Una voz en el viento

Una voz en el viento

by Francine Rivers

Paperback

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Overview

Esta serie clásica ya ha inspirado a casi más de dos millones de lectores, pero sin duda alguna, tanto los fieles seguidores como los nuevos lectores desearán poseer esta edición del 20 aniversario de este clásico cristiano. El primer libro de la serie La marca del León, Una voz en el viento, transporta a los lectores al primer siglo y les presenta a un personaje que nunca olvidarán: Hadasa. Desgarrada por su amor por un atractivo y elegante aristócrata, esta joven esclava se aferra a su fe en el Dios viviente por la liberación de las fuerzas de la Roma decadente.

Esta edición incluye un prólogo de la casa editorial, una carta redactada por Francine Rivers, un mapa del Imperio Romano c. 117 d.c., un glosario ilustrado, una conversación con Francine Rivers en forma de preguntas y respuestas y una guía de discusión para uso personal o grupal.

This classic series has already inspired nearly 2 million readers, but both loyal fans and new readers will want this 20th anniversary edition of a Christian classic, which includes a foreword from the publisher, a letter from Francine Rivers, a map of the Roman Empire circa 117 AD, an illustrated glossary, a Conversation with Francine Rivers in the form of Q & A, and a discussion guide suitable for personal and group use. The first book in the bestselling Mark of the Lion series, A Voice in the Wind brings readers back to the first century and introduces them to a character they will never forget—Hadassah. Torn by her love for a handsome aristocrat, this young slave girl clings to her faith in the living God for deliverance from the forces of decadent Rome.

Product Details

ISBN-13: 9781496419286
Publisher: Tyndale House Publishers
Publication date: 08/08/2017
Series: La marca del Leon Series , #1
Pages: 544
Sales rank: 1,196,459
Product dimensions: 5.40(w) x 8.20(h) x 1.40(d)

About the Author

Originally a mainstream romance novelist, Francine Rivers became a born-again Christian only after she wrote her bestselling book, Redeeming Love, a novel now considered a classic of Christian fiction. She has published many other Christian fiction books since then, such as The Scarlet Thread, Unveiled, and .

Read an Excerpt

Una voz en el viento


By Francine Rivers

Tyndale House Publishers, Inc.

Copyright © 2017 Francine Rivers
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4964-1928-6



CHAPTER 1

La ciudad se hinchaba bajo el sol ardiente, pudriéndose como los miles de cuerpos que yacían donde habían caído en las batallas callejeras. Un viento caliente y opresivo soplaba del suroriente, impregnado del hedor putrefacto de la descomposición. Fuera de los muros de la ciudad, la Muerte misma esperaba personificada por Tito, hijo de Vespasiano, y sesenta mil legionarios ansiosos por arrasar la ciudad de Dios.

Incluso antes de que los romanos cruzaran el valle de los Espinos y acamparan en el monte de los Olivos, las facciones enfrentadas en el interior de los muros de la ciudad ya habían preparado el camino para su destrucción.

Ladrones judíos, que ahora huían como ratas ante las legiones romanas, habían caído recientemente sobre Jerusalén, asesinando a sus ciudadanos destacados y ocupando el santo templo. Echando suertes por el sacerdocio, habían convertido la casa de oración en un mercado de tiranía.

Siguiendo de cerca a los ladrones llegaron los rebeldes y los zelotes. Dirigidos por líderes rivales — Juan, Simón y Eleazar — las facciones enemigas se propagaron entre los tres muros. Henchidos de poder y orgullo, cortaron Jerusalén en trozos ensangrentados.

Violando el día de descanso y las leyes de Dios, Eleazar atacó la torre Antonia y asesinó a los soldados romanos que estaban en ella. Los zelotes arrasaron, asesinando a miles más que intentaban recuperar el orden en una ciudad enloquecida. Se establecieron tribunales ilegales que se burlaban de las leyes del hombre y de Dios mientras cientos de hombres y mujeres inocentes eran asesinados. Depósitos llenos de maíz fueron incendiados en el caos. Pronto llegó el hambre.

En su desesperación, los judíos piadosos oraban fervientemente para que Roma llegara y atacara la gran ciudad. Esos judíos pensaban que entonces, y solamente entonces, las facciones internas de Jerusalén se unirían en una causa común: la liberación en contra de Roma.

