Sermon Contra Los Escandalos En Las Caidas Publicas/ Sermon Agaisnt the Scandals in Public Failure

Sermon Contra Los Escandalos En Las Caidas Publicas/ Sermon Agaisnt the Scandals in Public Failure

by Luis de Granada

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Luis de Granada (1504-1588). España. Fray Luis de Granada ingresó en la orden dominica a los veinte años. Y pronto adoptó el nombre de su ciudad natal y allí estuvo durante varios años en el convento de Santa Cruz. También fue prior del convento de Scala-Coeli en la serranía de Córdoba. Hacia 1547 escribió su Guía de pecadores, en la que fray Luis recoge un tratado escrito por Savonarola, y una antología de fragmentos del Nuevo Testamento, que comprende el Sermón del Monte, tres capítulos del evangelio de Juan y una paráfrasis de las cartas de Pablo. Sus últimos años fueron duros, marcados por el escándalo del suceso de la monja de Portugal, en el que defendió a una monja iluminada, que después se descubrió que había mentido. Murió a los ochenta y cuatro años en Portugal.

Product Details

ISBN-13: 9788498163452
Publisher: Linkgua
Publication date: 01/28/2005
Series: Memoria Series
Pages: 54
Product dimensions: 5.30(w) x 8.30(h) x 0.30(d)

About the Author

Luis de Granada (1504-1588). Espa�a. Fray Luis de Granada ingres� en la orden dominica a los veinte a�os. Y pronto adopt� el nombre de su ciudad natal y all� estuvo durante varios a�os en el convento de Santa Cruz. Tambi�n fue prior del convento de Scala-Coeli en la serran�a de C�rdoba. Hacia 1547 escribi� su Gu�a de pecadores, en la que fray Luis recoge un tratado escrito por Savonarola, y una antolog�a de fragmentos del Nuevo Testamento, que comprende el Serm�n del Monte, tres cap�tulos del evangelio de Juan y una par�frasis de las cartas de Pablo. Sus �ltimos a�os fueron duros, marcados por el esc�ndalo del suceso de la monja de Portugal, en el que defendi� a una monja iluminada, que despu�s se descubri� que hab�a mentido. Muri� a los ochenta y cuatro a�os en Portugal.

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Sermón Contra los Escándalos en las Caídas Públicas


By Luis de Granada

Red Ediciones

Copyright © 2015 Red Ediciones S.L.
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ISBN: 978-84-9816-345-2



CHAPTER 1

DEL SENTIMIENTO QUE LOS BUENOS TIENEN EN LAS CAÍDAS DE SUS PRÓJIMOS, Y DE LA FIESTA Y ALEGRÍA DE LOS MALOS


Lo que hasta aquí se ha dicho sirve para remediar el daño que de estas caídas se suele seguir, que es perderse el crédito de la virtud. Mas agora trataremos de los otros efectos que de aquí suelen seguirse (segun arriba tocamos), que son: llorar los buenos y reír los malos y desmayar los flacos.

Y tratemos primero de las lágrimas de los buenos; las cuales proceden de la naturaleza y condición de la caridad, de la cual virtud dice el Apóstol que no se alegra con la maldad, mas alégrase con la verdad. Porque, como los buenos aman a Dios sobre todas las cosas y a los prójimos como a sí mismos, no pueden dejar de sentir los males de ellos, y mucho más los espirituales que tocan más en lo vivo; y por esto tienen muchas causas por qué llorar.

Lloran porque sienten la muerte del ánima que cayó. Lloran porque el justo se desvió del camino de la justicia. Lloran por ver que el que era hijo de Dios se hizo, pecando, esclavo del Demonio. Lloran por ver que aquel lobo infernal arrebató una oveja de la manada de Cristo, y se la tragó. Lloran por ver disminuido el Reino de Cristo, y acrecentado con un vasallo más el del Demonio. Lloran por ver que una estrella que resplandecía y alumbraba con la luz de su buen ejemplo, se eclipsó y escureció. Lloran por ver que el ánima, que era esposa de Cristo, se hace sierva del Demonio. Lloran por el grande daño que el ánima de un justo recibe pecando, porque a la hora se sale Cristo de ella por una puerta y el Demonio entra por otra y se apodera de la posada, de modo que la que era templo vivo del Espíritu Santo se hace cueva de serpientes y basiliscos. Ésta es, pues, la causa del dolor y sentimiento de los santos cuando ven los pecados de sus prójimos, mayormente los de aquellos que habían de ser luz y guía de los otros.

