Fernando el Temerario

Fernando el Temerario

by Jose Luis Velasco

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Product Details

ISBN-13: 9788483430323
Publisher: Bambu
Publication date: 11/01/2008
Series: Grandes Lectores Series
Pages: 168
Product dimensions: 5.70(w) x 8.20(h) x 0.50(d)
Age Range: 12 Years

About the Author

José Luis Velasco is an award-winning author of several books for children and adults.

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Fernando el Temerario


By José Luis Velasco

Editorial Bambú

Copyright © 1990 José Luis Velasco
All rights reserved.
ISBN: 978-84-8343-184-9


CHAPTER 1

El mensajero


Ahora, cuando ha pasado tanto tiempo desde la gran batalla y mis ojos apenas perciben ya la luz, me pongo a escribir sobre algunos recuerdos, tan antiguos, que casi se han borrado de mi memoria. Quisiera que quienes leyeran estas líneas en años venideros pudieran sacar algún provecho de ellas para su propia vida. Tan solo es ese mi propósito al comenzar la deshilachada crónica de mi mocedad. He pasado muchas vicisitudes de la fortuna. Hoy, en todos los rincones de este reino de Castilla, me conocen como el Caballero de Alarcos, pero hubo un tiempo en que sólo fui un pobre chiquillo perdido por los campos de La Mancha ...

Lo recordaré siempre. La noche del 12 de julio de 1195, me desperté sobresaltado en la madrugada. Los truenos retumbaban en el páramo como carretas que se despeñasen desde el cielo y la luz de los relámpagos iluminaba nuestra pobre casa lo mismo que si fuese de día. El violento aguacero se colaba por la techumbre de paja y el olor a campo mojado se extendía por toda la estepa.

Me levanté de un salto, pero no a causa de la tormenta. Entre el fragor de los truenos había escuchado otra cosa que me alarmó: las pisadas de un caballo al galope aproximándose a nuestra casa. Dejé el montón de paja donde dormía junto a mi padre y corrí hacia el ventanuco. A la luz de un cegador relámpago vi a un jinete solitario que avanzaba hacia nuestra vivienda. O se había perdido en la planicie o venía en busca de mi padre. Siempre que un jinete se aproximaba a nuestra puerta era para traernos desgracias.

–¡Padre! ¡Padre, despertaos! –le dije, mientras zarandeaba su cuerpo huesudo.

Se incorporó soñoliento.

–¡Un hombre a caballo viene hacia aquí!

Al oír aquello, mi padre se puso en pie al instante para precipitarse hacia el ventanuco. Con los fulgores de la tempestad pude ver su cara barbuda traspasada por la preocupación.

El jinete, que se guarecía de la lluvia con un manto provisto de un gran capuchón, se había detenido ya frente a nuestra casa. La piel del jadeante caballo brillaba cada vez que una centella cruzaba el firmamento. El hombre descabalgó.

–¡Abrid! –gritó con voz imperiosa–. ¡Abrid en nombre del rey!

Mi padre, completamente azorado, tomó el candil y abrió la desvencijada puerta de tablas. El desconocido se aproximó chapoteando en el lodo. Tuvo que agacharse para poder traspasar la puerta, tan alto era. Mis ojos de niño se fijaron en aquella cara, que se ha quedado grabada en mi memoria durante ochenta años. Su barba era enmarañada y grasienta, una gran cicatriz morada le cruzaba el rostro y le faltaba un ojo. Le echó una mirada torva a la única pieza de nuestra vivienda. Las goteras caían por todas partes y nuestras dos gallinas se habían despertado.

–¿Tienes algo de comer? –fue lo primero que dijo dirigiéndose a mi padre.

–No, señor ...

Y era verdad, pues aquella noche no habíamos cenado.

Miró las gallinas.

–Mata una ...

– Lo haré, señor –respondió mi padre–. Pero, ¿cuál es la causa por la que tengo el honor de que piséis mi casa?

El hombre, sin decir nada, se sentó sobre el montón de paja donde dormíamos y, del interior de su manto chorreante, sacó un rollo de pergamino bastante arrugado. Se lo tendió a mi padre.

–Lo siento, señor, pero no sabemos leer ... Ni yo, ni mi hijo ...

Entonces, el mensajero nos miró con su único ojo, que era terrible.

–Leedlo vos si os place –le dijo mi padre.

El visitante lanzó un gruñido y meneó la cabeza, indicando que él tampoco sabía de letras.

–Al menos conoceréis su contenido ...