Roma efectivamente llegó y, con sus odiadas insignias en alto, su grito de guerra atravesó toda Judea. Tomaron Gadara, Jotapata, Beerseba, Jericó y Cesarea. Las poderosas legiones marcharon sobre las mismas huellas de los devotos peregrinos que llegaban de todas partes de la nación judía para adorar y celebrar los días sagrados del Festival de los Panes sin Levadura: la Pascua. Decenas de miles de inocentes llegaron en masa a la ciudad y se encontraron en medio de una guerra civil. Los zelotes cerraron las puertas, atrapándolos adentro. Roma continuó hasta que el clamor de la destrucción hizo eco por todo el valle de Cedrón contra los muros de la propia Jerusalén. Tito sitió la antigua Ciudad Santa, decidido a terminar de una vez por todas con la rebelión judía.

Josefo, el general judío de la caída de Jotapata que había sido llevado cautivo por los romanos, lloró y se lamentó sobre la primera pared derribada por los legionarios. Con el permiso de Tito, le suplicó a su pueblo que se arrepintiera, advirtiéndoles que Dios estaba contra ellos, que las profecías sobre la destrucción estaban a punto de cumplirse. Los pocos que lo escucharon y lograron evadir a los zelotes en su huida se toparon con los codiciosos sirios — quienes los diseccionaron en busca de las monedas de oro que supuestamente se habían tragado antes de abandonar la ciudad. Los que no prestaron atención a Josefo sufrieron toda la furia de la maquinaria de guerra romana. Habiendo cortado todos los árboles a lo largo de kilómetros, Tito construyó máquinas de asedio que arrojaron innumerables jabalinas, piedras e incluso cautivos hacia el interior de la ciudad.

Desde el Mercado superior hasta el Acra inferior y el valle de los mercaderes de queso en medio, la ciudad se retorcía con la revuelta.

En el interior del gran templo de Dios, el líder rebelde Juan fundió las vasijas de oro sagradas para sí mismo. Los justos lloraban por Jerusalén, la novia de reyes, la madre de profetas, el hogar del reypastor David. Destrozada por su propio pueblo, Jerusalén yacía abatida e impotente, esperando el golpe de muerte de parte de los odiados gentiles extranjeros.

La anarquía había destruido a Sión, y Roma estaba lista para destruir la anarquía ... en cualquier momento ... en todas partes.


Hadasa sostenía a su madre, con lágrimas quemándole los ojos, mientras quitaba el cabello negro del rostro pálido y demacrado de su madre. Su madre había sido bella alguna vez. Hadasa recordó cómo la observaba mientras se soltaba el cabello hasta que pendía en gruesas ondas relucientes sobre la espalda. Su gloria suprema, decía papá. Ahora era áspero y opaco, y sus mejillas — una vez rubicundas — estaban pálidas y hundidas. Tenía el vientre hinchado por la desnutrición, los huesos de las piernas y los brazos se dibujaban nítidamente bajo la ropa gris.

Hadasa levantó la mano de su madre y la besó tiernamente. Parecía una garra huesuda, floja y fría.

— ¿Mamá?

Ninguna respuesta. Hadasa miró a su hermana menor, Lea, quien dormía en un camastro sucio en una esquina de la habitación. Afortunadamente estaba dormida, olvidándose por un momento de la lenta agonía de la inanición.

Hadasa volvió a acariciar el cabello de su madre. El silencio la cubría como una mortaja caliente; el dolor en el vientre vacío era prácticamente insoportable. Apenas ayer había llorado amargamente cuando su madre le había dado gracias a Dios por la comida que Mateo había logrado conseguir para ellas: el cuero del escudo de un soldado romano muerto.

¿Cuánto faltaba para que todos murieran?

Lamentándose en silencio, todavía podía oír a su padre hablándole con voz firme pero bondadosa: «No es posible que los hombres eviten su destino, aun cuando lo vean de antemano».

Ananías le había dicho esas palabras pocas semanas atrás, aunque ahora parecían una eternidad. Su padre había estado orando toda esa mañana, y ella había tenido mucho miedo. Sabía lo que él iba a hacer, lo que siempre había hecho. Saldría y predicaría a los no creyentes sobre el Mesías, Jesús de Nazaret.

