Sopa de pollo para el alma de los padres: Relatos sobre el amor, el aprendizaje y la condición de los padres

Sopa de pollo para el alma de los padres: Relatos sobre el amor, el aprendizaje y la condición de los padres

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Overview

With contributions from celebrity and 'ordinary' parents alike, each story speaks to the range of emotions and experiences of all types of parents. By sharing the personal experiences of others, this book will offer inspiration and advice to parents going through a difficult time; provide reassurance to those who worry that they're not living up to the Supermom or Superdad ideal; and share a wealth of experiences that show why being a parent is such a worthwhile and rewarding vocation.
 

Product Details

ISBN-13: 9781453276952
Publisher: Chicken Soup for the Soul
Publication date: 05/20/2014
Series: Sopa de Pollo para el Alma
Sold by: SIMON & SCHUSTER
Format: NOOK Book
Pages: 400
Sales rank: 663,800
File size: 1 MB

About the Author

Jack Canfield is cocreator of the Chicken Soup for the Soul® series, which includes forty New York Times bestsellers, and coauthor of The Success Principles: How to Get from Where You Are to Where You Want to Be. He is a leader in the field of personal transformation and peak performance and is currently CEO of the Canfield Training Group and Founder and Chairman of the Board of The Foundation for Self-Esteem. An internationally renowned corporate trainer and keynote speaker, he lives in Santa Barbara, California.
 Mark Victor Hansen is a co-founder of Chicken Soup for the Soul.

Hometown:

Santa Barbara, California

Date of Birth:

August 19, 1944

Place of Birth:

Fort Worth, Texas

Education:

B.A. in History, Harvard University, 1966; M.A.T. Program, University of Chicago, 1968; M.Ed., U. of Massachusetts, 1973

Read an Excerpt

Sopa de Pollo para el Alma de los Padres

Relatos sobre el amor, el aprendizaje y la paternidad


By Jack Canfield, Mark Victor Hansen, Kimberly Kirberger, Raymond Aaron

Chicken Soup for the Soul Publishing

Copyright © 2014 Chicken Soup for the Soul Publishing, LLC, Kimberly Kirberger y Raymond Aaron
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4532-7695-2



CHAPTER 1

LAS ALEGRÍAS DE SER PADRE

Qué don le ha concedido la providencia al hombre que le sea más preciado que sus hijos?

Cicerón

El jarrón


La herencia que les dejó a sus hijos no consistía en palabras ni en posesiones, sino en un secreto tesoro, el tesoro de su ejemplo como hombre y como padre.

Will Rogers


Hasta donde me alcanza la memoria, aquel jarrón siempre estuvo en el suelo del cuarto de mis padres, junto a la cómoda. Antes de irse a la cama, papá se vaciaba los bolsillos y echaba en el jarrón las monedas, que aterrizaban en su interior con un alegre tintineo cuando estaba casi vacío. Más adelante, el sonido iba convirtiéndose en un golpe sordo, según iba llenándose. Yo me agachaba delante del jarrón y admiraba los círculos de cobre y plata, que brillaban como el tesoro de un pirata cuando el sol entraba por la ventana de la habitación.

Cuando el jarrón estaba lleno, papá se sentaba a la mesa de la cocina y hacía paquetes con las monedas para llevarlos al banco. Siempre que íbamos al banco se reproducía la misma escena. Colocábamos las monedas entre papá y yo, apiladas cuidadosamente en una pequeña caja de cartón, en el asiento de su vieja furgoneta. Todas y cada una de las veces, papá me miraba con esperanza en los ojos. "Estás monedas te salvarán de la fábrica de textiles, hijo. Vas a hacerlo mejor que yo. No vas a quedarte atrapado en esta vieja ciudad industrial." Además, todas y cada una de las veces, en el banco, mientras deslizaba por el mostrador la caja con paquetitos de monedas hacia el cajero, sonreía con orgullo. "Son los ahorros para la universidad de mi hijo. Él no va a trabajar toda su vida en la fábrica, como yo."

Celebrábamos cada ingreso en el banco tomándonos un helado de cucurucho. Yo siempre pedía chocolate. Papá pedía vainilla. Cuando el dependiente de la heladería le daba el cambio, papá me enseñaba las monedas que tenía en la palma de la mano. "Cuando lleguemos a casa, empezaremos de nuevo a llenar el jarrón."