–Desde luego ... es una orden para que todos los siervos que viven en las tierras del rey se incorporen a sus huestes ...

Mi padre, con un gesto instintivo, me cogió por los hombros y me apretó contra su cuerpo.

–¿Hay ...? ¿Hay otra vez guerra contra los árabes?

El recién llegado le miró a los ojos con expresión de burla y de desprecio.

–¡Labriegos ignorantes! ¡Nunca os enteráis de nada! Un gran ejercito musulmán, compuesto por muchos miles de hombres, desembarcó en Tarifa a primeros de este mes y se dirige hacia aquí en son de guerra ... Ya se encuentra a pocas jornadas de estas tierras ... Nuestro señor, don Alfonso VIII, que Dios guarde, le va a presentar batalla en el cerro de Alarcos, frente al castillo ...

Vi cómo en el rostro de mi padre se reflejaba una gran angustia.

–¡Señor, yo no podré ser útil en la batalla! Tengo treinta y ocho años, pero los padecimientos que he pasado en la vida hacen que ya sea como un viejo ... Tengo que cuidar de mi hijo ... Vivimos solos él y yo intentando sacar de esta tierra algo de provecho ...

–¿Y tu mujer?

–Murió hace ocho años, al nacer el muchacho ...

Nos miró con su ojo rojizo.

–Las cosas son como son ... –replicó después con voz ronca–. Dentro de tres jornadas deberás estar en el castillo, con tus armas y comida para tres días. No puedo decirte otra cosa ... Ahora, mata esa gallina.

Mi padre apretaba con tanta fuerza mi hombro, que casi me hacía daño. Su mirada impotente brillaba a la luz del candil. A mí se me hizo un nudo en la garganta y le dije:

–No os preocupéis, padre. ¡Yo iré con vos!

Después de un largo silencio, me contestó.

–Tú tienes que quedarte aquí cuidando de la casa ...

Eso me dijo cuando yo contaba sólo ocho años.

Mi padre mató la gallina, encendió el hogar y la asó. El terrible mensajero, después de hartarse de comer, se tumbó con toda su ropa mojada sobre nuestro montón de paja. Poco después, sus ronquidos se oían tanto como los truenos. Mi padre y yo nos tendimos junto a él, pero no pudimos dormir en toda la noche. Mi padre pensaba y pensaba, con la vista fija en el techo, y no contestaba a mis preguntas.

Debí dormirme un momento antes de amanecer, porque, de pronto, abrí los ojos y era ya de día. El mensajero había desaparecido. No llovía, pero por el ventanuco entraba la luz grisácea propia de un día tormentoso.

Mi padre tampoco estaba a mi lado. Sentado sobre el montón de paja, le vi dándole manteca a una vieja espada de hierro, no muy larga, pero recia. También tenía junto a sí un antiguo escudo oxidado, grande y cuadrado. De un salto me coloqué a su lado.

–¡Son las armas del abuelo! –exclamé–. ¿Dónde las teníais escondidas?

Él no contestó. Me miró y aún recuerdo la expresión de sus ojos. Era la mirada más triste que he visto en mis largos años de vida. Luego, empezó a hablar, como si lo hiciera para sí mismo, con una voz rara y monótona.

–Partiré en cuanto acabe de limpiar las armas ... Estamos a cuatro leguas del castillo y son tres días los que tardaré en llegar andando por caminos embarrados ... Ya sabes cuáles son tus obligaciones aquí ... No sueltes a la cabra, que se te irá ... Come huevos y leche ... Si ...

Su voz se cortó y pareció atragantarse.

–Si ... Si tardo más de tres meses en volver, encamínate a Miguelturra ... Allí tienes unas tías ... Búscalas ... Pide limosna por los caminos, pero no dejes que te atrapen para meterte en un hospicio ...

Me estuvo haciendo toda clase de recomendaciones mientras limpiaba las armas. Sería la hora prima cuando se puso en camino. No pudo llevarse ninguna comida en el zurrón, pues nada había en nuestra casa. Le acompañé hasta el recodo que hace la vereda en el campo de Manrique. Allí nos detuvimos los dos, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo. Mi padre me abrazó con tanta fuerza, que creí me iba a romper todos los huesos. Cuando se separó, vi que tenía los ojos empañados por las lágrimas.

–Adiós, hijo mío, que la Virgen te proteja –me dijo con voz entrecortada.

–Adiós, padre –le respondí yo, intentando que no se notasen mis ganas de llorar.

