Promesas guardadas

Promesas guardadas

by Erin Healy

Paperback(Spanish-language Edition)

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Product Details

ISBN-13: 9781602555822
Publisher: Grupo Nelson
Publication date: 02/28/2012
Edition description: Spanish-language Edition
Pages: 352
Product dimensions: 5.50(w) x 8.30(h) x 1.20(d)

About the Author

Erin Healy es una galardonada editora que trabajó con Ted Dekker en más de una docena de sus historias antes de sus colaboraciones en Beso y Llamas. Es dueña de
WordWright Editorial Services, una compañía consultora de ficción. Ella y su esposo tienen dos hijos.

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PROMESAS GUARDADAS


By ERIN HEALY

Thomas Nelson

Copyright © 2012 Grupo Nelson
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-582-2


Chapter One

En el silencio de la noche, los sonidos de la vida tienen muchas más oportunidades de ser escuchados.

Uno de aquellos sonidos despertó a Chase Ellis de un profundo sueño mucho antes del amanecer. Su despertar fue inmediato y completo, y sin ninguna transición difusa se encontró consciente de sus propios pensamientos. Se encontraba echado bocarriba bajo un rítmico ventilador de techo. Las palas daban vueltas y provocaban que la cadena de la luz del ventilador tintinease contra la pantalla de cristal. Aquel sonido familiar normalmente le acunaba hasta que se dormía. Había sido otra cosa la que le había interrumpido.

Las sombras de la habitación de su padre poseían sus formas habituales, aunque Chase las estimó un poco más oscuras de lo normal en un doce o un quince por ciento. Aquella oscuridad saturada era debida a la hora, intuyendo que aún faltaban casi tres horas antes de que el sol se alzase. No necesitaba reloj para saber eso.

Una vívida escena se desplegó en la mente de Chase: en el otro lado del mundo, donde su padre había dormido y despertado durante los últimos diez años, el sol resplandecía sobre una tarde desierta. No había árboles en esta tierra seca, solamente gente, que se movía tan lentamente como los Ents de Tolkien. La cálida luz brillaba sobre su padre, a quien Chase se imaginó como uno de los árboles más longevos del mundo. El Pinus longaeva había sido datado en miles de años, y en ocasiones uno de aquellos árboles permanecía en pie y erguido mucho después de su muerte.

Chelsea había dicho que seguramente su padre estaría muerto a estas alturas, pero en los pensamientos de Chase el hombre seguía siendo verde y exuberante, con piñas llenas de semillas, y Chase no podía estar de acuerdo con ella.

Escuchó de nuevo el ruido. Levantó la esquina de la manta y la apartó de su cuerpo, e hizo lo mismo con la sábana. Se incorporó, se giró y sus pies se balancearon juntos sobre el borde de la cama. Las rígidas fibras de la moqueta le acariciaron los pulgares.

Al ritmo de la cadena del techo, que golpeaba la pantalla exactamente cada segundo, Chase contó un minuto y siete segundos de espera antes de que el sonido le llegase una tercera vez: el traqueteo de unos palos dentro una lata. Venía de la habitación al otro lado de la entrada, la que había sido de Chase cuando era un niño, antes de que su padre fuera llamado a filas, antes de que los dibujos de Chase se hicieran con aquel espacio y Chase se hiciera con la habitación de su padre.

Chase caminó por las sombras sin encender la luz, porque no lo necesitaba y no tenía miedo. Conocía la anchura de cada pasillo y las protuberancias de cada esquina afilada, la localización de cada zapato y cada libro en el suelo. Salió de la habitación hacia la entrada, pasando de largo la puerta cerrada del baño. El traqueteo cesó.

Su entrada en su vieja habitación desplazó la cantidad suficiente de aire para levantar el borde de un dibujo clavado en la pared. El movimiento creó un suave crujido de papel sobre los otros dibujos (como hojas en una brisa primaveral) antes de recogerse de nuevo en descanso. Aquella era su bienvenida.

Chase cruzó la habitación y encendió la lámpara del escritorio que se inclinaba sobre un cuaderno de espiral de papel negro. La luz rebotó en su camiseta blanca. La tela roja de sus pantalones de baloncesto se volvió brillante e ingrávida sobre su piel. No jugaba al baloncesto, pero le gustaba la textura de los pantalones. La luminosa bombilla transformó la ventana sin cubrir de detrás del escritorio en un lienzo de cristal negro, tan negro como el papel que Chase utilizaba para sus dibujos.

