A los trece años empezó como mandadero en una oficina pública del Paraguay. A los setenta —después de llegar a Director General, de perder cinco veces su empleo por negarse a aceptar sobornos y de criar a sus hijos tratando de dejarles algo más valioso que una herencia— se sentó a escribir lo que la vida le había enseñado.
Mundito es esa carta: la más larga que un padre puede escribir a sus hijos, y de un hombre común a cualquiera dispuesto a escucharlo. Su idea es tan sencilla como exigente...


