La fuerza de la compasión: La enseñanza del Dalai Lama para nuestro mundo

La fuerza de la compasión: La enseñanza del Dalai Lama para nuestro mundo

by Daniel Goleman

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Overview

Durante décadas, el Dalai Lama nos ha guiado por el camino de la compasión y nos ha enseñado a cultivar nuestra vida interior. Con la ayuda de su amigo el periodista y psicólogo Daniel Goleman, en este ameno libro Su Santidad nos explica cómo dirigir nuestra energía compasiva hacia el exterior. Y es que la ciencia de la compasión tiene el poder de:

• acabar con fuerzas sociales destructivas como la corrupción y los prejuicios;

• invertir la tendencia hacia la desigualdad mediante la transparencia;

• sustituir la violencia por el diálogo;

• contrarrestar el binarismo "nosotros/ellos" reconociendo la unicidad humana;

• crear nuevos sistemas económicos que funcionen para todos;

• diseñar una educación que enseñe empatía, dominio de uno mismo y ética.

El mundo necesita con urgencia la nueva lucidez que Daniel Goleman ha sabido destilar del extraordinario mensaje espiritual, social y político del Dalai Lama.

Product Details

ISBN-13: 9788499884752
Publisher: Editorial Kairos
Publication date: 10/01/2017
Sold by: Barnes & Noble
Format: NOOK Book
Pages: 288
File size: 393 KB

About the Author

Daniel Goleman es periodista del New York Times, autor de los éxitos de ventas Inteligencia emocional, Focus o Inteligencia social. Ha sido amigo y colaborador del Dalai Lama durante años. Fruto de su sintonía son obras como Emociones destructivas o La salud emocional.

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CHAPTER 1

Reinventar el futuro

La British Broadcasting Corporation (BBC) transmite su boletín informativo mundial de manera global, y sus señales de onda corta alcanzan incluso el remoto distrito himalayo de Dharamsala y la población cercana de McLeod Ganj, abrazada a un risco, donde vive Tenzin Gyatso, el XIV Dalai Lama.

Es uno de los más fervientes oyentes de la BBC, una actividad que inició en su juventud, en el Tíbet. Da mucha importancia a su fiabilidad como fuente de información, y la sintoniza siempre que está en casa, a las cinco y media de la mañana, más o menos la hora a la que desayuna.

«Escucho la BBC cada día –me contó el Dalai Lama–, y sus noticias sobre asesinatos, corrupción, abusos y gentes desquiciadas».

La letanía diaria de la BBC acerca de las injusticias y los sufrimientos humanos le ha proporcionado la comprensión de que la mayoría de las tragedias son resultado de una única deficiencia: una falta de responsabilidad moral compasiva. Nuestra moral debería hablarnos de nuestras obligaciones para con los demás, dice, en lugar de lo que queremos para nosotros.

Reflexionemos por un momento sobre cualquier boletín de noticias matinal y tomémoslo como un barómetro de la carencia que tiene la humanidad de ese timón moral. Las informaciones fluyen como un mar de negatividad que nos inunda: niños bombardeados en sus hogares; gobiernos que reprimen brutalmente cualquier disidencia; la devastación de otro rincón más de naturaleza. Hay ejecuciones sangrientas, invasiones, infiernos en la tierra, trabajo esclavo, los innumerables refugiados, incluso trabajadores pobres incapaces de alimentarse y contar con un techo. La letanía de fracasos humanos parece interminable.

Hay una curiosa sensación de déjà vu en todo esto. Las noticias de la actualidad son un eco de las del año pasado, de la última década, del último siglo. Esas historias de aflicción y tragedia no son más que versiones actuales de relatos muy viejos, los últimos tropezones en la marcha de la historia.

Aunque también podemos enorgullecernos de los progresos alcanzados a lo largo de esa larga marcha, nos perturba la persistencia de la destrucción y la injusticia, la corrupción y la machacadora desigualdad.