En cada lado de la extensa obsidiana, unas estanterías de obra se alzaban hasta el techo y cubrían las paredes adyacentes, y cada balda estaba repleta de latas y cajas metálicas. Contenían difuminos, pinceles, palos, herramientas y lápices. Lápices blancos. Porque el blanco era el único color que Chase utilizaba.

Pero no solamente lápices. Las latas y cajas estaban llenas de cualquier sustancia blanca adecuada para dibujar: lápices acuarelables, tubos de óleo, lápices de cera, barras de carboncillo blanco, pasteles, lápices de colores, minas de agua, crayones de Conté en los que el grafito estaba mezclado con arcilla, lápices de grafito tintados de blanco y marcadores chinos. Tenía un lápiz de sastre, tizas, Crayolas de color blanco sin papel, maquillaje teatral, harina de maíz y talco (que podía licuarse y aplicarse con la punta de una pluma de ave), y también barras de jabón.

Chase escuchó las estanterías. Poseía 210 contenedores, 105 a cada lado de la ventana, quince objetos de cada en los siete niveles. Conocía el contenido de cada uno. Esperó por aquel que le había despertado.

En el lado derecho de la ventana, en el tercer estante desde arriba, la sexta lata desde la izquierda empezó a zumbar. La antigua lata de sopa Progresso, despojada de la etiqueta azul, contenía una barra rota de carboncillo blanco de General's de no más de medio centímetro, un lápiz de General's, dos de Derwent Graphitint y una goma de difuminar. El zumbido aumentó hasta convertirse en un traqueteo, una vibración que arrojaba la lata hacia el borde. Chase la vio caer.

El contenido se esparció por la moqueta a sus pies, y el trozo de barra de carboncillo se astilló en el borde de la lata. Aquellos utensilios le estaban rogando que dibujase. Chase se agachó para recogerlos uno por uno y los regresó a la lata.

Al encorvarse, un crujido de papel le demandó la atención. Con la lata en la mano, mientras se enderezaba, se giró para observar detenidamente todas las paredes de la habitación. Pensó que el sonido venía de allí, de uno de los cientos de dibujos clavados en filas superpuestas.

Eran dibujos que había hecho de árboles. Árboles blancos y fantasmales de oscuras hojas. En primer lugar, Chase había dibujado todas las especies conocidas del noroeste del Pacífico: el cáscara sagrada, con sus hojas de ondulados bordes y fuertes venas; el cornejo del Pacífico, cubierto como de nieve en las blancas brácteas que enmarcan sus diminutas flores; el imponente álamo negro, cuyas semillas cuelgan en hileras como en el collar de perlas de una mujer; el álamo temblón y sus hojas ondeantes en forma de corazón. Cuando agotó la región, se trasladó a otras especies del país, del continente, del mundo.

Ninguna de sus obras de arte parecía estar desordenada. Giró hasta que los dedos de sus pies volvieron a apuntar de nuevo hacia el escritorio. Chase bajó la lata de sopa para colocarla sobre la superficie, pero se detuvo. El negro cuaderno de dibujo que había estado cerrado ahora descansaba abierto por una página en blanco.

Aquello era muy extraño. Con la lata aún en la mano, sacó la silla y se sentó. La libreta de pastel de Mi-Teintes estaba limitada por una línea en la parte superior y contenía dieciséis hojas de papel negro granulado de 22 x 30. Cada una de ellas se encontraba separada del resto por una lámina traslúcida de papel cebolla. Chase miró fijamente la página expuesta. Escuchaba el ritmo de la cadena del ventilador en la otra habitación.

En la parte superior de la página apareció una letra, una A, como en el comienzo del alfabeto, como la A de aliso, o acacia, o álamo. La letra no apareció de golpe, sino en una línea inclinada que se alzó hacia la derecha, después bajó de nuevo, y luego fue cruzada por la mitad, escrita por una mano invisible con una pluma invisible.

No, una pluma no. Suave cera blanca. Un marcador chino. Chase alzó los ojos hacia las estanterías, buscando una estrecha lata de coleccionista de Hershey con tapa de bisagra en el lado izquierdo de la ventana. En la balda de abajo, la tercera desde la izquierda. La agarró y abrió la parte superior con el pulgar. Los nueve marcadores estaban dentro, de las marcas Sharpie, Dixon, Berol y Sanford. ¿Qué instrumento estaba haciendo aquellas marcas, y cómo?