Siempre me dejaba que tirase las primeras monedas al jarrón vacío. Cuando rebotaban con un breve y alegre tintineo, nosotros nos sonreíamos. "Irás a la universidad a base de calderilla", me decía. "Pero irás. Yo me encargaré de eso."

Los años pasaron, y yo acabé la universidad y empecé a trabajar en otra ciudad. En una ocasión, estando de visita en casa de mis padres, hice una llamada desde el teléfono de su habitación y vi que el jarrón ya no estaba. Había cumplido con su objetivo y después lo habían quitado. Se me hizo un nudo en la garganta al mirar hacia el lugar junto a la cómoda donde siempre había estado el jarrón. Mi padre era hombre de pocas palabras y nunca me dio lecciones sobre el valor de la determinación, la perseverancia y la fe. Aquel jarrón me había enseñado esas virtudes con mucha más elocuencia de lo que podrían haberlo hecho las palabras más rimbombantes.

Cuando me casé, le hablé a mi mujer, Susan, sobre el relevante papel que había desempeñado en mi vida aquel humilde jarrón. Para mí era algo que definía, más que ninguna otra cosa, lo mucho que me había querido mi padre. Daba igual lo difíciles que se pusieran las cosas en casa, papá seguía tenazmente echando monedas al jarrón. Incluso durante un verano en el que lo suspendieron temporalmente de su empleo y mamá se vio obligada a prepararnos patatas viudas varias veces por semana, no se le escatimó al jarrón ni una monedita. Al contrario, cuando papá me miraba desde el otro lado de la mesa, echándole cátsup a mis patatas para hacerlas más tragables, se convencía más que nunca de que debía labrar un futuro para mí. "Cuando termines la universidad, hijo", me decía, "nunca más volverás a tener que comer patatas viudas, a no ser que quieras hacerlo."

Las primeras Navidades después de que naciera nuestra hija Jessica, pasamos las vacaciones con mis padres. Después de la cena, mamá y papá se sentaron el uno junto al otro en el sofá, turnándose para mecer a su primera nieta. Jessica se puso a lloriquear y Susan la cogió de los brazos de papá. "Probablemente haya que cambiarla", dijo, llevándose al bebé a la habitación de mis padres para cambiarle el pañal.

Cuando Susan volvió al salón, había un extraño brillo en sus ojos. Volvió a poner a Jessica en los brazos de papá, para después cogerme de la mano y llevarme en silencio a la habitación. "Mira", me dijo en voz baja, señalando con los ojos el lugar junto a la cómoda. Para mi sorpresa, allí estaba, como si nunca lo hubiesen quitado, el viejo jarrón, con el fondo ya repleto de monedas.

Caminé hacia el jarrón, me hurgué en el bolsillo y saqué un puñado de monedas. Embargado por emociones diferentes, las dejé caer en el jarrón. Al levantar la vista, vi que papá, trayendo a Jessica con él, se había colado en silencio en el cuarto. Nuestras miradas se cruzaron y en ese momento supe que él estaba sintiendo lo mismo que yo. Ninguno de los dos podía hablar.

A. W. Cobb


Los geranios del amor


Tú eres el espejo de tu madre, y ella rememora en ti los encantos de su primavera.

William Shakespeare


Al ser la quinta de siete hermanos, fui al mismo colegio público que mis tres hermanas mayores y mi hermano mayor. Todos los años, mi madre asistía a las mismas representaciones e iba a hablar con los mismos profesores. Lo único que cambiaba era el niño en cuestión. Y todos los niños participábamos en una vieja tradición escolar: la venta anual de plantas que tenía lugar a principios de mayo, justo antes del Día de la Madre.

La primera vez que me permitieron tomar parte en la venta de plantas, yo estaba en tercer curso. Quería darle una sorpresa a mi madre, pero no tenía dinero. Fui a hablar con mi hermana mayor, le conté mi secreto y ella me dio algo de dinero. Cuando llegué a la venta de plantas, elegí una con muchísimo cuidado. Me costó horrores tomar esa decisión e inspeccioné cada una de las plantas hasta asegurarme de que había escogido el mejor geranio. Después de colarme en casa con la planta, con la ayuda de mi hermana, lo escondí sobre el porche del vecino. Tenía mucho miedo de que mamá lo encontrase antes del Día de la Madre, pero mi hermana me aseguró que eso no ocurriría, y así fue.