De aquí procedían las lamentaciones de Hieremías, en las cuales lloraba tan amargamente los pecados de su pueblo, que vino a decir aquellas palabras de tanto sentimiento: ¡Oh vosotros que pasais por este cansino, mirad si hay dolor semejante a mi dolor! Y no menos llora Esaías esta calamidad, sin querer admitir consolación, sino hartarse de llorar los males de sus prójimos y los castigos de ellos. Y así dice: No trate nadie de consolarme, porque mi dolor es grande que no admite consolación. De aquí también procedieron las lágrimas del Apóstol que él derramaba por los que pecaron y no hicieron penitencia de sus pecados, como lo escribe a los de Corinto. De aquí el dolor que muestra en la Epístola a los de Galacia, diciendo: Hijuelos míos, que torno a pariros de nuevo con dolores hasta que Cristo sea formado vosotros. Mas todo esto es poco en comparación de lo que escribe a los romanos, haciendo un solemne juramento y trayendo al Espíritu Santo por testigo de lo que afirmaba, diciendo que era continuo el dolor y tristeza de su corazón, por ver la ceguedad de los judíos, sus hermanos, ofreciéndose a ser anatema de Cristo por amor de ellos, que es carecer por algún tiempo de todos los bienes y riquezas que esperaba de Cristo por sus trabajos.

¿Pues, qué diré de las lágrimas de los santos del Testamento Nuevo? ¡Con qué lágrimas llora San Cipriano las caídas de los que por temor de los tormentos de los tiranos habían renegado la fe! ¡Cuál era el sentimiento de nuestro padre Santo Domingo, de quien se escribe que se derretían sus entrañas como la cera en el fuego, con el dolor y celo de la gente que perecía por sus pecados! ¡Cuál el de su hija santa Catarina de Sena, la cual, con un nuevo y extraño encarecimiento y dolor de la perdición de los hombres, pedía a su Esposo que atapase con ella la boca del infierno para que ninguno entrase allá!

Pero sobre todos estos sentimientos es admirable el del santo profeta Esdras (que redujo el pueblo de Israel del cautiverio de Babilonia a Jerusalén), el cual, viendo el pecado que el pueblo había hecho casándose con mujeres hijas de gentiles, contra la ley de Dios, fue tan grande su sentimiento que rasgó sus vestiduras, hasta la túnica interior, y arrancó los cabellos de su cabeza y los pelos de la barba, y, postrado ante la presencia de Dios, extendiendo sus manos, dijo que se confundía y avergonzaba de levantar sus ojos ante la Divina Majestad; y esto no por sus pecados propios, que no los tenía, sino por los de su pueblo.

Para que por este ejemplo vean los hombres desalmados que triunfan y hacen fiestas en la caída de sus hermanos, cuán lejos están de este afecto y sentimiento. Lo cual tengo por una gran señal de reprobación, así como lo contrario es señal de predestinación. Y esto se puede entender por aquella visión del profeta Ezequiel, en la cual le mostró Dios en espíritu seis hombres con armas en las manos, entre los cuales venía uno vestido de blanco con un tintero en la cinta. Y a este escribano mandó Dios que fuese por medio de la ciudad de Jerusalén, y pusiese una señal, que llaman Tau, sobre las frentes de los hombres que hallase gimiendo y llorando por las ofensas y abominaciones que se hacían contra Dios. Y a los seis hombres armados mandó que sin ninguna piedad pasasen a cuchillo todos los moradores de la ciudad, sin perdonar a viejos ni mozos, ni vírgenes ni niños ni mujeres; mas que no tocasen en aquéllos que viesen señalados en la frente con aquella señal susodicha; que comenzasen de su santuario, que es de los sacerdotes y ministros del templo. Por lo cual entiendo (como dije) ser este gemido y sentimiento una gran señal de predestinación.