¿Dónde están las fuerzas opuestas que pueden construir el mundo que deseamos?

Eso es lo que el Dalai Lama nos invita a crear. Su perspectiva única le proporciona un sentido diáfano acerca de dónde se equivoca la familia humana, y sobre lo que podemos hacer para encarrilar una historia mejor, una historia que deje de repetir incesantemente las tragedias del pasado, y que haga frente a los desafíos de nuestro tiempo con los recursos interiores necesarios para alterar la narrativa.

Vislumbra un muy necesario antídoto: la fuerza de la compasión.

El Dalai Lama, más que ninguna otra persona que haya conocido, encarna y habla DE esa fuerza. Nos conocimos en los años 1980, y a lo largo de las décadas le he visto en acción en decenas de ocasiones, siempre expresando algún aspecto de este mensaje. Y para este libro ha pasado horas detallando la fuerza de la compasión que contempla.

Esa fuerza empieza oponiéndose a las energías en la mente humana que impulsan nuestra negatividad. Para cambiar el futuro, para que no sea un pasado recauchutado, el Dalai Lama nos dice que necesitamos transformar nuestras propias mentes, debilitar el tirón de nuestras emociones destructivas y reforzar lo mejor de nuestra naturaleza.

Sin ese cambio interno seguimos siendo vulnerables a las reacciones automáticas, como la rabia, frustración y desesperación, que solo nos llevan a los mismos senderos desolados de siempre.

Pero con este positivo cambio interior podemos encarnar de manera más natural una preocupación o interés por los demás, y a partir de ahí actuar con compasión, el núcleo de la responsabilidad moral. Eso, dice el Dalai Lama, nos prepara para implementar una misión más amplia con una nueva claridad, calma e interés. Podemos abordar problemas intratables, como dirigentes corruptos y élites desconectadas, codicia y egoísmo como motivos impulsores, así como la indiferencia de los poderosos por los impotentes.

Al iniciar esta revolución social en nuestras propias mentes, la visión del Dalai Lama apunta a evitar los callejones sin salida de movimientos del pasado. Pensemos, por ejemplo, en el mensaje de la aleccionadora parábola de George Orwell, Rebelión en la granja: cómo la codicia y el ansia de poder corrompen las «utopías» que se suponía debían derrocar a déspotas y ayudar por igual a todo el mundo, pero que al final recrean los desequilibrios de poder y las injusticias del pasado que se suponía que iban a erradicar.

El Dalai Lama observa nuestros dilemas a través de las lentes de la interdependencia. Tal y como dijo Martin Luther King: «Estamos atrapados en una ineludible red de mutualidad, atados a una única prenda de destino. Lo que afecta a uno directamente, afecta a todos indirectamente».

Como todos estamos enredados en los problemas, algunas de las soluciones necesarias están a nuestro alcance, y por ello esta fuerza de la compasión figura en potencia en cada uno de nosotros. Podemos empezar ahora, nos dice, a dirigirnos en la dirección adecuada, al nivel que podamos hacerlo y en el modo que esté a nuestro alcance. Todos juntos podemos crear un movimiento, una fuerza más visible en la historia que dé forma al futuro para liberarnos de las cadenas del pasado.

Las semillas que plantemos hoy, considera, pueden cambiar el curso de nuestro mañana compartido. Algunas pueden dar frutos de inmediato; otras solo podrán ser recogidas por generaciones futuras. Pero nuestros esfuerzos unidos, si se basan en ese cambio interno, pueden provocar un enorme impacto.

El camino de la vida que ha conducido al Dalai Lama a esta visión ha seguido un rumbo complejo. Pero podemos repasar la trayectoria final hasta este libro desde el momento en que empezó a ser objeto de un interés global continuado.

Un premio de la Paz

El lugar es Newport Beach, California; la fecha, el 5 de octubre de 1989.

