La obra maestra

La obra maestra

by Francine Rivers

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Overview

La autora de éxitos de mayor venta del New York Times, Francine Rivers, regresa a sus raíces románticas con esta inesperada y redentora historia de amor. Un profundo relato que nos recuerda que la misericordia de Dios puede restaurar aun a los más quebrantados y convertirlos en una obra maestra imperfecta pero maravillosamente impresionante. Román Velasco es un exitoso artista de Los Ángeles, California, que aparenta tenerlo todo: mujeres, fama y fortuna. Solo Grace Moore, su nueva y reacia asistente personal, entiende cuán poco posee en realidad. Los demonios del pasado de Román parecen hacer eco en los pasillos de su inmensa y vacía mansión y opacan la impresionante vista del cañón de Topanga. Así como Román, Grace también lucha con fantasmas y secretos de su pasado. Después de pasar por un matrimonio desastroso que sacó su vida completamente de curso, ella juró nunca más permitir que el amor le robara sus sueños; pero a medida que conoce más al hombre enigmático detrás de la reputación que lo opaca, es como si los fragmentos de su pasado pronto comenzaran a entrar de nuevo en su lugar… hasta que algo totalmente inesperado sucede y cambia el curso de su relación y de sus vidas para siempre.

New York Times bestselling author Francine Rivers returns to her romance roots with this unexpected and redemptive love story, a probing tale that reminds us that mercy can shape even the most broken among us into an imperfect yet stunning masterpiece. A successful LA artist, Roman Velasco appears to have everything he could possibly want—money, women, fame. Only Grace Moore, his reluctant, newly hired personal assistant, knows how little he truly has. The demons of Roman’s past seem to echo through the halls of his empty mansion and out across his breathtaking Topanga Canyon view. Like Roman, Grace is wrestling with ghosts and secrets of her own. After a disastrous marriage threw her life completely off course, she vowed never to let love steal her dreams again. But as she gets to know the enigmatic man behind the reputation, it’s as if the jagged pieces of both of their pasts slowly begin to fit together . . . until something so unexpected happens that it changes the course of their relationship—and both their lives forever.

Product Details

ISBN-13: 9781496408167
Publisher: Tyndale House Publishers
Publication date: 06/05/2018
Pages: 544
Sales rank: 613,138
Product dimensions: 5.50(w) x 8.50(h) x 1.50(d)

About the Author

Originally a mainstream romance novelist, Francine Rivers became a born-again Christian only after she wrote her bestselling book, Redeeming Love, a novel now considered a classic of Christian fiction. She has published many other Christian fiction books since then, such as The Scarlet Thread, Unveiled, and .

Read an Excerpt

CHAPTER 1

Román Velasco subió por la escalera de incendio y se impulsó por encima de la pared para llegar a la azotea. Agachándose, se movió con rapidez. Otro edificio lindaba con el bloque de departamentos de cinco pisos, un lugar perfecto para el grafiti. Al otro lado de la calle, justo enfrente, estaba el edificio de un banco, y él ya había dejado una obra en la puerta principal.

Se quitó la mochila de los hombros y sacó sus materiales. Tendría que trabajar rápido. Los Ángeles nunca dormía. Aun a las tres de la madrugada, los carros aceleraban por el bulevar.

Esta obra la verían todos los conductores de carros que iban hacia el este. Estaría en peligro hasta terminarla, pero, vestido con un pantalón negro y una sudadera con capucha, difícilmente lo verían, a menos que alguien estuviera buscándolo. Diez minutos. Era el tiempo que necesitaba para dejar una galería de personajes moviéndose sobre la pared, todos parecidos al empresario de sombrero de copa del juego Monopoly, con el último saltando hacia la calle. Había trazado la figura, cargada con bolsas de dinero, entrando en el banco que estaba al otro lado de la calle.

La plantilla de papel se enganchó en algo y se rasgó. Maldiciendo en voz baja, Román trabajó rápidamente para ponerle cinta adhesiva. Una ráfaga de viento subió y le arrancó un pedazo. Era un esténcil largo y asegurarlo le llevó varios preciados minutos. Agarró una lata de pintura en aerosol y la agitó. Cuando apretó el botón, no sucedió nada. Maldiciendo, sacó otra lata y empezó a rociar.

