Esperanza en tiempos de oscuridad: Experiencia de un Salvadore-o Americano

Esperanza en tiempos de oscuridad: Experiencia de un Salvadore-o Americano

by Randy Jurado Ertll

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Overview

Randy Jurado Ertll, un salvadoreño americano, creció en el Sur Centro de Los Ángeles a fines de los años 1970 y durante los 80, y también vivió en El Salvador cuando era un niño, así como en Rochester, Minnesota, Washington, D.C., y en Alexandria, Virginia. En cada una de estas ciudades presenció la dinámica y retos de la comunidad Latina. Porque ha vivido y trascendido las luchas, es capaz de captar una imagen realista y compasiva de la comunidad Latina a través de esta experiencia convincente narrada en este poderoso libro.

Product Details

ISBN-13: 9780761851950
Publisher: Hamilton Books
Publication date: 09/23/2010
Pages: 90
Product dimensions: 6.05(w) x 9.16(h) x 0.28(d)

About the Author

Randy Jurado Ertll Fue Director de Comunicaciones / Asistente Legislativo de la congresista Hilda Solís en el Capitolio en Washington D.C. Ha publicado artículos de opinión en diversos periódicos como La Opinión, Los Angeles Times, Houston Chronicle, La Prensa Grafica, San Diego Union Tribune, La Revista Progresista, y muchos otros. Ha sido entrevistado por NPR, CNN, PBS, Christian Science Monitor, por las redes de Univisión y Telemundo. Estudió en la universidad Occidental College, donde se especializó en Ciencias Políticas con énfasis en español.

Read an Excerpt

Esperanza en Tiempos de Oscuridad

Experiencia de un Salvadoreño Americano


By Randy Jurado Ertll

Rowman & Littlefield Publishing Group, Inc

Copyright © 2010 Hamilton Books
All rights reserved.
ISBN: 978-0-7618-5195-0



CHAPTER 1

La historia de un salvadoreño americano


Huir de una guerra civil para aterrizar en otra no es lo que espera un niño de cinco años de edad.

Mi madre sufrió muchas dificultades. Ninguna fue tan terrible como cuando la deportaron a El Salvador llevando en brazos a un bebé de ocho meses. Había sido arrestada mientras trabajaba en una fábrica en el centro de Los Angeles por agentes federales de inmigración, a quienes no les interesó en lo más mínimo que tenía un bebé. Las leyes de inmigración eran y siguen siendo inhumanas.

Me dijeron que cuando aterrizamos en El Salvador, mis abuelos nos esperaban y que yo extendí mis brazos para abrazar a mi abuelo. Hoy no puedo recordar su cara; falleció pocos años después. Pero sí recuerdo sus enseñanzas sobre el amor, la humildad y el trabajo arduo. Fue la versión salvadoreña de César Chávez. Creía en la equidad y la justicia para la clase trabajadora. Todavía recuerdo su funeral y que arrojé a su tumba un puñado de tierra, a modo de decir adiós.

Mis abuelos tenían once hijos aparte de mi madre. Mi abuelo era carpintero y agricultor. Trabajó la tierra toda su vida y crió a sus hijos e hijas bajo condiciones de extrema dificultad. Fue un hombre de honestidad e integridad. Mi abuela representa la lucha de la mujer salvadoreña, siempre trabajando para mantener a sus hijos. La cruel guerra civil se llevó uno de ellos: mi tío fue torturado y luego asesinado. Jamás hallaron su cuerpo. Hasta el día de hoy, mi abuela espera su regreso preguntando una y otra vez "¿dónde está mi hijito?"

Hace siglos, los colonizadores españoles establecieron un sistema de explotación basado en la propiedad de grandes parcelas de tierra donde los indígenas y mestizos de la clase campesina trabajaban bajo condiciones agotadoras para sólo sobrevivir. Pero los indígenas de El Salvador (los pipiles) resistieron durante muchos años la conquista española, mientras otros pueblos ya habían sido convertidos al catolicismo y aceptado las tradiciones impuestas. Desafortunadamente, los soldados españoles estaban mejor armados, transmitían enfermedades fatales y finalmente vencieron a los pipiles. A pesar de la derrota, los pipiles, ahora salvadoreños, conservaron su indómito espíritu de resistencia.