Me estuve quieto, viéndole alejarse por el camino, hasta que fue como una figurilla diminuta que se perdió tras un desnivel del terreno, a lo lejos.

Luego, me volví corriendo a nuestra casa. Iba descalzo y los pies se me hundían en el barro y en los charcos. Tenía muy bien determinado lo que iba a hacer, pese a las órdenes de mi padre. No quería separarme de él ni dejarle solo. Con la inconsciencia de la niñez, en cuanto llegué a nuestra casa desaté la cabra y la dejé libre para que se fuera donde quisiese. La gallina ya estaba picoteando por el campo. Atranqué la puerta lo mejor que pude y luego me dirigí a la parte trasera de la casa. Allí, sobre un suave montón de tierra, destacaba una tosca cruz de madera. Era la tumba de mi madre. Me puse de rodillas y recé un paternoster.

–Adiós, madre –dije en voz alta–. Me tengo que ir con padre. Pero volveré.

Luego, me incliné para besar la tierra de la tumba. Sentí en mi rostro el viento húmedo y tibio que atravesaba la llanura. Por el cielo corrían nubes de color plomo que amenazaban con descargar otra tormenta.

Entonces me puse en camino tras mi padre. Corrí con todas mis fuerzas a fin de alcanzarle. Mi intención era caminar tras él sin que me viera, manteniéndome a cierta distancia.

Cuando llegué al recodo del campo de Manrique, detuve mis pasos y me volví. Miré a la mísera vivienda donde habían transcurrido mis cortos años de existencia y me subió por el pecho una pena tan grande como nunca la había sentido antes. Los escasos viajeros que atravesaban la llanura, procedentes de otros reinos más fértiles, decían que nuestro campo era feo y triste. Pero, en aquel momento, a mí me pareció el más hermoso del mundo. Estuve con la vista fija en nuestra casa durante un buen rato y tuve el presentimiento de que jamás volvería a verla.

CHAPTER 2

El castillo


El día 1 de junio de aquel mismo año, el rey árabe Abu Yacub Al Mansur había cruzado el estrecho de Gibraltar con un formidable ejército y enseguida se puso en marcha hacia el interior de la península.

Por los polvorientos caminos de Al –Andalus, el sol sacaba brillos en los cascos de los oscuros jinetes musulmanes y en las puntas de sus lanzas. Las banderas, estandartes y gallardetes de vivos colores ondeaban bajo el bochorno del verano.

La comitiva era tan larga, que ocupaba varias leguas, y cuando la cabeza se detenía para desplegar las tiendas al final de una etapa, las retaguardias apenas habían abandonado el campamento anterior.

Se trataba, en realidad, de una llamativa corte ambulante. El cortejo no sólo estaba formado por aguerridos combatientes benimerines, hintatas, wadíes, banutuyines, haksuras o gomaras. También avanzaban con ellos los consejeros, visires y maceros del rey; los tribunales de justicia y los harenes de los jefes, así como obreros, artesanos y toda clase de sirvientes y esclavos. La inmensa impedimenta de aquel pueblo ambulante era transportada por mulas y camellos.

Cuando se desplegaban las tiendas, la vida se organizaba en los campamentos como si se tratara de una ciudad africana. Y todo tenía allí una riqueza y finura como aún no conocíamos en los reinos cristianos.

A principios de julio, Abu Yacub Al Mansur cruzó los montes de Sierra Morena y se dirigió hacia el castillo de Alarcos. Era éste un lugar fronterizo no suficientemente guarnecido por las tropas de nuestro señor, don Alfonso VIII, que Dios guarde. Ahora, ante la amenaza musulmana, había concentrado allí a sus huestes a fin de protegerlo.

En cuanto a mí, el castillo no apareció ante mis ojos hasta que estuve encima de él. Después de tres penosas jornadas de marcha, sabía que debía encontrarme en sus proximidades, pero no lo descubría por parte alguna, y hasta temí haberme equivocado de camino. Pero, de improviso, al elevarse un poco el camino, surgió imponente frente a mí, a unas tres varas de distancia. Me quedé maravillado.

Sus torres y murallas de piedras grises se elevaban majestuosas hacia el cielo y a mí me pareció entonces gigantesco, acostumbrado como estaba a ver tan solo mi pobre casa de adobes. El castillo presidía un pequeño cerro alargado en medio de la llanura y, frente a él, se desplegaba el campamento cristiano, formado por miles de tiendas entre las que hormigueaban los soldados y las caballerías.

Aquella visión me pareció como un sueño.