— ¿Por qué tienes que volver a salir y hablarle a esa gente? La última vez casi te matan.

— ¿Esa gente, Hadasa? Son tus parientes. Soy un benjaminita.

Ella todavía podía sentir su suave caricia en la mejilla. Él siguió: — Debemos aprovechar cada oportunidad para decir la verdad y proclamar la paz. Especialmente ahora. Muchos de ellos tienen muy poco tiempo.

Entonces Hadasa se había aferrado a su padre.

— Por favor, no te vayas. Padre, sabes lo que ocurrirá. ¿Qué haremos sin ti? Tnn no puedes traer la paz. ¡No hay paz en este lugar!

— No hablo de la paz del mundo, Hadasa, sino de la de Dios. Y lo sabes. — La abrazó —. Calma, hija. No llores así.

Hadasa no quería soltarlo. Sabía que la gente no lo escucharía; no querían escuchar lo que su padre tenía para decirles. Los hombres de Simón lo cortarían en pedazos delante de la gente como ejemplo de lo que les ocurría a quienes hablaban a favor de la paz. Ya les había ocurrido a otros.

— Debo irme. — Con mano firme pero mirándola con amabilidad, le levantó el mentón —. Independientemente de lo que me ocurra, el Señor siempre estará con ustedes.

La había besado y abrazado, y luego la había apartado de sí para poder besar y abrazar a sus otros dos hijos.

— Mateo, te quedarás aquí con tu madre y tus hermanas.

Sujetando a su madre y sacudiéndola, Hadasa había suplicado:

— ¡No puedes dejarlo ir! ¡Esta vez no!

— Silencio, Hadasa. ¿A quién sirves al protestar así contra tu padre?

La reprimenda de su madre, aunque había sido pronunciada con suavidad, la había golpeado con fuerza. Anteriormente le había dicho muchas veces que cuando uno no sirve al Señor, sin darse cuenta sirve al maligno. Luchando contra las lágrimas, Hadasa había obedecido y guardó silencio.

Rebeca había puesto la mano sobre la barba gris de su esposo. Sabía que Hadasa tenía razón; su esposo tal vez no volvería. Probablemente no. Pero quizás, si era la voluntad de Dios, algún alma podría salvarse gracias a su sacrificio. Una podría ser suficiente. Tenía los ojos llenos de lágrimas y no podía, no osaba, hablar. Porque de hacerlo, temía unirse a Hadasa y suplicarle que se quedara a salvo en la pequeña casa. Pero Ananías sabía mejor que ella lo que Dios quería de él. Su esposo había puesto una mano sobre las suyas y ella había intentado no llorar.

— Recuerda al Señor, Rebeca — había dicho él con solemnidad —.

Estamos juntos en él.

No había regresado.

Hadasa se inclinó sobre su madre en actitud de protección, temerosa de perderla también.

— ¿Madre?

Seguía sin responder. Respiraba superficialmente y tenía un color ceniciento. ¿Por qué tardaba tanto Mateo? Se había ido al amanecer. Seguramente el Señor no se lo llevaría también a él ...

En el silencio de la pequeña habitación, el temor de Hadasa creció. Acarició como ausente el cabello de su madre. Por favor, Dios. ¡Por favor! No le salían las palabras, por lo menos ninguna que tuviera sentido. ¿Por favor qué? ¿Matarlos ahora de hambre antes de que llegaran los romanos con sus espadas o padecieran la agonía de una cruz? ¡Oh, Dios, Dios! Suplicó, en forma desarticulada y desesperada, impotente y llena de temor. ¡Ayúdanos!

¿Por qué habían venido a esta ciudad? Ella odiaba Jerusalén.

Hadasa luchó contra la desesperación que la embargaba. Se había vuelto tan pesada que se sentía como una carga física que la arrastraba hacia un pozo oscuro. Intentó pensar en tiempos mejores, más felices, pero esos pensamientos no llegaban.

Pensó en los meses pasados, cuando habían viajado desde Galilea sin imaginar jamás que quedarían atrapados en la ciudad.