Un vehículo se acercó. Miró hacia abajo y se quedó helado cuando vio un carro de policía desacelerando. ¿Era el mismo que había pasado una hora antes, cuando se dirigía al banco? Había caminado con paso firme, con la esperanza de que pensaran que solo era un tipo volviendo a casa después de su trabajo nocturno. El carro había bajado la velocidad para echarle un vistazo y luego siguió adelante. Tan pronto como el carro desapareció calle abajo, él finalizó su obra sobre la puerta de vidrio del banco.

Román volvió a trabajar. Solo necesitaba unos minutos más. Siguió rociando.

Las luces del freno irradiaron un rojo encendido en la calle. El carro de la policía se había detenido delante del banco. Un rayo blanco de luz se fijó sobre la puerta principal.

Un minuto más. Román hizo otros dos barridos y empezó a quitar el esténcil con cuidado. Había tenido que usar más cinta que de costumbre, así que le llevó más tiempo. La última parte del papel se despegó y añadió tres letritas negras entrelazadas, que parecían un pájaro en vuelo.

Un policía salió del carro con una linterna en la mano.

Román se agachó, enrolló el esténcil y lo metió en su mochila junto con las latas de aerosol. El haz de luz subió y se acercó. Pasó directamente sobre él cuando comenzó a moverse por el techo. La luz siguió hacia abajo y se alejó. Aliviado, Román se puso la mochila sobre los hombros y se levantó un poco.

La luz regresó y destacó su silueta contra la pared. Echó a correr a toda velocidad, ocultando su rostro.

El rayo de luz siguió su huida por la azotea. Escuchó voces y pisadas que corrían. Con el corazón martilleándole, Román voló de un salto hacia el próximo edificio. Cayó con un fuerte golpe, rodó hasta pararse y siguió corriendo. En la Jefatura de Policía probablemente había un expediente sobre las obras del Pájaro. Ya no era un adolescente que tendría que cumplir una condena de trabajo comunitario por pintar paredes con símbolos de pandillas. Si lo atrapaban ahora, iría a la cárcel.

Peor aún, destruiría el incipiente prestigio que Román Velasco estaba ganándose como artista legítimo. Los grafitis le concedían cierta reputación en la calle, pero no le servían para llegar a una galería.

Un policía había vuelto al carro de la brigada. Los neumáticos chirriaron. No planeaban darse por vencidos.

Román divisó una ventana abierta en otro edificio y decidió escalar en vez de bajar.

Una puerta de carro se cerró de golpe. Un hombre gritó. Debía ser una noche muy lenta si estos dos policías querían dedicar tanto tiempo a cazar un grafitero.

Román se columpió sobre el borde de otra azotea. Una lata semivacía de pintura en aerosol cayó de su apretujada mochila y explotó en el pavimento debajo.

El policía, sobresaltado, sacó su arma y la apuntó hacia Román mientras trepaba.

«¡Policía de Los Ángeles! ¡Detente ahí mismo!».

Aferrándose a una cornisa, Román se impulsó hacia arriba y entró a través de la ventana abierta del departamento. Contuvo la respiración.

Un hombre roncaba en la habitación. Román avanzó sigilosamente. No había avanzado dos pasos cuando chocó contra algo. Sus ojos se adaptaron a la tenue luz de los electrodomésticos de la cocina. El residente debía ser un cachivachero. La abarrotada sala podría ser la perdición de Román. Dejó su mochila detrás del sofá.

Abrió silenciosamente la puerta principal, se asomó y escuchó. No había movimiento ni voces. El hombre que estaba en la habitación resopló y se movió. Román salió rápidamente y cerró la puerta detrás de sí. La puerta de la salida de emergencia estaba atascada. Si la violentaba, haría ruido. Encontró el ascensor; su corazón se aceleraba mientras el ascensor se tomaba todo el tiempo del mundo para subir. Bing. Las puertas se abrieron. Román entró y presionó el botón del estacionamiento subterráneo.

Solo mantén la calma. Se echó la capucha hacia atrás y se pasó las manos por el cabello. Respiró hondo y soltó el aire lentamente. Las puertas del ascensor se abrieron. El estacionamiento subterráneo estaba bien iluminado. Román mantuvo la puerta abierta y esperó unos segundos para recorrer el lugar con la vista antes de salir. Todo despejado. Aliviado, se dirigió a la rampa que subía hacia la calle lateral.

La patrulla estaba estacionada junto a la cuneta. Las puertas se abrieron y ambos agentes salieron.

Por un instante, Román se debatió entre inventar una historia rápida de por qué estaba saliendo a caminar a las tres y media de la mañana, pero de alguna manera supo que ninguna historia impediría que lo esposaran.