Estas lágrimas eran de varones santos y moradores de Dios. Mas, ¿qué diremos aquí de las lágrimas del mismo Señor de los santos? El cual sabemos que lloró sobre la ciudad de Jerusalén, no tanto por la destrucción de ella cuanto por la causa, que era el pecado de no haber recibido a su Salvador, ¿Pues qué cosa más admirable y más digna de la bondad de Dios que llorar el mismo Juez, ofendido, los pecados que contra Él se cometieron, y las penas con que los había de castigar? ¿Qué diré también del sentimiento de los mismos ángeles, especialmente de los de nuestra guarda, cuando ven miserablemente caídos a los que ellos tan solícitamente guardaban? Sobre lo cual dice San Agustín, hablando con Dios: «Señor, cuando hacemos buenas obras alégranse los ángeles y entristécense los demonios; mas cuando las hacemos malas, alegramos a los demonios y privamos (cuanto en nos es) de su alegría a los ángeles». Porque como ellos se alegran cuando un pecador se levanta y hace penitencia; así los demonios se alegran cuando un justo cae y desampara la penitencia.

Y para confirmación de esto, no dejaré de referir aquí lo que acaeció a uno de aquellos santos padres del yermo: el cual después de haber llegado a la cumbre de todas las virtudes, comenzó a envanecerse, y atribuir a sus merecimientos y trabajos la santidad que tenía; y conociendo esto el Demonio y entendiendo cuán cerca está la caída de quien así se levanta, tomó forma de mujer muy bien parecida y llegando a boca de noche a la cueva del monje, lloraba y rogábale le diese lugar en ella porque aquella noche las bestias fieras no la despedazasen. Vencido, pues, él con este color de piedad la recibió. Entonces el enemigo comenzó a inflamarlo con ardores de un fuego infernal; y tanto pudo, que finalmente el desventurado, vencido de aquella furiosa pasión, extendió sus brazos para abrazar la mujer. Y entonces el Demonio dio un grande y terrible aullido y deshízose en el aire como sombra que era, dejando burlado al miserable cautivo. Estaba a la sazón allí una gran cuadrilla de demonios esperando el fin de la batalla; y, vista la victoria, levantaron las voces en el aire con grandes risadas y alegrías, diciendo: ¡Ah monje, monje, que te levantabas hacia el cielo, cómo has caído en el infierno! Aprende, pues, aprende, que el que sé levanta será humillado. ¿Veis, pues, por este ejemplo el alegría y fiesta que hacen los demonios en nuestras caídas? ¿Veis cumplido lo que dice San Agustín, que como los ángeles se alegran cuando un pecador hace penitencia, así los demonios, capitales enemigos nuestros, se alegran y triunfan cuando un justo desampara la penitencia?

Pues si esta alegría es propia de los demonios, enemigos de Dios y nuestros, ¿qué podemos juzgar de los que en estas caídas se alegran, sino que tienen el mismo espíritu de ellos, pues así se alegran como ellos? Y si la alegría de los demonios nace de ser enemigos de Dios y nuestros, ¿qué podemos aquí juzgar de los que en estas caídas se alegran, sino que tienen el mismo espíritu de ellos, pues así se alegran como ellos? Y si la alegría de los demonios nace de ser enemigos de Dios y nuestros, ¿qué podemos aquí juzgar de los que así se alegran sino que son enemigos de Dios y nuestros? Porque si fueran verdaderamente amigos, llorarían nuestros males y no se alegrarían como ellos. Dijo Nuestro Salvador que Zaqueo, el públicano y de linaje de gentiles, era hijo de Abraham, porque imitaba la santidad de él; ca de aquél se llama uno en la Escriptura hijo cuyas obras imita. Pues ¿cuyos hijos llamaremos a éstos, que imitan al Demonio y se alegran de lo que él se alegra y hacen fiesta de lo que él la hace, sino del mismo Demonio?

Estos, pues, con sus escarnios, son impedimiento, de la virtud, ponzoña del mundo, escándalo de los flacos, compañeros de Herodes, que buscan a Cristo recién nacido en las ánimas de los nuevos para matarlo; lobos vestidos de piel de oveja para engañar; zizania que ahoga la simiente de la palabra de Dios para que no crezca en las ánimas; hombres desalmados, que no tienen de cristianos más que la crisma, y la fe y esperanza muertas para que, por esa fe que tienen, sean juzgados cuando de esta vida partieren.