Cuando llegó el Día de la Madre, yo no cabía en mí de orgullo al darle aquel geranio. Recuerdo cómo le brillaban los ojos y lo mucho que le gustó mi regalo.

Cuando yo iba a cumplir los quince, mi hermana pequeña estaba en tercer curso. A principios de mayo vino a hablar conmigo con mucho secreto para decirme que iba a haber una venta de plantas en el colegio y que quería darle una sorpresa a mamá. Como hizo conmigo mi hermana mayor, le di algo de dinero y allá se fue ella. Volvió a casa toda nerviosa, con el geranio escondido en una bolsa de papel, por debajo del jersey. "Miré bien todas las plantas", me explicó, "¡y estoy segura de que he escogido la mejor!"

Con una dulce sensación de déjà vu, ayudé a mi hermanita a esconder el geranio sobre el porche del vecino, asegurándole que mamá no lo encontraría antes del Día de la Madre. Yo estaba presente cuando le dio el geranio y pude observar que las dos estaban llenas de orgullo y de satisfacción. Era como estar en un sueño que ya había soñado. Mi madre vio que estaba observando y me dirigió una sonrisa cómplice. Con el corazón en un puño, le devolví la sonrisa. Me había preguntado cómo haría mi madre para sorprenderse cuando su sexto hijo le hiciese el mismo regalo que los anteriores, pero al ver sus ojos iluminándose de gozo cuando mi hermana le dio aquel regalo único, tuve la certeza de que no estaba fingiendo.

Harriet Xanthakos


El ratoncito Pérez


Los niños son apóstoles de Dios, enviados para predicar cada día el amor, la esperanza y la paz.

Jane Russell Lowel


Apartó la pequeña almohada roja y señaló la bolsita donde, en vez de su diente, había una moneda. "¡Mira, mamá! Mira lo que me ha traído el ratoncito Pérez. ¡25 centavos!"

Yo compartía su emoción y durante un rato charlamos sobre lo que haría con su recién adquirida fortuna. Volví a mis actividades en la cocina, pero él merodeaba por allí, en silencio, con una mirada pensativa en los ojos. "Mamá", me preguntó por fin, "¿de verdad existe el ratoncito Pérez o eres tú quien pone el dinero en mi almohada y se lleva el diente?"

Está claro que sabía que algún día tendría que contestar a preguntas de ese tipo, pero, a pesar de siete años de preparación, no se me había ocurrido ninguna respuesta adecuada. Traté de ganar tiempo preguntándole: "¿Qué crees tú, Simon?".

"Podría ser cualquiera de las dos cosas", razonó. "Parece algo que podrías haber hecho tú, pero también sé que existen cosas mágicas."

"¿Qué te gustaría pensar?", continué, todavía sin estar segura de si debía romperle el corazón o no.

"En realidad, no tiene mucha importancia", dijo con seguridad. "Me gusta de las dos formas. Si existe el ratoncito Pérez, eso está muy bien, pero si eres tú, pues tampoco está mal."

Llegué a la conclusión de que mi respuesta no iba a causar ninguna decepción, así que confesé que era yo su benefactora y él sonrió con satisfacción. Después le advertí que no se lo contara a su hermano pequeño, explicándole: "Cada niño debe creer en la magia hasta que esté preparado para formular la pregunta que tú me has hecho hoy. ¿Lo entiendes?".

"Sí", dijo, asintiendo. Se sintió muy orgulloso de asumir el papel de hermano mayor y yo tuve la certeza de que nunca metería la pata en eso de manera intencionada. Consideré la cuestión zanjada, pero él seguía merodeando por la cocina.

"¿Pasa algo más, Simon?", le pregunté.

"Sólo una pregunta más, mamá. ¿Lo sabe papá?"

Elaine Decker


Vamos a jugar con la cometa


Los padres son especialistas en lanzar piedras, revolcarse en el barro, hacer batallas de agua, trepar al techo, llevar a caballito, hacer carreras de aquí para allá. Los padres son contrabandistas y confidentes.