Salió huyendo calle arriba hacia un barrio residencial que quedaba a una cuadra del bulevar principal. Los policías lo siguieron como sabuesos detrás de un zorro.

Román corrió toda una calle, subió por un acceso pavimentado y saltó sobre una pared. Pensó que estaba a salvo, hasta que se dio cuenta de que no estaba solo en el patio. Un pastor alemán se levantó de un salto y empezó a perseguirlo. Román corrió por el patio y saltó la cerca trasera. El perro chocó contra la cerca y la arañó, ladrando ferozmente.

Román cayó con fuerza al otro lado y volcó un par de botes de basura en su apuro por salir de allí. Ahora, cada perro de la cuadra estaba ladrando a todo volumen. Román se movió aprisa, manteniéndose agachado y en las sombras.

Se encendieron luces. Podía escuchar voces.

Las preguntas demorarían a los policías y lo más probable era que no pasarían por encima de las cercas ni entrarían en propiedad privada. Román avanzó con rapidez durante varias cuadras y luego bajó la velocidad a un paso normal para recobrar el aliento.

Los perros habían dejado de ladrar. Escuchó un carro y se escabulló detrás de unos arbustos. El carro de la policía cruzó la calle siguiente sin bajar la velocidad, dirigiéndose de regreso hacia el bulevar Santa Mónica. Quizás los había perdido. En lugar de seguir tentando su suerte, Román esperó unos minutos antes de arriesgarse a salir a la acera.

Tardó una hora en volver a su BMW. Deslizándose al asiento del conductor, no pudo resistir la tentación de conducir hacia el este para echarle un vistazo a su obra.

Para el mediodía la puerta del banco estaría limpia, pero la obra grande, sobre la pared al otro lado de la calle, duraría más. En los últimos años, el Pájaro había ganado suficiente notoriedad por lo que los dueños de algunos edificios dejaban intactos los grafitis. Él esperaba que este fuera el caso. Había estado demasiado cerca de ser atrapado como para que la obra fuera borrada y olvidada en uno o dos días.

El tránsito de la autopista ya había empezado a repuntar. Luchando contra el cansancio, Román encendió el aire acondicionado. El aire frío estalló en su cara y lo mantuvo bien despierto mientras conducía hacia el cañón Topanga, sintiéndose agotado y un poco deprimido. Después de su exitosa incursión nocturna debía estar lleno de deleite, no sintiéndose como un anciano que necesitaba un sillón reclinable.

Disminuyó la velocidad y giró en la entrada de grava que llevaba a su casa. Presionó un botón y abrió la puerta del garaje. Tres carros más grandes que su 740Li podían caber en el espacio. Apagó el motor y se quedó sentado unos segundos, mientras la puerta zumbaba cerrándose detrás de él.

Cuando empezó a salir del carro, una oleada de debilidad lo golpeó. Se quedó quieto un minuto, esperando que pasara la extraña sensación. Volvió a atacarlo cuando se dirigía a la puerta trasera. Tambaleándose, cayó sobre una rodilla. Afirmó su puño sobre el cemento y mantuvo la cabeza agachada.

El malestar pasó y Román se levantó lentamente. Necesitaba dormir. Eso era todo. Una noche completa lo arreglaría. Abrió la puerta de atrás y se encontró con un silencio mortal.

Se bajó el cierre y se quitó la sudadera negra con capucha mientras caminaba por el pasillo hacia su habitación. Estaba demasiado cansado como para darse una ducha, demasiado cansado para bajar el aire acondicionado a diecinueve grados centígrados y demasiado cansado para comer, a pesar de que tenía el estómago acalambrado por el hambre. Se sacó la ropa y se tendió en la cama sin tender. Quizás esta noche tendría la suerte de dormir sin soñar. Normalmente, el entusiasmo que alcanzaba por sus incursiones nocturnas recibía a cambio una revancha de pesadillas de sus días en el barrio marginal Tenderloin. El Blanquito nunca permanecía sepultado por mucho tiempo.

La mañana disparó sus lanzas de luz solar. Román cerró los ojos, anhelando la oscuridad.

* * *

Grace Moore se levantó temprano, sabiendo que necesitaría mucho tiempo para cruzar el valle y llegar puntual en su primer día como empleada temporal. No estaba segura de que el empleo pagaría lo suficiente para poder conseguir un pequeño departamento para ella y su hijo, Samuel, pero era un comienzo. Cuanto más vivía con los García, más complicadas se ponían las cosas.