Después de ganar su independencia de España y durante breves años, los cinco países de Centroamérica estuvieron unidos en una federación, que poco después se desmembró. Los países de la Federación Centroaméricana adoptaron los ejemplos de la política y economía de España, donde dominaban unos pocos individuos ricos, los oligarcas, propietarios de la mayoría de las tierras, para crear una desigualdad de clases. Esta estructura se repitió y afianzó durante el siglo XX y rige hasta la actualidad en El Salvador.

Con esa base y un desarrollo económico insuficiente, el decenio de 1970 fue marcado por la desesperación y la crisis energética de Estados Unidos que significó el fin del financiamiento de programas de desarrollo estadounidenses que beneficiaban a los ciudadanos más desfavorecidos de El Salvador. Entre ellos estaba la Alianza para el Progreso, que había creado el Presidente Kennedy con el propósito de proporcionar alimentos y otros recursos básicos a los países más pobres de América Latina para contrarrestar la influencia comunista. Los gobiernos de estos países habían tenido que implementar políticas y reformas impuestas por los Estados Unidos. Algunos, sin embargo, se negaron a aplicar algunas reformas. Además, los recursos de la Alianza para el Progreso fueron desviados para ayudar a financiar la guerra en Vietnam. El programa llegó a su fin en 1973.

Durante esa década miles de jóvenes estudiantes, profesores, intelectuales, trabajadores y campesinos se sintieron cada vez más decepcionados del gobierno salvadoreño. Varios futuros comandantes de la guerrilla del FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) eran aquellos estudiantes que asistían a la Universidad Nacional de El Salvador o UCA (Universidad Centroamericana), que tenía influencia jesuita. Allí se involucraron políticamente en un esfuerzo por mejorar las vidas de los más desfavorecidos.

Mientras muchos creían que estos hombres y mujeres jóvenes eran influidos por las teorías socialistas y comunistas de Rusia, China, Vietnam o Cuba, otros consideraban que estos jóvenes intelectuales simplemente buscaban una sociedad más justa. Aún así, muchos activistas políticos creían que la justicia social solamente podía lograrse a través de la lucha armada. Una gran cantidad de ellos perdió la vida en su lucha por lograr un cambio político acorde con sus ideologías.

Esta guerra significó doce años de muerte y destrucción que dejó momentos imborrables para todos los salvadoreños. Todos ellos, de una u otra manera, sufrieron el dolor de perder a algún ser querido. Muchos guerrilleros en toda América Latina se habían enamorado de las teorías políticas de Fidel Castro y el Che Guevara. Después se supo que la muerte de "El Che" se debió a una traición en Bolivia. Che creía en la ayuda al desválido, al que menos tiene, y dio su vida por la revolución. Su muerte fue cruel y solitaria.

Las guerrillas salvadoreñas generalmente no tomaron en cuenta que en Estados Unidos un presidente republicano, Ronald Reagan, iba a determinar el curso de su política exterior en la próxima década. Reagan no tenía paciencia para los llamados agitadores comunistas y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para detener esa amenaza. Reagan llegó a conocerse como un líder dispuesto a utilizar cualquier tipo de fuerza para detener el comunismo.

Yo era un niño en aquellos años; mi mundo era un lugar mágico lleno de árboles, pájaros, montañas y un hermoso arroyo que corría cerca de nuestra casa en el campo de Usulután, El Salvador. De vez en cuando mi madre me llevaba a San Salvador mientras trabajaba en los Almacenes Siman, pertenecientes a una familia de inmigrantes de Palestina. Muchos inmigrantes palestinos y libaneses (del medio oriente) se establecieron en El Salvador y son famosamente conocidos como "los turcos." Mi madre, con su ejemplo, me enseñó la ética del trabajo arduo, a ser una persona honesta y a creer siempre en mí mismo.