Helen Thomson


Cuando mi hijo era muy pequeño, alrededor de los cinco o seis años, yo viajaba mucho. Me preocupaba sobremanera la influencia que pudiera llegar a tener esa ausencia en su vida según fuera creciendo, por no hablar de lo que me costaba estar lejos de él y perderme todos los pequeños hitos de su infancia. Pero yo era consciente de lo importante que es para un niño tener a su padre cerca. Mi propio padre, aunque muy presente en mi vida, era callado y más bien reservado, por lo que yo apreciaba sobre todas las cosas los momentos especiales que pasábamos juntos, aquellas ocasiones en las que conectábamos al margen de los rigores de la vida cotidiana, que le robaban tanto tiempo. Yo adoraba aquellos momentos especiales e incluso hoy sigo atesorando esos recuerdos. Decidí que, ya que no podía pasar tanto tiempo como me gustaría con mi hijo, iba a hacer un esfuerzo consciente por crear ese tipo de momentos especiales entre nosotros dos.

Un año tuve que estar en Europa durante la mayor parte del verano, una de las épocas que más me costaba pasar fuera. Mi hijo no tenía clases y, para todas las familias, eran las vacaciones. Mi mujer trataba de suavizar la separación mandándome desde casa pequeños paquetes en los que metía fotos y notitas de mi hijo. En una ocasión me envió una chocolatina con un mordisco y una nota en la que se leía: "Comparto mi golosina contigo".

En una de mis cartas le prometí a mi hijo que le enseñaría a volar una cometa. Iríamos a una playa cercana y la haríamos volar tan alto como fuese posible. En mis viajes yo guardaría cosas para nuestra cometa y se las enviaría. Compré un par de manuales sobre cómo construir una cometa y se los mandé. Encontré madera de balsa y le envié un trozo de cada vez, empaquetado con mucho cuidado. Poco a poco, en cada carta o paquete que enviaba a casa, iba algo para nuestra cometa. Hacia el final de mi viaje, tuve que ir a Japón. Allí di con una preciosa seda azul bordada con hilo de oro. Era un material perfecto para la cometa. Lo envié a casa. Encontré también unos cordeles de colores fuertemente trenzados que resultarían perfectos para la cola. Los mandé a casa, junto con una pequeña figura de Buda que serviría de peso. Le dije que no tardaría mucho, que ya estaba en camino.

Llegué a casa una noche, muy tarde. Me metí en el cuarto de mi hijo y lo encontré profundamente dormido, completamente rodeado de todas las cosas que le había mandado para nuestra cometa.

Toda la semana siguiente la pasamos trabajando en nuestra obra maestra. Disfruté de cada momento. Todos los días había un rato reservado para estar los dos solos, en el garaje, después de cenar.

Al fin, un día la terminamos. Era preciosa. La seda azul la hacía muy elegante, parecía más una cometa de exhibición que un juguete. Hice todo lo que pude para evitar que mi hijo durmiera con ella aquella noche. "No querrás tumbarte encima y romperla, ¿no?" Él, pacientemente, intentó explicarme que no había ninguna posibilidad de que hiciera eso, porque, aunque estuviera profundamente dormido, en el fondo sabría que la cometa estaba allí y dormiría con cuidado. Al final accedió a dejarla en una silla, al lado de su cama. "Mañana iremos a jugar con ella, ¿verdad, papá?"

"Si el tiempo nos lo permite, sí." Le expliqué que se necesita viento para que la cometa se levante del suelo. Sinceramente, tenía miedo que hubiese pasado el buen tiempo. Hasta parecía que iba a llover.


(Continues...)

Excerpted from Sopa de Pollo para el Alma de los Padres by Jack Canfield, Mark Victor Hansen, Kimberly Kirberger, Raymond Aaron. Copyright © 2014 Chicken Soup for the Soul Publishing, LLC, Kimberly Kirberger y Raymond Aaron. Excerpted by permission of Chicken Soup for the Soul Publishing.
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Table of Contents