El Dalai Lama entra en la habitación, recibido por un coro de disparos de cámaras fotográficas y una especie de efecto estroboscópico de flashes, para dar una conferencia de prensa con motivo de su recién anunciado premio Nobel de la Paz.

El Dalai Lama se ha enterado de que ha ganado el premio hace unas pocas horas y todavía está tratando de comprenderlo. Un periodista le pregunta qué hará con el dinero del premio, por entonces un cuarto de millón de dólares.

Sorprendido al enterarse de que al premio lo acompaña una cantidad de dinero, responde: «Estupendo. Hay una colonia de leprosos en la India a la que siempre he querido donar algo de dinero». Su primer pensamiento, me contaría al día siguiente, fue el de cómo desprenderse del dinero; tal vez también a los hambrientos.

Como suele recordarle a la gente, no piensa en sí mismo como el sublime «Dalai Lama», sino más bien como un simple monje. Como tal, no necesitaba personalmente el dinero que acompañaba al Nobel. Siempre que el Dalai Lama recibe una cantidad de dinero, lo dona.

Recuerdo, por ejemplo, una conferencia con activistas sociales en San Francisco. Al final del evento se anunciaron las cuentas de este mismo (un gesto inesperado en acontecimientos de este tipo). Tras pagar los gastos, sobraron 15 000 dólares procedentes de la venta de entradas, e inmediatamente el Dalai Lama anunció –para la agradable sorpresa de los presentes– que lo donaba a un grupo participante dedicado a los jóvenes desfavorecidos de Oakland al que el evento había inspirado para celebrar otros parecidos. Eso fue hace años, pero le he visto repetir ese generoso gesto de donación instantánea en muchas ocasiones (como ha hecho con su parte de las ganancias de este libro).

La llamada desde Noruega anunciando que su embajador estaba de camino para entregar en persona la declaración del premio Nobel de la Paz llegó antes de las 10 de la noche, bastante después de la hora en que el Dalai Lama se acuesta: las 19:00.

A la mañana siguiente, el Dalai Lama se hallaba realizando sus prácticas espirituales, que comienzan hacia las tres de la madrugada, hasta las siete o así (con un descanso para desayunar y escuchar la BBC). Nadie se atrevió a interrumpirle para informarle sobre el premio, así que el anuncio se hizo público antes de que nadie pudiera informarle.

Entretanto, su secretario particular rechazaba un tsunami de peticiones de entrevistas procedentes de los principales medios de todo el mundo, todo un contraste con respecto a años anteriores, cuando los periodistas sentían ciertas reticencias a entrevistarlo. Ahora, de repente, la prensa global reclamaba su presencia. Parecía que todas las cadenas de televisión y los periódicos más importantes del mundo querían una entrevista.

Aunque los teléfonos no dejaban de sonar, esa mañana el Dalai Lama instruyó tranquilamente a su secretario para que mantuviese en pie la actividad programada para ese día, una reunión con neurocientíficos. Como no quería cancelar esa reunión con los neurocientíficos, las peticiones de la prensa se rechazaron o pospusieron. Podía añadirse una conferencia de prensa a su programa a última hora de la tarde.

A esa hora, casi 100 reporteros y fotógrafos se concentraban en la sala de baile de un hotel local, para asistir a una improvisada conferencia de prensa. Al entrar, los fotógrafos se enzarzaron en una especie de melé a fin de obtener los mejores ángulos en la parte delantera de la sala para disparar sus cámaras.

Muchos de los periodistas presentes fueron contratados precipitadamente en la cercana reserva de Hollywood que cubría los sucesos de la industria cinematográfica, y estaban acostumbrados a un tipo de celebridades totalmente distinto. Aquí se hallaron frente a alguien a quien no estremecía la fama ni el dinero, y que no se moría por despertar interés en el mundo de la prensa.

En la era del selfie, cuando tantos de nosotros nos sentimos obligados a colgar y difundir todos nuestros movimientos y comidas, eso son posturas radicales. Todo su ser parece decirnos que no somos el centro del universo, que relajemos nuestras ansiedades, dejemos de lado nuestra obsesión egocéntrica, que disminuyamos esas ambiciones de yo primero, de manera que también podamos pensar en los demás.

