Esta es la historia del peregrinaje espiritual y conversión de Sharon Koenig, donde describe las lecciones más importantes aprendidas en su viaje. Sharon relata sus experiencias al tratar de encontrar su alma espiritual, viviendo en un mundo material con la vulnerabilidad de sus conflictos, sus triunfos y fracasos, una vida con las que muchos lectores y fans se identificarán.
Esta es la historia del peregrinaje espiritual y conversión de Sharon Koenig, donde describe las lecciones más importantes aprendidas en su viaje. Sharon relata sus experiencias al tratar de encontrar su alma espiritual, viviendo en un mundo material con la vulnerabilidad de sus conflictos, sus triunfos y fracasos, una vida con las que muchos lectores y fans se identificarán.
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Overview
Esta es la historia del peregrinaje espiritual y conversión de Sharon Koenig, donde describe las lecciones más importantes aprendidas en su viaje. Sharon relata sus experiencias al tratar de encontrar su alma espiritual, viviendo en un mundo material con la vulnerabilidad de sus conflictos, sus triunfos y fracasos, una vida con las que muchos lectores y fans se identificarán.
Product Details
| ISBN-13: | 9780718097271 |
|---|---|
| Publisher: | Zondervan |
| Publication date: | 10/24/2017 |
| Pages: | 272 |
| Product dimensions: | 6.00(w) x 9.00(h) x 0.80(d) |
| Language: | Spanish |
About the Author
Sharon M. Koenig es a utora best seller y conferencista internacional, conocida por su habilidad de comunicar profundas verdades espirituales de una manera sencilla y práctica. Sus escritos nacen de la búsqueda personal del verdadero significado de la existencia, motivada por grandes retos que experimentó y superó en su vida. El éxito obtenido con la quinta edición de su libro «Los ciclos del alma: El proceso de conexión» y su mensaje esperanzador, la han llevado a presentarse en importantes foros y medios de comunicación en Estados Unidos y Latinoamérica. “Sharon”, como es conocida en muchos países, se ha dedicado a mantener un vínculo con sus lectores para llevarlos de la mano en su propio proceso espiritual, con la ventaja de la experiencia de haber recorrido varias vertientes filosóficas hasta llegar a una simple conclusión que comparte aclarando dudas y regresando a casa, a un Dios personal, al mismo Padre de Jesús. Las lecciones de ayer, en las palabras de hoy.
Sharon disfruta del diseño, de la escritura, de viajar, leer y aprender más sobre su fe por medio de clases y profundos debates de teología y filosofía, especialmente del misticismo de los primeros cristianos del desierto. Actualmente reside con su hija adolescente en Miami.
Read an Excerpt
CHAPTER 1
Antes del Om
La infancia espiritual es la que sucede cuando no cuestionamos la fe de nuestros padres o el entorno. El bebé está tan identificado con su ambiente que no sabe dónde termina su cuerpo y dónde comienza el de su madre. Se asume que todo está bien, nada que preguntar, nada que indagar, la vida es un eterno ahora donde realmente ni siquiera hacen faltan las explicaciones, por lo que tampoco en ese momento es necesaria una religión que nos lo aclare. Nuestra relación con Dios, si la hay, no es pensada ni pesada, lo tenemos todo, solo flotamos en el agua de la vida, entre sus brazos. Es muy curioso, pero allí en la infancia tampoco existe el tiempo. Recuerdo que en mi primera niñez, las noches se mezclaban con el día en un eterno ahora. Un buen día la sensación de eternidad se terminó bruscamente, cuando mi abuela me dijo algo terrible: «Hoy es tu primer día de clases». El tiempo se mide solo cuando la experiencia es juzgada como una muy buena o como una muy mala. El resto del tiempo se vive sin el recuerdo consciente de lo ocurrido, pero sus relatos grabados continúan influenciando nuestras decisiones desde lo profundo de sus archivos.