Sobre el papel apareció una nueva letra después de la A, sin espacio entre medias. Una r, minúscula, y después una b. Trazos enérgicos, firmes y autoritarios. O. Chase se hundió en la silla de nuevo, con la caja de dulces en una mano y la lata de sopa en la otra, hipnotizado. L. Las letras formaban palabras y las palabras formaban una frase.

Árbol de vida es

La familiaridad le llegó a Chase como un rayo de sol, con la tranquilidad reconfortante de que todo lo que iba a ocurrir era bueno.

Chase dejó los contenedores junto a la libreta y alzó la página para ver si las palabras estaban siendo impresas desde atrás o a través del escritorio. Nada. En el frente la escritura seguía fluyendo. Bajó la página y deslizó sus dedos sobre las palabras recién escritas, que habían tomado la textura del papel. La suave cera y la pasta seca eran braille para Chase. Las yemas de sus dedos se estremecieron.

Árbol de vida es el deseo cumplido.

A sus órdenes, una imagen de su mente se hizo real como la vida misma en la habitación. Le resultaba útil poner los contenidos de su cabeza fuera, enfrente de él. Y de ese modo era ahora capaz de ver la figura de un pino de conos erizados (demasiado grande para su cuarto, increíblemente corpulento y retorcido por el limitado techo) inclinándose sobre la página, escribiendo con una de sus ramas.

Chase no evaluó por qué se había imaginado un Pinus longaeva, porque las palabras sobre la hoja demandaron su atención. Eran un refrán que conocía bien, un pasaje del libro de Proverbios de la Biblia, en el capítulo trece.

Tomó el trozo de tiza blanca e hizo muchos trazos anchos a lo largo del margen de la página. Los trazos dibujaron una forma: un tronco complejo, ancho y retorcido como una llama, una rama. Dejó la tiza en la lata de sopa y se limpió los dedos sobre los pantalones rojos, alargando la mano hacia el lápiz de grafito, que le daría más definición que la tiza. Con él creó un racimo de agujas. Muchas, muchísimas agujas afiladas en apretadas formaciones de maleza.

Los árboles viven y respiran y no deberían ser inmóviles sobre el papel, y eso siempre se le había presentado a Chase como una clase de desafío. Levantó la libreta y dejó que la hoja colgara. La sacudió con firmeza una vez, haciendo que el folio se combase. Las ramas se agitaron. Las agujas permanecieron erguidas. Chase se sintió satisfecho. Regresó el cuaderno al escritorio y sujetó el lápiz sobre el proverbio.

El majestuoso árbol de la vida que él había pretendido terminar de dibujar se desvaneció de su mente.

Árbol de vida es el deseo cumplido. Dibuja el deseo, porque el tiempo es breve. Llena el corazón, porque los días están llenos.

Todo lo que podía ver eran palabras, y entonces el significado de aquellas palabras desapareció y solo pudo ver líneas. Vio el movimiento de la mano de un hombre sujetando un lápiz de cera y formando cada símbolo, y subiendo y bajando por las líneas, los ángulos apretados, los trazos abiertos y libres.

Era la escritura de su padre.

Chase se sintió feliz de verlo. Pasó la página y esperó a que el pino de conos erizados reapareciese, a que su padre escribiera más.

Chapter Two

Los acantilados que había sobre el océano eran el patio de recreo del viento. Bruscas brisas se precipitaban en todas direcciones y atormentaban a los retorcidos cipreses. Nubes deslustradas avanzaban bajas sobre la costa de Oregón, trayendo lluvia para desafiar al sol de última hora de la mañana. Allá donde la tormenta y la luz del sol se encontraron, relucieron sombras de azul y gris.

Mientras ella esperaba al artista que la había contratado, Promesa se asomó sobre la curtida barandilla de madera que la separaba de la afilada caída en una delgada franja de playa arenosa unos doce metros más abajo. La madera soltó un quejido y ella se retiró.

Si fuera una suicida, aquel hubiera sido un momento y un lugar muy poéticos para morir. Pero no lo era. Su vida iba a terminar prematuramente, no había duda al respecto en la mente de cualquiera que la conociera un poco, pero terminaría solamente en contra de su voluntad, y solo a la altura de su fama.