Todavía recuerdo el olor de los frijoles fritos, nuégados del Mercado Central y el olor a diesel de los autobuses, de la fusión de los olores del mercado y las señoras que gritaban a todo cuello sus ofertas. Algunas de ellas siguen trabajando en el Mercado hasta el día de hoy. Por supuesto, han envejecido. Se puede ver como el sol ha arrugado su piel y la guerra civil se llevó su optimismo.

El Salvador sigue siendo un país animado y activo. Su gente tiene reputación de fuerte y trabajadora, por lo que Japón, Taiwán y otros países han invertido para sacar el máximo partido de su mano de obra barata y eficiente. Por supuesto, uno podría argumentar que los pobres son explotados mientras las empresas multinacionales y los inversores extranjeros se enriquecen con su labor.

La mentalidad de la colonización y la explotación económica no han cambiado mucho desde la llegada de los españoles. Miles de salvadoreños son explotados en las maquilas, donde se les obliga a trabajar muchas horas con poca remuneración y ningún beneficio. Eso es lo que ha creado el capitalismo global. A la mayoría de los trabajadores se les paga menos de cinco dólares por día. Nada de seguro médico ni vacaciones. Muchos de los trabajadores de las maquilas denuncian un sinfín de violaciones. La explotación del pueblo salvadoreño tiene raíces históricas.

El Salvador se distinguió, entonces, como un país que inicialmente logró resistir la colonización española. Pero el derrame de sangre no terminó ahí. En 1932, más de 30,000 indígenas fueron asesinados durante La Matanza. El general Maximiliano Martínez decidió ponerle un fin a la influencia y actividades comunistas y dar un ejemplo al haber capturado al lider campesino Farabundo Martí. Usó la amenaza del comunismo como excusa para erradicar a la gente indígena de El Salvador y para justificar el robo de sus terrenos.

La violencia de conquistadores españoles como Pedro de Alvarado en el siglo XVI fue repetida por el ejército salvadoreño en la década de 1930. Pedro de Alvarado fue un conquistador cruel y sin corazón. Disfrutaba de la tortura y muerte de la población indígena. Esa historia, cruel y violenta, creó las condiciones para lo que iba a venir en la década de 1980.

Afortunadamente para mí, mi madre ya había decidido traerme de vuelta a Estados Unidos. Pero antes de regresar a Estados Unidos, el 28 de febrero de 1977 asistimos a una protesta en la Plaza de Libertad. Aquel día, cientos de civiles inocentes fueron asesinados a tiros por los militares. Rápidamente retiraron todos los cuerpos. Usando mangueras, limpiaron la sangre de las aceras y calles. Al día siguiente el país seguía como si nada hubiera ocurrido. Los sobrevivientes no podían denunciar ni quejarse, porque de lo contrario correrían la misma suerte. Los escuadrones de la muerte ya existían en el decenio de 1970.

Mi madre se salvó de la masacre. Buscó la seguridad. Regresó a Estados Unidos para tratar de obtener su residencia permanente. La situación había cambiado desde su deportación. En 1965, el Presidente Johnson había firmado la Ley de Inmigración y Nacionalidad. El Presidente John F. Kennedy y el senador Edward Kennedy también tomaron parte en la aprobación de leyes favorables a los inmigrantes, una legislación histórica que benefició a millones de familias.

Bajo las nuevas leyes de inmigración vigentes y gracias a que yo había nacido en Estados Unidos, mi madre pudo obtener la residencia.

Mi mundo de los árboles, los pájaros, la naturaleza y la belleza desapareció en un instante aquel día de 1977. Mi abuelo ya había fallecido y mi abuela, tías y tíos no querían que yo volviera a Estados Unidos, pero mi madre insistió. Un día apareció sin previo aviso para traerme de vuelta aquí. Mi tía nos acompañó a la estación de autobuses. A partir de allí, seguimos solos al aeropuerto de San Salvador.

Todavía recuerdo que me llevaron a la estación de autobuses en El Tránsito con engaños. Lloré y acusé a mi tía de que no me amaba de verdad por haber permitido que me llevaran. De tanto llorar, me quedé dormido camino al aeropuerto de San Salvador.