No podemos elegir nuestro comienzo, como tampoco podemos elegir dónde caerá la lluvia que llega del cielo. Es por eso que no podemos juzgar sin saber la historia de cada quien, porque nadie puede conocer la historia del otro cuando apenas puede reconocer la propia. Nacemos con libre albedrío, pero lo que elegimos hacer con nuestra libertad está condicionado o bendecido por unas cuantas condiciones predeterminadas, algunas de las cuales no siempre son convenientes; por ejemplo, en qué parte del mundo nos ha colocado la ruleta de la vida, qué genética tenemos, qué condiciones sociales son discutidas en la época de nuestro nacimiento, y con qué ventajas o desventajas hemos nacido. Todo esto sin contar qué tipo de personalidad predomina en nuestra forma de ser o cómo fue la dinámica de la familia. Las ventajas recibidas en el nacimiento ayudan, pero no garantizan la felicidad; conozco modelos hermosas y ricas que son miserables y otras personas con problemas económicos o de apariencia física que son felices. Muchas de nuestras carencias pueden ser nuestras mejores aliadas al motivarnos a incrementar la eficiencia de lo deficiente. La vida tiene una manera integrada de compensar lo que nos falta y de facturar por lo que nos sobra. ¿Cómo seríamos si no tuviéramos imperfecciones, retos ni obstáculos, si supiéramos todas las consecuencias y desenlaces, si tuviéramos acceso directo a todo lo deseado? Existe una cualidad que es elegida, que no está condicionada por nada exterior y que tiene la capacidad de tornar cualquier posibilidad en realidad; esa cualidad sin límites que siempre puede ser invocada se llama fe, la cual es la habilidad de creer en lo que todavía no se ha visto. No hay duda de que cada caída de la que podemos levantarnos nos hace más fuertes en la fe.
* * *
La mayoría de nuestras opiniones se remontan al pasado. Dicen que debido a nuestra inconciencia, el presente es solo un pasado reciclado. La adolescencia y la rebeldía son un intento de romper con lo establecido para encontrar la identidad propia lejos de esas condiciones impuestas por el destino, a fin de elegir opciones por el libre albedrío.
Si creemos en un orden, podemos ver que todas esas aparentes contrariedades son parte de la semilla de un árbol que con ayuda dará fruto, y digo con ayuda porque no importa quiénes seamos, todos nacemos para expresar la imagen de Dios en nosotros, y eso no podemos hacerlo solos. La semilla que no recibe agua y sol, morirá. La rebeldía es como la edad de «los terribles dos»; cuando caí en cuenta de que había un mundo más allá del que podía tocar, me lancé a descubrirlo. Allí comenzaron mis retos, cuando descubrí que mis opiniones no eran necesariamente propias, sino que la mayoría de ellas fueron incubadas en mi mente sin mi consentimiento. Entonces me propuse cambiarlas con el poder de esa palabra tan contundente en el vocabulario del ser humano que es no, o quizás sea basta.
Mientras maduramos también vamos descubriendo que aunque no podemos elegir la entrada, siempre podemos elegir la salida. Si los científicos basan sus descubrimientos en la evidencia, entonces he vivido mis etapas espirituales como un experimento viviente de fe, el cual ha evolucionado y continuará creciendo mientras tenga vida, porque solo dejamos de transformarnos físicamente al morir, y si la vida es eterna, entonces jamás dejaremos de crecer en Dios.
La casa de las brujas
Llegamos a este mundo con una maleta de regalos y otra de retos. Tenemos libre albedrío, pero no podemos elegir dónde y cómo comenzamos ni tampoco con qué. A veces la vida luce tan injusta, algunos parecen llegar con sus bultos llenos y otros con las manos vacías, pero he podido ver que no se trata tanto de dónde comencemos ni con qué, sino de hacia dónde vamos y para qué. Mi vida no me dio la bienvenida con cucharas de plata, bombas de colores y tortas de chocolate. En el verano de 1962, fui recibida por una madre mentalmente desequilibrada, que estaba enamorada de un padre ausente en medio de una relación imposible e «ilegal»; el resultado fue una infancia de abuso.