La noche antes de entrar a Jerusalén, su padre había instalado un campamento en una ladera a escasa distancia del monte Moriah, donde Abraham casi había sacrificado a Isaac. Les había relatado historias de cuando era un muchacho que vivía justo afuera de la gran ciudad, y había seguido hablando hasta altas horas de la noche sobre las leyes de Moisés, bajo las que había crecido. Les había hablado de los profetas. De Yeshúa, el Cristo.

Hadasa se había dormido y soñado con el Señor alimentando a los cinco mil en la ladera de una colina.

Recordó que su padre había despertado a la familia al amanecer. Recordó cómo, a la salida del sol, la luz se reflejó en el mármol y el oro del templo, convirtiendo la estructura en un faro en llamas de intenso esplendor que se podía ver desde muchos kilómetros a la distancia. Hadasa todavía podía sentir el asombro que le había producido la gloriosa vista.

— Oh, padre, es tan bello.

— Sí — había respondido él con solemnidad —, pero con mucha frecuencia, las cosas de gran belleza están llenas de gran corrupción.

A pesar de la persecución y el peligro que les esperaban en Jerusalén, su padre había rebosado de alegría y anticipación mientras entraban por las puertas. Quizás esta vez más de sus parientes escucharían; más le darían su corazón al Señor resucitado.

Pocos creyentes del Camino permanecían en Jerusalén. Muchos habían sido encarcelados, algunos apedreados, aún más desterrados a otros lugares. Lázaro, sus hermanas y María Magdalena habían sido expulsados; el apóstol Juan, un querido amigo de la familia, había abandonado Jerusalén dos años atrás, llevando consigo a la madre del Señor. Pero el padre de Hadasa se había quedado. Una vez por año volvía a Jerusalén con su familia para reunirse con otros creyentes en un aposento alto. Allí compartían el pan y el vino, tal como su Señor Jesús lo había hecho la noche antes de su crucifixión. Este año, Simeón Bar-Adonías había presentado los elementos de la cena de Pascua:

«El cordero, el pan sin levadura y las hierbas amargas de la Pascua tienen tanto significado para nosotros como para nuestros hermanos y hermanas judíos. El Señor cumple cada elemento. Él es el Cordero de Dios perfecto que, aunque sin pecado propio, ha cargado sobre sí la amargura de nuestro pecado. Así como a los judíos cautivos en Egipto se les indicó que pintaran con sangre la puerta de su vivienda para que la ira y el juicio de Dios pasaran de largo, de la misma manera Jesús ha derramado su sangre por nosotros para que podamos estar sin culpa delante de Dios en el día del Juicio Final. Somos hijos e hijas de Abraham, porque somos salvos por nuestra fe en el Señor por medio de la gracia ...».

Los tres días siguientes habían ayunado y orado y repetido las enseñanzas de Jesús. Al tercer día, cantaron y se regocijaron, partiendo el pan juntos una vez más en celebración de la resurrección de Jesús. Y cada año, en la última hora del encuentro, su padre contaba su propia historia. Este año no había sido diferente. La mayoría ya había escuchado su historia muchas veces, pero siempre había algunos nuevos en la fe. Era a ellos a quienes se dirigía su padre.

Se ponía de pie, un hombre sencillo con cabello y barba gris, y ojos oscuros llenos de luz y serenidad. No había nada especial en él. Incluso al hablar, era un hombre común. Era el toque de la mano de Dios lo que lo hacía diferente de otros.

«Mi padre era un hombre bueno, un benjaminita que amaba a Dios y me enseñó la ley de Moisés — comenzaba tranquilamente, mirando a los ojos de quienes lo rodeaban —. Era un comerciante en las proximidades de Jerusalén, y se casó con mi madre, la hija de un agricultor pobre. No éramos pobres, y no éramos ricos. Por todo lo que teníamos, mi padre le daba gloria y gracias a Dios.

»Cuando llegaba la Pascua, cerrábamos nuestro pequeño negocio y entrábamos a la ciudad. Mi madre se quedaba con amigos y hacía los preparativos para la Pascua. Mi padre y yo pasábamos el día en el templo. Escuchar la Palabra de Dios equivalía a comer carne, y yo soñaba con ser escriba. Pero eso no ocurrió. Cuando cumplí catorce años, mi padre murió, y como yo no tenía hermanos ni hermanas, tuve que hacerme cargo del negocio de mi padre. Los tiempos eran difíciles, y yo era joven e inexperto, pero Dios fue bueno. Él proveyó para nosotros».