¡Cuán diferente era el espíritu y ánimo del grande emperador Constantino, de quien se escribe esta memorable sentencia: «Si viese caído un sacerdote en algún pecado, yo mismo le cubriría con mi mano por evitar el escándalo y mal ejemplo que de aquí se sigue a los flacos»! Pues considerando el Apóstol estas caídas, y sintiendo el escándalo que de aquí se seguía a los flacos, dice: ¿Quién está flaco que yo no lo esté? Y ¿quién se escandaliza que yo no me abrase? ¡Quién tuviera ojos para ver de la manera que ardían las entrañas de este apóstol cuando veía una ánima por quien Cristo derramó su sangre, caer del estado de la gracia en las uñas y garganta del dragón infernal! Y no menos sentía esto el real profeta, cuando decía: Vidi prevaricantes et tabescebam. Dando a entender que se deshacía y consumía su ánima cuando consideraba las ofensas que se hacían contra Dios.

CHAPTER 2

DE LA GRAVEDAD DEL PECADO DEL ESCÁNDALO Y DEL AZOTE CON QUE DIOS LO CASTIGA


Mas ¿quién declarará con palabras la gravedad de este pecado que llamamos escándalo? Y por escándalo no entendemos aquí la admiración y espanto que los hombres conciben con semejantes caídas, sino por este término entendemos, en rigor de Teología, cualesquier palabras y obras con que damos a otros motivos para pecar y apartarse del bien. Pues cuán grande sea este pecado, decláralo el Salvador en el Evangelio por estas palabras: Quienquiera que escandalizare uno de estos pequeñuelos que en Mí creen seríale mejor que le atasen una piedra de molino al cuello y lo sumiesen en el profundo de la mar. ¡Ay del mundo por razón de los escándalos porque, supuesta la malicia de los hombres, no pueden faltar escándalos; mas, ¡miserable de aquél por quien el escándalo viene!

Ni faltan ejemplos para declarar la gravedad de este pecado. Todos sabemos cuán grande fue el pecado de David cuando tomó la mujer ajena y mató a su marido; y lo que Nuestro Señor encareció en este pecado fue el escándalo, diciendo: Quonian blasphfemare fecisti inimicos nomen Domini. Esto es, Porque diste motivo a las naciones comarcanas de blasfemar el nombre del Señor, poniendo mácula en Él, y diciendo que era injusto, pues había escogido para rey de su pueblo un hombre que cometió un tan gran pecado. Y por esto le envió el mismo Señor a decir que el niño que había nacido de aquel adulterio moriría en pena de este escándalo. Y por más oraciones que hizo David y más lágrimas que derramó y más extremos que hizo por la vida de aquel niño (tanto que sus criados no le osaban dar la nueva de su muerte, pareciéndole que reventaría de dolor); con todo esto, nunca Dios lo quiso oír.

Y aunque éste es un grande argumento de la malicia de este pecado, otro os contaré mayor de dos sacerdotes, hijos del sumo sacerdote Helí; los cuales usaban tan mal del oficio sacerdotal que retraían los hombres del culto y servicio de Dios. Y así dice la Escriptura: Erat igitur peccatum puerorum grande nimis coram Domino, quia retrahebant homines a sacrificio Domini. Y en este tiempo apareció Dios de noche al niño Samuel, mandándole que dijese a Helí que Él haría un tan gran castigo en el pueblo de Israel que quienquiera que lo oyese le retiniesen las orejas; porque sabiendo el escándalo que sus hijos daban al pueblo, no los castigó con el rigor que el caso pedía. Y el castigo que de ahí a poco se siguió fue que, viniendo los filisteos a hacer guerra a los hijos de Israel, en la primera batalla les mataron cuatro mil hombres; por lo cual los capitanes del ejército enviaron por el arca del Testamento, en que tenían puesta su confianza, para que los defendiese de sus enemigos. Traída, pues, el arca, sucedió el negocio tan al revés de lo que pensaban que, travada la batalla (cosa de grande admiración), los filisteos mataron treinta mil hombres de los hijos de Israel, y prendieron la misma arca del Testamento, y los dos sacerdotes, hijos de Helí, que venían con ella, murieron en la misma batalla; y la mujer de uno de ellos, oída la muerte de su marido, murió de parto; el sumo sacerdote (que era ya muy viejo), oídas estas tan tristes nuevas, y más la prisión del arca, estando sentado en una silla, cayó de espaldas, y se hizo pedazos la cabeza. Por donde se entenderá con cuánta razón dijo Dios que haría por aquel pecado de escándalo un castigo tan grande, que a quienquiera que lo oyese le retiniesen las orejas.