Cuando niña no buscaba experiencias espirituales sobrenaturales, ellas eran parte habitual de mi entorno. La infancia espiritual es la que sucede mientras vas descubriendo el porqué de las cosas, sucede por osmosis más que por información. A veces me pregunto qué sería de mí si hubiera nacido en un hogar con creencias diferentes. La niñez es total aceptación, no se cuestiona lo aprendido, a pesar de que algunas de sus experiencias sean infortunadas.
El golpe de un duro comienzo en mi vida fue mitigado por la dulzura y la espiritualidad de mi abuela. Estoy convencida de que fui protegida por las bendiciones de sus oraciones, por su fe y por la devoción de sus últimos años. A pesar de los obstáculos, pude lograr muchos de mis sueños. Atribuí esa habilidad especial para alcanzarlos a la serendipia, que es cuando tenemos un encuentro inesperado con algo afortunado mientras se está buscando algo distinto; en realidad se trata solo de una palabra sofisticada para describir la mano de la Providencia, conocida también como la suprema sabiduría de Dios que cuida de la creación y sus criaturas.
Algunas personas comienzan esta etapa de su espiritualidad en hogares donde el concepto de Dios es rígido y definido. El mío fue todo lo contrario, en mi casa pusimos de moda la palabra «pluralidad». El periodo de la infancia espiritual no es medido por la edad; existen personas que son niños en su mente espiritual aunque hayan pasado los cuarenta años. La infancia no tiene un lenguaje literal desarrollado, en esa etapa se habla por medio de metáforas y cuentos de hadas. Cuando los padres necesitan asegurarse de que los hijos no se descarrilen de las creencias de los adultos, el miedo usualmente se vuelve su aliado. La espiritualidad fundamentalista está llena de estos miedos, la fe se consigue por medio de amenazas y castigos: «Si haces esto, Dios te castigará en un infierno eterno». Algunos conceptos de Dios no son muy diferentes a los temibles monstruos de la infancia. Nos asustan con el terrible cuco imaginario que vive en los armarios, una fabricación de los adultos que los pobres niños han aceptado. La culpa y el castigo son los cucos de la infancia espiritual y a veces nos acompañan hasta la vejez.
En vez de ver caricaturas como una niña normal de nueve años, mi distracción predilecta era hablar con los espíritus, lo cual hacía a través de «médiums» o personas que los canalizaban. Fajardo, donde nací, era un pueblo abrazado por el mar al este de Puerto Rico, un lugar muy colorido, a veces con personajes dignos de un circo y otras de un hospital psiquiátrico. Mi casa parecía ser el lugar donde todos ellos convergían, atraídos por la fama del mejor café del pueblo, el cual mi abuela colaba todos los días a las tres de la tarde. Tan bella mi abuelita, con su pelo negro azabache y su mirada humilde y amable, llena de una tristeza permanente que resaltaba sobre su tez color aceituna, testigos de su herencia de las Islas Canarias. Había dos filas de personas en mi casa, una para el café y otra para que mi abuelita les leyera las barajas españolas. Me cuentan que el mejor vidente de Puerto Rico la visitaba, entre otras personalidades de la farándula.