Estaba en camino. Pronto. Muy, muy pronto. Le suplicaba a cualquiera que fuese la fuerza oculta que gobernaba el mundo que aquello pudiera ser verdad, porque sus días se reducían con cada vuelta de la tierra.

Durante dos semanas Promesa había ignorado aquella pesadez tan familiar que se deslizaba por sus pulmones, el número de pulsaciones de oxígeno que iba disminuyendo, la cada vez menos productiva fisioterapia torácica, la fatiga que la iba golpeando cada día antes de lo habitual. Sabía, tan bien como sabía su nombre, que estaba enferma y que no podía eludir el hospital muchos días más. No era buena señal para sus planes. Las audiciones para la producción musical del otoño (de la que habían prometido ocuparse dos agentes aquella misma mañana) eran la semana que viene. Sería necesario cualquier antibiótico y remedio casero conocido por el hombre para mantenerla en pie hasta entonces.

Morir joven tenía al menos una docena de ventajas, y bastante era que Promesa generalmente ignorase el destino que la ensombrecía como un molesto cachorro negro. Alimentar a aquel animal necesitado era una pérdida de recursos y no hacía nada por resolver el problema que más la aterraba: morir antes de que alguien supiera realmente quién era. La cuestión no era que Promesa desease la fama, exactamente, sino que no quería ser olvidada. La fama era un medio práctico para tal fin.

Tosió varias veces para aligerar sus pulmones y después palmoteó suavemente su muslo con un ritmo alegre y canturreó para conjurar la ansiedad que avanzaba sigilosamente sobre ella.

La atmósfera burlona del cielo se volvió tenebrosa. Su larga melena le golpeó los ojos y se le enganchó en la comisura de los labios. Se apretó el chal de lana contra el pecho y pensó en marcharse, en pedirle a Zack Eddy un cambio de cita. El lado positivo era que él tendría que trabajar con prisa y a ella no le iba a pagar por horas. Pero su salud se merecía una retirada apresurada. Le daría cinco minutos.

Que fueron precisamente los que él tardó en llegar. El sonido de la puerta de un coche cerrándose de golpe hizo que girara la cabeza. Detrás de ella, en el aparcamiento al final de un sendero que serpenteaba cuesta abajo, Zack había estacionado su económico Honda junto a un flamante BMW Roadster, el único vehículo en el parque aparte del suyo. Su cabello negro teñido, que caía liso pegado a su cabeza como gorrito, no se movió bajo el airado cielo.

Se inclinó sobre el maletero de su coche, sacó una bolsa con una larga correa y la lanzó sobre su hombro; después cerró y echó a andar por el sendero. Llevaba unos vaqueros ajustados metidos dentro de los calcetines, con zapatillas de skater y varias capas de camisetas. Sin chaqueta, como si fuera de andar por casa. Ciertamente el tiempo era más tempestuoso que frío, aunque lo contrario posiblemente tampoco le hubiera importado. La chaqueta de marca de Zack se había perdido, y ella pensó, sonriendo, que solamente se la había visto puesta en interiores.

Ella le gritó y agitó la mano. Se puso de puntillas en una especie de saltito. En realidad evitaba los saltos en el aire por cuestiones de conservación de la energía.

Zack respondió con un leve movimiento de barbilla.

Posaba como modelo en la clase de dibujo al natural de Zack en la universidad para pagar sus propios gastos personales, aun cuando sus acaudalados padres le entregaban todo e incluso más de lo que pidiese. Pero la independencia era algo que ellos no podían comprar en su nombre. Aquella diminuta paga le daba la fortaleza mental que necesitaba para continuar con sus planes profesionales, de menor duración de como deberían ser.

Zack había sido el último estudiante al que había conocido, y no precisamente por no hacer los mismos intentos de entablar amistad con él que con casi cualquier otro.

Ella se fijó muy pronto en que era inteligente, aunque malhumorado; deliberadamente deprimido porque el concepto de genio torturado siempre estaba de moda. La chaqueta que solía llevar tenía un olor sospechoso e ilícito. Ella le imaginaba escribiendo poesía oscura en las horas más inhóspitas de la noche, después de terminar oscuros y siniestros dibujos a carboncillo.

(Continues...)



Excerpted from PROMESAS GUARDADAS by ERIN HEALY Copyright © 2012 by Grupo Nelson. Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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