Me escondí tras un terraplén y empecé a cavilar. El hambre me roía las tripas, pues, en tres días, sólo había comido un poco de gallina la noche en que nos visitó el maldito mensajero tuerto y algunas algarrobas por el camino. No sabía si acercarme o no al castillo para buscar a mi padre. Si llegaba a encontrarle, temía sus iras por haber abandonado nuestra casa y lo más seguro es que me mandase otra vez de regreso tras una buena reprimenda. Pero, por otro lado, era forzoso que me hiciese ver por la gente de la fortaleza si quería comer algo.

Estaba absorto en estos pensamientos cuando, de pronto, sentí cómo una mano se posaba sobre mi hombro. Casi di un bote del susto. Junto a mí estaba un chico de mi edad, moreno, con los pelos muy largos y unos vestidos tan viejos como los míos. Por sus trazas me pareció que era gitano.

–¿Quién eres tú? –me pregunto.

Le miré y contesté con otra pregunta:

–¿Y tú?

–Soy Curro ...

–Yo soy Fernando. ¿Eres gitano?

–Sí.

–¿Tienes algo de comer?

Entonces, el chico echó a correr de pronto. Mientras se alejaba, me gritó:

–¡Vente conmigo!

Yo le seguí. Muy cerca de allí, y resguardado tras otro terraplén, me encontré ante un grupo de gitanos mayores. Había dos chicas y tres mozos; un hombre y una mujer de edad madura, así como una pareja de ancianos. Tenían un carro grande y dos burros que buscaban algo de comer con el hocico pegado a la tierra reseca. Las mujeres llevaban pañuelos a la cabeza, vistosos pendientes muy grandes y faldas de colores. La mujer madura estaba asando un trozo de carne sobre una pequeña hoguera. Curro se acercó a ella y le dijo:

–Éste tiene hambre ...

Todos me miraron y la gitana que asaba la carne me preguntó lo mismo que el muchacho.

–¿Quién eres tú?

Yo, para enternecerles, mentí un poco.

–No tengo padre ni madre ... Ando por los caminos pidiendo limosna y no he comido nada desde hace tres días ...

Poco después me encontraba entre aquella familia gitana hartándome a dos carrillos. Eran saltimbanquis, bailarines y músicos, y habían llegado hasta allí siguiendo a los ejércitos venidos desde todas partes del reino. Por la noche, en el centro de los campamentos, y a la luz de una gran hoguera, cantaban y bailaban para distraer a los soldados. Luego, les daban comida y ropas en el castillo.

Estuve dos días con esta familia. Por la noche yo no subía con ellos hasta el campamento temiendo que me descubriera mi padre. Me quedaba con Curro y la mujer vieja, cuidando del carro y de los asnos. La tercera noche, lucía una hermosa luna blanca. Mientras oía las risas y las voces lejanas de los soldados celebrando la actuación de mis amigos, Curro me dijo:

–Yo no sé los años que tengo ... Debo ser como tú ... Pero ya conozco todas las tierras del mundo ... Mis padres, mis hermanos, mis abuelos y yo vamos por los caminos, andando y andando, de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo ... Pero la verdad es que me gustaría tener una casa como la tuya ...

–Pues a mí me gustaría ir por los caminos lo mismo que tú ...

Y en aquel momento, apenas había yo dicho estas palabras, oímos en el castillo unos inesperados toques de trompeta que nos estremecieron. Instantes después advertimos cómo cesaba la música de mis compañeros, los gitanos, y se alzaba en el campamento un gran griterío de soldados. Enseguida aparecieron junto a nosotros los familiares de Curro surgiendo de las sombras. Venían muy agitados.

–Ha llegado un espía ... –dijo el padre–. Los ejércitos sarracenos ya están aquí y mañana o pasado se producirá el encuentro ... ¡Vamos! ¡Todos a moverse! Nos marchamos ...

Durante unas horas estuvieron recogiendo sus cosas y preparando el carro. Yo les ayudé en todo lo que pude. De madrugada se pusieron en marcha.

–Tú, ¿te vienes o te quedas? –me dijo la mujer mayor.

–Me quedo ...

Curro permaneció un buen rato mirándome con sus profundos ojos negros, muy quieto, cuando ya se había puesto en marcha su familia.

–¡Curro! –le llamó alguien desde el carromato.


(Continues...)

Excerpted from Fernando el Temerario by José Luis Velasco. Copyright © 1990 José Luis Velasco. Excerpted by permission of Editorial Bambú.
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