguirre y "Tío Benito" (Guillermo Eizaguirre y Benito Díaz),
17 Luiz Mendes,
18 Sir Stanley (Stanley Matthews),
19 "El Maestro" Ugarte (Víctor Agustín Ugarte),
20 "Zizinho" (Tomás Soares da Silva),
21 "La Tota" (Antonio Carbajal),
22 Arthur Drewry,
23 Gambetta (Schubert Gambetta),
24 "Nacka" Skoglund (Karl Lennart Skoglund),
25 Manuel Fleitas Solich,
26 Flávio Costa,
27 Frank Borghi,
28 "El Sapito" (Sergio Livingstone),
29 Matías Prats,
30 "Marisa" (Giampiero Boniperti),
31 "El Tiza" (Rubén Morán),
32 Moacir (Moacir Barbosa Nascimento),
33 Stjepan Bobek,
34 Stan Mortensen,
35 George Reader,
36 Ghiggia (Alcides Edgardo Ghiggia),
37 Zarra (Telmo Zarraonandia Montoya),
38 "Ti Joe" (Joseph Nicolas Gaetjens),
39 Julio Pérez,
40 Aldyr García Sc,

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