Recuerdo subir al avión con mi madre y luego preguntarle por qué el avión no se movía. En el vuelo probé por primera vez la soda 7-Up. Estaba fascinado por las pequeñas burbujas que llenaban mi vaso. Me recordaban las chibolas o canicas de mis juegos en Usulután. Esas burbujas de aire me intrigaban. Antes de salir de San Salvador, le regalé todas mis chibolas a mi mejor amigo Albertito, quien había crecido conmigo en el vecindario conocido por el nombre de Mejicanos el cual está ubicado en San Salvador. Le dije que las guardase para que cuando yo volviera, podamos jugar juntos de nuevo. Pero Albertito desapareció durante la guerra civil, todavía niño. Es que los más jóvenes frecuentemente eran reclutados a la fuerza para combatir. Muchos fueron asesinados.

En el Aeropuerto Internacional de Los Angeles una tía nos recogió; fuimos a vivir con ella al bulevar Crenshaw, cerca de Wilshire. Yo estaba en una pesadilla. Me matricularon en un centro preescolar; yo lloraba todos los días porque ni comprendía ni hablaba el inglés. Los maestros no eran tolerantes y a veces me maltrataban. Uno de ellos me pegó cinta adhesiva en la boca para que dejara de llorar. Los adultos a veces pueden ser inhumanos y abusivos con los niños desamparados. No sabían que yo era un ciudadano de estadounidense, nacido en este país. Algunos maestros amenazaron con llamar a "la Migra", a los agentes de inmigración, para que me llevaran lejos, donde no les molestase mi llanto.

La tía con la que vivíamos estaba casada con un estadounidense muchos años mayor que ella. Por una "tarjeta verde", para obtener sus documentos legales, se sacrificó y vivió con Charles. El era un tacaño terrible. Todo lo guardaba bajo llave. Le exigía que comiera fruta podrida y que se bañara con la misma agua que él ya había utilizado.

A veces Charles me llevaba a la escuela, pero había días en que yo me negaba a ir. Un día trató de obligarme a permanecer en la escuela y accidentalmente le rompí uno de los botones de su camisa de manga larga.

En la puerta de mi jardín de infancia recuerdo la imagen de un payaso con globos coloridos. Yo odiaba aquel lugar. Aquella imagen no significaba la felicidad. Los payasos me daban mucho miedo. En San Salvador, algunos se vestían de payasos y subían a los autobuses para pedir dinero para poder comer y hacían chistes. En lugar de encontrarlos o graciosos, me asustaban.

En la escuela me imaginaba que podía volar lejos, como Superman. Tenía una chaqueta roja que con el uso de mi imaginación, me ayudaba a volar. Pero estaba atrapado y yo sabía que era una fantasía. Aquella escuela y una nueva familia me habían atrapado. Me hacía falta mi abuela, sus abrazos y su café. Me hacía falta verla con su delantal. Yo era su favorito. Mi familia me trataba como un príncipe, allí, en Usulután. Me queda la imagen de mi abuela llorando al darse cuenta que me iba. Sólo repetía "te quiero mucho, mi hijito".

Después llegué a Estados Unidos, sin protección y sin hablar inglés. Me faltaba el campo y la libertad de admirar la naturaleza. En Los Angeles estaba desprotegido.

Claro, mis recuerdos de El Salvador eran previos a la década de 1980. Ya habían ocurrido algunos enfrentamientos violentos, pero la guerra civil se hizo oficial en 1980, cuando los cinco grupos guerrilleros se unieron y declararon la guerra al gobierno. La temida pesadilla comenzó. El olor de la sangre y podredumbre, los cadáveres sin cabeza pronto llenaron las carreteras de este país que había sido hermoso. La guerra civil salvadoreña, la pesadilla, terminó oficialmente el 16 de enero de 1992, con la firma de los Acuerdos de Paz de Chapultepec en México.

CHAPTER 2

El lado oscuro


Mi madre pensaba que había dejado la guerra atrás. Pero no pasó mucho tiempo y la reencontró en las calles de Los Angeles.