¿Pues quién, oyendo éste tan terrible azote, no temblará de este pecado; el cual, en cierta manera, podemos decir ser el mayor de los pecados por grandes que sean? Porque todos los otros pecados, aunque sean grandes, no dañan más que al hombre que los hace, mas éste daña a sí y daña a los otros que aparta del camino de Dios. ¿Pues, con qué se satisfará este daño, que es matar una ánima que Cristo compró con su sangre? Porque si oro es lo que oro vale, sangre de Cristo es lo que esa sangre costó.

Mas, con todo esto, procure el hombre descargarse de esta culpa en la manera que le fuera posible. Del santo fray Raimundo (que recopiló las Decretales, por las cuales hoy día se gobierna la Iglesia) se escribe que tomó el hábito de nuestra Orden. Y la causa fue porque, estando en el mundo, había persuadido a un mancebo que no fuese religioso; y, herido con este escrúpulo, parecióle que no tenía otro medio más conveniente para satisfacer este daño que tomar él el mismo hábito que había impedido. En la Ley antigua mandaba Dios que el que hiriese a una mujer preñada y la hiciese abortar y malparir estando ya la criatura en el vientre animada, que pagase con su propia vida la que había quitado a la criatura. Pues esto mismo hacen los que con escarnios y vanos temores ignominiosos retraen del buen camino a los que han concebido en sus ánimas a Cristo, que es el buen propósito de servirlo. De donde se sigue que si estos hombres se condenaren, no solo padecerán penas por sus propias culpas, sino también por las de aquellos que pervirtieron. Por lo cual todo entenderá el cristiano cuán justo fue aquel ¡ay! y aquella exclamación de Cristo, cuando dijo: ¡Ay del mundo por razón de los escándalos!


(Continues...)

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Table of Contents

Contents

CRÉDITOS, 4,
PRESENTACIÓN, 7,
AL CRISTIANO LECTOR, 9,
ARGUMENTO DE ESTE SERMÓN, 9,
SERMÓN DEL PADRE MAESTRO FRAY LUIS DE GRANADA FUNDADO SOBRE ESTAS PALABRAS DEL APÓSTOL, 11,
I. DEL SENTIMIENTO QUE LOS BUENOS TIENEN EN LAS CAÍDAS DE SUS PRÓJIMOS, Y DE LA FIESTA Y ALEGRÍA DE LOS MALOS, 16,
II. DE LA GRAVEDAD DEL PECADO DEL ESCÁNDALO Y DEL AZOTE CON QUE DIOS LO CASTIGA, 20,
III. REPREHENSIÓN DE LOS FLACOS, QUE POR VANOS TEMORES AFLOJAN DE SUS BUENOS PROPÓSITOS, 27,
IV. POR QUÉ PERMITE DIOS ESTAS CAÍDAS Y ESCÁNDALOS EN EL MUNDO, 32,
V. DEL USO Y FRECUENCIA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO Y DE LA NECESIDAD QUE DE ÉL TENEMOS PARA LA DEFENSA DE NUESTROS ESPIRITUALES ENEMIGOS, 34,
VI. DEL APAREJO Y DISPOSICIÓN QUE SE REQUIERE PARA LA SAGRADA COMUNIÓN, 40,
VII. DE LA REVERENCIA Y ACATAMIENTO QUE SE REQUIERE PARA LA SAGRADA COMUNIÓN. Y DE LOS ABUSOS QUE ACERCA DE ESTO PUEDE HABER, 42,
VIII. ABUSOS QUE HAY EN LA FRECUENCIA DE LA SAGRADA COMUNIÓN, 44,
IX. DE LA FRECUENCIA DE LA SAGRADA COMUNIÓN, 45,
X. AVISOS PARA LOS FLACOS E IMPERFECTOS EN LA VIRTUD, 47,
LIBROS A LA CARTA, 53,

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