En el momento del café, todos los «locos» del pueblo tenían su lugar de encuentro frente a mi casa. Entre ellos estaba mi favorito, un hombre mayor con facciones de taíno; indígena nativo de Puerto Rico, con piel quemada y pelo lacio peinado con brillantina, que siempre vestía la misma camisa estilo guayabera y tenía un olor característico a sudor mezclado con botánica. Mi amigo, además de una tos intermitente, tenía una pequeña peculiaridad: en el momento menos esperado, comenzaba a brincar convulsamente y sus ojos se quedaban en blanco, luego sus manos comenzaban a moverse por encima de su cabeza como espantando moscas; en ese momento cerraba los ojos y su voz de hombre cambiaba a voz de mujer, dependiendo del día, como si fuera un papel diferente en una obra de teatro. Un día en particular a mi amigo taíno le «entró» mi entidad favorita, decía ser un pirata y aseguraba que había un tesoro escondido debajo de nuestra casa y que estaba atado con cadenas, el espíritu también decía tener sus huesos enterrados allí y lo cuidaba. Uno de mis tíos vivía obsesionado por encontrar el tesoro, había comprado uno de esos artefactos que pueden detectar metales a diez pies de profundidad y caminaba como un extraterrestre desquiciado, con sus enormes audífonos y la máquina que hacía un ruido estridente como el de una radio que no se puede sintonizar. Para completar la leyenda, mi tío decía haber escuchado las cadenas por la madrugada; de más está decir que vivía aterrada y no dormía por las noches saltando por cada sonido extraño que escuchaba. Dormía en posición fetal con la espalda hacia la pared, lo hacía para prevenir ser atacada por el pirata, todavía duermo de la misma manera, pues las costumbres son difíciles de erradicar. Mi única defensa era una Virgen Milagrosa; mientras otros niños dormían con una muñeca o un lindo oso de peluche, yo dormía con una dura imagen de la Virgen que tenía un manto azul de yeso y sus brazos estaban eternamente extendidos, también le faltaba un ojo, pero para mí, ella era la única protección en la casa de las brujas.
La Virgen Milagrosa figuró en mi vida desde mi nacimiento, quizás desde antes. Me contaba mi abuelita que el día del parto de mi mamá estuve a punto de morir, aparentemente nací con la placenta cubriendo mi cara. Esta es la descripción más gráfica que guardo en mi memoria, aunque probablemente exista una más científica de lo que realmente sucedió esa noche. Cuando las horas pasaban y mis latidos se silenciaban, mi abuelita oraba y pedía la intercesión de esa misma Virgen para que salvara mi vida; de seguro escuchó sus ruegos, porque nací con la cara azul, no por ser el color del manto de la Virgen, sino por la falta de oxígeno. Quizás la misma Virgen de azul me salvara de la muerte una vez más antes del parto, cuando mi papá le sugirió la idea a mi mama de que se hiciera un aborto. Al menos alguien en el cielo estaba interesado en que yo naciera ...
Unos tres años más tarde, la Virgen se convirtió en la señora de azul invisible que «hablaba conmigo» y me brindaba compañía flotando en el aire frente a la ventana del multipiso en Nueva York, donde viví con mi mamá por corto tiempo antes de regresar a Puerto Rico para vivir con mi abuela a los cuatro años. Contaba mi madre que todos los días decía ver a la señora de azul mientras señalaba el cielo vacío, pero yo nada recuerdo.
* * *
Entre otras particularidades, a los doce años me decían que era la orgullosa heredera de una tercera generación de iniciadas; pertenecíamos a una extraña hermandad secreta esotérica, primero mi abuela, luego mi mamá y algún día yo sería la próxima. No quería esperar, pero mi abuela guardaba celosamente sus lecciones, unos panfletos con extraños símbolos egipcios que en ese momento estaban terminantemente prohibidos para mí. Nadie sabía que a escondidas ya había leído suficiente material para darles una clase de ciencias ocultas a todos, hasta una fecha que no olvidaré, porque el gran día de la iniciación de mis lecciones a escondidas había llegado. Necesitaba estar a solas, a oscuras frente a un espejo, luego con una vela encendida me tocaba llamar a mi guía espiritual, un espíritu; era el gran día de conocerlo. Tenía que mirar la vela fijamente y desenfocar la vista para poder ver el mundo de la cuarta dimensión. Me armé de valor y aunque me temblaban las rodillas, ya estaba en trance cuando algo se cayó y vi una sombra, o me la imaginé, y corrí tan fuerte y tan lejos como pude; fue mi último intento con la sociedad oculta. Mi mamá, por su lado, continuaba con sus iniciaciones, ella misma me cuenta que se inició cuando estaba esperando mi nacimiento, eso puede explicar la mayoría de mis rarezas.