Consideremos su reacción al ganar el Nobel. Resulta que yo estuve presente en su conferencia de prensa porque acababa de moderar un diálogo de tres días entre el Dalai Lama y un grupo de psicoterapeutas y activistas sociales sobre acción compasiva.

Al entrevistarle para el New York Times el día después de que se enterase del premio, le pregunté una vez más sobre cómo se sentía al respecto. En lo que él denomina su inglés «chapurreado», me dijo: «Yo, yo mismo ... no siento mucho». Por el contrario, estuvo encantado por la felicidad de quienes se habían esforzado trabajando para conseguirle el premio, una reacción significativa que su tradición denominaría mudita, alegrarse de la dicha de otros.

Luego está su vena juguetona. Su querido amigo, el obispo Desmond Tutu, parece tener el don de desencadenar esa cara divertida y traviesa del Dalai Lama. Cuando están juntos bromean y se guasean como si fuesen unos críos.

Pero por mucho decoro que exija un evento, el Dalai Lama siempre parece dispuesto a reír. Recuerdo un momento, durante una reunión con científicos, cuando contó un chiste a costa suya (como a menudo suele ser el caso). Ya había asistido antes a muchas reuniones con científicos y, me contó, le recordó una vieja historia tibetana sobre un yeti que quería atrapar marmotas.

El yeti en cuestión se había apostado en el agujero de entrada de un nido de marmotas, y cuando apareció una, el yeti se abalanzó para atraparla, capturándola y poniéndola debajo de él, sentándose encima. Pero cada vez que el yeti iba a atrapar otra, se levantaba, y la marmota capturada antes se escapaba.

Eso, dijo con una carcajada, ¡era como su recuerdo de todas las lecciones científicas que había aprendido!

Luego hubo una vez en que esperaba para entrar en escena en una universidad, en la que él y un grupo de científicos estaban a punto de iniciar un grupo de debate. El preludio de ese encuentro fue un coro a capella de los estudiantes de un instituto, que entretenían a la audiencia. Pero en cuanto empezaron a cantar, el Dalai Lama, intrigado, salió solo al escenario vacío, rondando al coro mientras este cantaba, extasiado.

Fue un momento fuera del guión, con el resto del grupo y directivos de la universidad preparados para recibirle formalmente, perplejos, entre bastidores. El Dalai Lama, dueño de sí mismo, siguió allí sonriendo al coro, ajeno a la audiencia, que le sonreía a él.

En una reunión privada había dos docenas de directores generales de empresas sentados a una larga mesa de conferencias con él en la presidencia. Mientras conversaban, un fotógrafo contratado para documentar el encuentro acabó sentado en el suelo cerca de la silla del Dalai Lama, tomando instantáneas con un teleobjetivo enorme.

El Dalai Lama se detuvo a media frase, miró con desconcierto al fotógrafo que estaba en el suelo y le sugirió que se tumbase del todo para dar una cabezada. Al final de la sesión, el mismo fotógrafo tomó una foto formal del Dalai Lama con los dirigentes empresariales.

Una vez acabada la sesión, cuando el grupo se deshacía, el Dalai Lama se acercó al fotógrafo y, abrazándole, posó para una foto con ese fotógrafo.

Esos pequeños momentos no parecen nada del otro jueves tomados por separado, pero forman parte de una miríada de situaciones que me hablan de que el Dalai Lama vive a través de unos ajustes emocionales y algoritmos sociales únicos: una sintonía empática con quienes le rodean, humor y espontaneidad y un elevado sentido de la unidad de la familia humana, así como una notable generosidad, por nombrar algunos.

Su rechazo a parecer un santurrón –y disposición a reírse de sus debilidades– me da la impresión de ser una de sus cualidades más atractivas. Adereza la compasión con alegría, no con severidad ni banalidades.