Cerró los ojos. «Luego me enfermé de fiebre. Luché contra la muerte. Podía escuchar a mi madre llorando y clamando a Dios. Señor, oraba yo, no me dejes morir. Mi madre me necesita. No tiene a nadie más y quedará sola; nadie proveerá para ella. ¡Por favor no me lleves ahora! Pero vino la muerte. Me rodeó como una fría oscuridad y me atenazó». El silencio en el aposento era casi tangible mientras sus oyentes esperaban el final.

No importaba cuántas veces Hadasa hubiera escuchado la historia, nunca se cansaba de ella ni olvidaba el poder que tenía. Mientras su padre hablaba, ella podía sentir esa oscura y solitaria fuerza que se había apoderado de él. Ella sintió escalofríos y abrazó sus piernas contra su pecho mientras su padre continuaba.

«Mi madre dijo que unos amigos me llevaban camino a la tumba cuando Jesús pasó por allí. El Señor escuchó el llanto de mi madre y se compadeció de ella. Mi madre no sabía quién era cuando él detuvo la procesión funeraria, pero había muchos con él, sus seguidores, así como enfermos y cojos. Luego ella lo reconoció, porque me tocó y me levanté».

Hadasa quería saltar y gritar de alegría. Algunos de los que la rodeaban lloraban, con el rostro transfigurado de asombro y de gozo. Otros querían tocar a su padre, poner las manos sobre un hombre que había sido sacado de la muerte por Cristo Jesús. Y tenían muchas preguntas. ¿Qué sintió cuando se levantó? ¿Habló con Jesús? ¿Qué le dijo? ¿Qué aspecto tenía?

En el aposento alto, entre los creyentes reunidos, Hadasa se había sentido segura. Había sentido fortaleza. En ese lugar, podía sentir la presencia de Dios y su amor. «Me tocó y me levanté». El poder de Dios podía superar cualquier cosa.

Entonces abandonaban el aposento alto y, cuando su padre conducía a la familia a la pequeña casa donde se hospedaban, resurgía el permanente temor de Hadasa. Siempre oraba para que su padre no se detuviera en el camino y comenzara a hablar. Cuando relataba su historia a los creyentes, ellos lloraban y se regocijaban. Pero entre los no creyentes, era objeto de menosprecio. El entusiasmo y la seguridad que Hadasa sentía junto a los que compartían su fe se disolvía cuando observaba a su padre ponerse de pie frente a una multitud y sufrir su maltrato.

«¡Escúchenme, hombres de Judá! — decía, convocando a la gente —. Escuchen las buenas nuevas que tengo para darles».

Al comienzo escuchaban. Era un hombre mayor y sentían curiosidad. Los profetas siempre eran una diversión. Su padre no era elocuente como los líderes religiosos; hablaba en forma simple desde su corazón. Y la gente siempre se reía y se mofaba de él. Algunos le arrojaban frutas y verduras podridas; otros lo llamaban loco. Había quienes se enfurecían con su historia de resurrección, y le gritaban que era un mentiroso y un blasfemo.

Dos años atrás lo habían golpeado tan fuerte que dos amigos tuvieron que cargarlo hasta la pequeña casa alquilada donde siempre se alojaban. Elcana y Benaía habían intentado hacerlo entrar en razón.


(Continues...)

Excerpted from Una voz en el viento by Francine Rivers. Copyright © 2017 Francine Rivers. Excerpted by permission of Tyndale House Publishers, Inc..
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Table of Contents

Contents

Prólogo de Mark D. Taylor, ix,
Prefacio, xi,
Agradecimientos, xiii,
Mapa: El Imperio romano hacia 117 d. C.,
PARTE I: JERUSALÉN, 1,
PARTE II: GERMANIA, 23,
PARTE III: ROMA, 41,
PARTE IV: ÉFESO, 369,
Epílogo, 497,
Un eco en las tinieblas, capítulo 1, 501,
Glosario, 511,
Una conversación con Francine Rivers, 519,
Guía para la discusión, 523,

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