Mi hermano, que era hijo del primer matrimonio de mi mamá y me llevaba nueve años, me decía cómo un día en una de las supuestas iniciaciones de mi mamá salieron luces de un gran espejo que había en su cuarto; por su parte, mi mamá contaba que su ejercicio era entrar con el alma dentro del espejo. En esa época también mi hermano dibujaba los elefantes voladores de la portada del disco de metálica Osibisa y sus paredes estaban adornadas con pintura fosforescente; él experimentaba con los alucinógenos del momento, así que no está claro si las visiones fueron resultado de sus efectos.
Como mi realidad no era la que quería, yo misma buscaba inventar una nueva. Si no estaba hablando con espíritus, estaba aprendiendo a ser vidente; cuando mi abuelita leía las barajas españolas, aseguraba ver todo como una película dentro de una vasija de cristal llena de agua que colocaba en medio de la mesa. Ella no cobraba por sus servicios de vidente, recibía donaciones y solo colocaba una moneda de la persona en el centro de la mesa. Yo era como una bruja aprendiz que nunca levantó su vuelo en la escoba, porque entre otras cosas, jamás pude aprender cómo encender el televisor del futuro que se encontraba dentro de aquella vasija de agua. Mientras que mi abuela decía ver las imágenes dentro del agua y fuera de ella, mis antenas, por el contrario, nunca se desarrollaron. En otra ocasión nos visitaron unos conocidos espiritistas y fui testigo de una verdadera sesión en mesa redonda. Recuerdo a una de las señoras, que era gruesa y con voz casi varonil. En medio de su trance, me señaló diciendo que yo era víctima de un terrible ataque psíquico por parte de una hechicera del pueblo. ¿Saben por qué pienso que a pesar de todo he tenido buena suerte? De seguro, la razón fue los cientos de baños de miel y yerbabuena que mi abuela me echaba por la cabeza a la hora del baño, para contrarrestar los hechizos. Si antes no dudaba que existieran los espíritus, en la adolescencia tuve una fase en la que dejé de creer en todo lo sobrenatural. Un buen día llegó el amigo taíno, el señor que era médium, y mientras estaba en su trance le dije que todo era un cuento, que era un mentiroso y muy buen actor. Quizás sea por esa razón que de adulta no haya sido muy creyente en los conferenciantes ni en los libros canalizados por espíritus que hablan del más allá por medio de otros, lo que en esta época se ha convertido en algo bastante común.
No todo fue espiritismo en mi casa de las brujas. Una de las más lindas memorias que tengo de mi abuela es cuando me sentaba a leer con ella una enorme Biblia ilustrada que tenía unas pinturas hermosas sobre las historias sagradas, como en el Renacimiento. La imagen de Moisés abriendo el mar Rojo todavía está en mi subconsciente. Los viernes santos eran realmente santos, y en el pueblo nos quedábamos en nuestras casas mientras que la Procesión pasaba justo frente a mi puerta, con un vía crucis escenificado con látigos y pintura como la sangre. Ese día me quedaba con mi abuela mientras veíamos las películas de la vida de Jesús. Salir el viernes santo era atraer una maldición; abuela contaba cómo las peores catástrofes sucedían a aquellos que osaban violar el viernes santo yéndose a la playa. Las visiones de ahogados y accidentados eran suficiente motivación para quedarme en casa. Teníamos que esperar hasta el domingo y solo podíamos comer «pescao y arepa».
(Continues…)
Excerpted from "Desde Om Hasta Amen"
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Copyright © 2017 Sharon M. Koenig.
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