Después de vivir por un par de meses en la avenida Crenshaw y el bulevar Wilshire, tuvimos que mudarnos a la esquina de la Calle 41 y Hoover, en la tristemente célebre zona del Sur Centro, que hoy se conoce como el Sur de Los Angeles, el hogar de dos de las más grandes pandillas del país, los Crips y la Calle 18. Una de mis tías vivía allí y quería que fuésemos sus vecinos.

No sabíamos que nos mudábamos al "lado oscuro", nombre que respondía tanto a la elevada tasa de delincuencia como a la falta de alumbrado público. Fue un infierno. Durante la noche o la madrugada no se podía ver nada excepto lo que alumbraba la luna. Durante los fríos inviernos una brisa congelaba los huesos.

Era 1979. Semanas después de nuestra mudanza un cholo latino fue asesinado mientras hablaba desde un teléfono público. Mi madre cruzó la calle corriendo con una botella de alcohol en la mano para darle primeros auxilios. El lloraba con una terrible desesperación y buscaba a su madre. Minutos después murió. Yo tenía seis años; iba al primer grado. No podía comprender lo que había ocurrido, pero todos a mí alrededor estaban paralizados del horror. Pero poco a poco, la violencia se convirtieron en una rutina en mi vecindario. El temor y la confusión en nuestras vidas se asentaron permanentemente. Muchas familias tenían que dormir sobre los pisos de sus casas por los frecuentes tiroteos entre diferentes pandillas que ocurrían casi todas las noches. En este ambiente de incertidumbre la juventud se enfrentaba con problemas que no correspondían a su corta edad. Si los confrontaban, o bien terminaban vencidos o se hacían más fuertes. En un vecindario violento, la mayoría de los niños adoptan una actitud de supervivencia, de desafío. Algunos, ya a una temprana edad empiezan a decir "si te metes conmigo, moriras". El concepto de respeto cambia de significado, toma una ruta diferente, en medio de la violencia y de las actitudes de resistencia, con la supervivencia como único fin.

Mi madre me matriculó en la escuela primaria Menlo Avenue, bajo el nombre de Randy Jurado. Esa fue mi identidad: Jurado, mi lado salvatrucha, guanaco. El término "guanaco" se utiliza de manera despectiva con la intención de insultar. Pero también puede ser positivo, como "el orgullo guanaco".

El lado Ertll, el de mi padre, desapareció de mis documentos, aunque la secretaria de la escuela Menlo lo vio impreso en mi certificado de nacimiento. No le hizo caso. Recién en la escuela de Rochester, Minnesota, un empleado de la oficina del distrito escolar tuvo la delicadeza de inscribirme bajo mi nombre correcto.


(Continues...)

Excerpted from Esperanza en Tiempos de Oscuridad by Randy Jurado Ertll. Copyright © 2010 Hamilton Books. Excerpted by permission of Rowman & Littlefield Publishing Group, Inc.
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Table of Contents

Chapter 1 Prólogo por Ramón C. Cortines Chapter 2 Agradecimientos Chapter 3 Introducción: Crecer en el Sur Centro de Los Ángeles Chapter 4 1. La historia de un salvadoreño americano Chapter 5 2. El lado oscuro Chapter 6 3. ¿Se Pueden llevar bien los latinos y afro americanos? Chapter 7 4. El programa A Better Chance Chapter 8 5. Los años en Occidental College Chapter 9 6. Disturbios de Los Ángeles,1992: sigue ardiendo el fuego en Los Ángeles Chapter 10 7. El movimiento del medio ambiente Chapter 11 8. SAL-PAC y la nueva generación de salvadoreños americanos: Superación de los estereotipos negativos Chapter 12 9. La búsqueda de mis raíces Chapter 13 10. Del Sur de Los Ángeles al Capitolio en Washington Chapter 14 11. Como llegué a trabajar para SANN y el Distrito Escolar Unificado de Pasadena Chapter 15 12. ¿Cómo ganar una elección en Maywood en el sureste de Los Ángeles? Chapter 16 13. El Centro de Acción Social Chapter 17 14. American Me, The Sopranos y el National Geographic Channel Chapter 18 15. Perseverancia Chapter 19 16. Las lecciones aprendidas, el futuro y una conclusión

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