Contents

Introducción,
1. LAS ALEGRÍAS DE SER PADRE,
El jarrón A. W. Cobb,
Los geranios del amor Harriet Xanthakos,
El ratoncito Pérez Elaine Decker,
Vamos a jugar con la cometa Robert Dixon (según el relato hecho a Zan Gaudioso),
El álbum de fotos Alvin Abram,
El Plato Giratorio Lori Broadfoot,
Papá Laurin Broadbent,
El juez de los tebeos Gary Lautens,
A vueltas con el coche Beth Mullally,
Estoy bien Rabona Gordon,
2. AMOR DE MADRE,
Convertirse en madrastra Janie Emaus,
La otra madre Jewel Sanders,
Vivo con un extraterrestre Janie Emaus,
Un momento para el amor Noreen Wyper,
Cuando duerme Josie Lauritsen,
Definir el amor Eileen Goltz,
Plegaria del ama de casa Sheila Hammock Gosney,
Mi mujer no "trabaja" Gary Lautens,
El don de la vida Beryl Paintin,
La revelación del amor de madre Nicole Smith,
Cibermadrastra Judy E. Carter,
3. AMOR DE PADRE,
Mi rayo de esperanza Robert Dixon (según el relato hecho a Zan Gaudioso),
Verdes palabras ocultas Sarah J. Vogt con Ron Vogt,
Eh, hijo, yo también te quiero D. L. Stewart,
Hace falta un hombre especial para estar en el pellejo de un padrastro Beth Mullally,
La tostadora Judy E. Carter,
Carta a Hacienda Bob Mullen,
Consejos del padre del novio Gary Lautens,
4. CONEXIONES ESPECIALES,
Contra todo pronóstico Elizabeth Enns,
Las ciento una noches atlánticas Jan Meek con Daniel Byles (según el relato hecho a Janet Matthews),
Desde el corazón Nancy McBee,
El bebé de la Marina Janet Matthews con Dan Keenan,
La embajada de la esperanza David Like,
¿Qué probabilidades había? Lou Ogston,
La cuerda que nos une Mary Hiland,
Joey llega a casa Cheryl Kierstead,
5. MOMENTOS ESPECIALES,
Algo que me haga feliz Sharon Palmer,
Una llamada en el Día del Padre George Eyre Masters,
Monstruos debajo de la cama Anne Metikosh,
Mantener la magia Kittie Ellis,
El amor de un niño Brian Locke,
La autoestima a los cinco años Kathrine A. Barhydt,
La ventana C. J. Herrmann,
"Vas a tener un bebé" Louisa Godissart McQuillen,
¡Bienvenido, Levi! Dawn y Tim Johnson,
Hay tanto que aprender Leo Buscaglia,
6. APRENDIZAJES Y LECCIONES,
Verdadera generosidad Elizabeth Cobb,
La sonrisa de Maya Susan Farr-Fahncke,
No soy tu esclava Christie A. Hansen,
El millonario William G. Wood (enviado por Jane Madison),
Sabiduría adolescente Margaret Hill,
Lo que los padres dicen y lo que en realidad quieren decir Andy Skidmore,
El paciente desnudo James Dobson, Doctor en Filosofía,
Los planes del hombre y la risa de Dios Hanoch McCarty,
Mensaje de un ángel de la guarda Joe Tye,
El Día del Padre Cheryl Costello-Forshey,
Creo en los ángeles Wendy Ann Lowden,
7. SUPERAR LOS OBSTÁCULOS,
La luz al final del túnel Bobbi Bisserier,
Mi hijo, mi nieto Debbie Rikley,
El amor difícil gana la partida Marina Tennyson (según el relato hecho a Bill Holton),
La sonrisa de mi hija Lori Thomas (según el relato hecho a Darlene,
Montgomery),
Un corazón entre las sombras Sharon Peerless,
8. SUPERAR UNA PÉRDIDA,
Mi mensaje M. Schneider (según el relato hecho a Zan Gaudioso),
El perdón Mary-Ann Joustra Borstad,
Para siempre en nuestros corazones Diane C. Nicholson,
Nadar con delfines Christy Chappelear Andrews,
El día que murió mi hija Marguerite Annen,
El rosario de Cori Chris Lloyd,
El regalo de Rachel Kevin Hann,
9. DEJARLOS IR,
Viendo cómo me voy Diane Tullson,
El vídeo de la vida Beverley Bolger Gordon,
La separación Doreen S. Austman,
Bailando en la calle Raymond Aaron,
El final de la infancia Ellyn L. Geisel,
Un regalo de Brandon Myrna Flood,
Un mapa de la vida en la puerta de la nevera Beth Mullally,
10. A TRAVÉS DE LAS GENERACIONES,
Cuentos para dormir a través de los kilómetros Ruth Ayers,
El paraguas de Miriam Bill Petch,
El regalo de la abuela Meyer Paula Mathers (según el relato hecho a Bill Holton),
¿Quién es Jack Canfield?,
¿Quién es Mark Victor Hansen?,
¿Quién es Kimberly Kirberger?,
¿Quién es Raymond Aaron?,
Colaboradores,
Permisos,

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