Esos rasgos están sin duda enraizados en el estudio y prácticas en las que el Dalai Lama se ha sumergido desde la infancia, y a las que hasta el día de hoy dedica cinco horas diarias (las cuatro de por la mañana y otra por la noche). El resultado de esas prácticas diarias seguramente moldea su sentido moral y su personalidad pública.

Su autodisciplina, al cultivar cualidades como una curiosidad inquisitiva, ecuanimidad y compasión, refuerza una jerarquía de valores única que proporciona al Dalai Lama la perspectiva radicalmente distinta del mundo de la que fluye su visión.

Nos conocimos a principios de los años 1980, cuando visitó el Amherst College; su viejo amigo Robert Thurman, entonces profesor allí, nos presentó. Recuerdo que en ese encuentro el Dalai Lama nos hizo saber que deseaba entablar serias conversaciones con científicos. Eso resonó tanto con mis propios antecedentes como psicólogo y mi ocupación como con mi trabajo de periodista científico en el New York Times.

En los años posteriores organicé o tomé parte en un puñado de reuniones entre él y científicos de mi propio campo, y durante varios años le envié artículos sobre descubrimientos científicos aparecidos en el Times. Mi esposa y yo convertimos en una especie de costumbre el asistir a sus charlas y enseñanzas siempre que podíamos. Así que cuando me pidieron que escribiese este libro no dejé escapar la oportunidad.

Aunque la mayoría de mis libros exploran nuevas tendencias científicas y entran en detalles, y aunque el Dalai Lama basa su visión en la ciencia más que en la religión, este no es un libro científico. Aporto pruebas científicas que apoyan la visión, o para ilustrar una cuestión, pero no como texto de base. Aquellos lectores que quieran saber más al respecto pueden remitirse a las fuentes que aparecen en las notas al final (y una advertencia para el lector: las negritas que aparecen en el libro son notas «ciegas», sin numeración en el texto, pero no obstante aparecen al final).

La visión que ha emergido a partir de mis entrevistas con el Dalai Lama está, y de eso estoy seguro, condimentada por mis propios intereses y pasiones, igual que el relato. A pesar de ello, me esfuerzo por ser fiel a sus intuiciones básicas y a la esencia de la invitación que nos hace a cada uno de nosotros.

El hombre

Tenzin Gyatso llegó a ese personaje mundial a través de accidentes de la historia. Durante más de cuatro siglos, desde los inicios de la institución, ningún Dalai Lama –el líder religioso y espiritual del Tíbet– ha residido fuera de los territorios del budismo tibetano. De niño, este XIV Dalai Lama deambuló por el enorme palacio del Potala, en Lhasa, donde se le preparó, como a otros antes que él, en materias como filosofía, debate y epistemología, y en cómo cumplir con su papel ritual.

Pero con la invasión del Tíbet por parte de la China comunista en los años 1950, fue empujado hacia un mundo más grande, escapando finalmente a la India en 1959, donde ha residido desde entonces, sin poder regresar nunca más a su tierra natal.

(Continues…)


Excerpted from "La Fuerza de la Compasión"
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Copyright © 2015 Daniel Goleman.
Excerpted by permission of Editorial Kairós.
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Table of Contents

Introducción del Dalai Lama,
Parte I: Ciudadano del mundo,
1. Reinventar el futuro,
Parte II: Mirar hacia el interior,
2. Higiene emocional,
3. La revolución amable,
4. Colaboración con la ciencia,
Parte III: Mirar hacia el exterior,
5. Una compasión fornida,
6. Una economía como si la gente importase,
7. Atender a los necesitados,
8. Sanar la Tierra,
9. Un siglo de diálogo,
10. Educar el corazón,
Parte IV: Mirar hacia atrás, mirar hacia delante,
11. La perspectiva amplia,
12. Actuar ahora,
Agradecimientos,
Notas,

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