Selah y Rubén no tenían apuro de que se fuera. Selah seguía esperando que Grace cambiara de parecer y firmara los papeles de la adopción. Grace no quería darle falsas esperanzas, pero no tenía ningún otro lugar adonde ir. Cada día que pasaba, tenía más ganas de volver a ser independiente.

Desde que la habían despedido hacía un año, había enviado decenas de currículum, y solo había recibido unas cuantas llamadas para entrevistas. Ninguna resultó en un empleo. Por estos días, todos los empleadores querían una universitaria graduada y ella solo había completado un año y medio antes de suspender sus estudios para poder mantener a su esposo, Patrick, hasta que él se graduara.

Recordando el pasado, se preguntó si Patrick alguna vez la había amado. Había roto cada promesa que le había hecho. Él la había necesitado. Y la había usado. Así de simple.

Tía Elizabeth tenía razón. Grace era una tonta.

Samuel se movió en su cuna. Grace lo levantó con gentileza, agradecida de que estuviera despierto. Tendría tiempo para alimentarlo y cambiarle el pañal antes de entregárselo a Selah.

«Buen día, hombrecito». Grace inhaló su aroma de bebé y se sentó en el borde de la cama individual que acababa de tender. Se abrió la blusa y acomodó al niño para poder darle de comer.

Las circunstancias de su concepción y las complicaciones que había sumado a su vida dejaron de ser importantes desde el mismo instante en que Grace lo tuvo en sus brazos por primera vez. No había pasado ni una hora desde su nacimiento, cuando supo que no podría entregarlo en adopción, sin importar cuánto mejor pudiera ser la vida de su hijo con los García. Así se lo dijo a Selah y a Rubén, pero cada día aumentaba su angustia cuando Selah se quedaba a cargo de él, mientras Grace salía a buscar la manera de mantenerse a sí misma y a su hijo.

Otras personas lo hacen, Señor. ¿Por qué yo no puedo?

Otras personas tenían familia. Ella solo tenía a tía Elizabeth.

Padre, por favor, permite que este trabajo salga bien. Ayúdame, Señor. Por favor. Yo sé que no lo merezco, pero Te lo pido. Te lo suplico.

Afortunadamente, había pasado la entrevista y las pruebas con la agencia de empleo temporal y la habían incluido en su listado. La señora Sandoval tenía un puesto vacante: «He mandado cuatro personas altamente calificadas a este hombre y las rechazó a todas. Creo que no sabe qué necesita. Es el único trabajo que puedo ofrecerte en este momento».

Grace habría aceptado trabajar para el mismísimo diablo, si eso significaba que recibiría un salario regularmente.

* * *

El sonido de las campanillas arrancó a Román de las tinieblas. ¿Había soñado que estaba en la Abadía de Westminster? Se volteó. Su cuerpo apenas se había relajado cuando las campanillas sonaron de nuevo. Alguien había tocado el timbre de la puerta. Le habría gustado ponerle las manos encima al propietario que había instalado el condenado sistema. Maldiciendo, Román puso una almohada sobre su cabeza, esperando sofocar la melodía que podía escucharse de un extremo al otro de la casa de casi quinientos metros cuadrados.

El silencio volvió. El intruso probablemente había entendido el mensaje y se había ido.

Román trató de volver a dormir. Cuando las campanillas empezaron otra vez, gritó de frustración y se levantó. Una oleada de debilidad lo agitó de nuevo. Derribó una botella de agua medio vacía y el reloj despertador, y recuperó el equilibrio antes de caer de cara al piso. Tres veces en menos de veinticuatro horas. Tal vez tendría que recurrir a medicamentos recetados para lograr el descanso que necesitaba. Pero en este preciso instante, lo único que quería era desatar su temperamento contra el intruso que estaba tocando el timbre de su puerta.

Después de ponerse unos pantalones deportivos, Román levantó una camiseta arrugada de la alfombra y caminó descalzo hacia el vestíbulo. Quienquiera que estuviera al otro lado de la puerta principal iba a lamentar haber puesto un pie en su propiedad. Las campanillas volvieron a sonar justo mientras abría la puerta de un tirón. Una mujer joven levantó la vista, sorprendida, y se alejó cuando él cruzó el umbral.

— ¿No sabes leer? — Se.al. con el dedo el letrero pegado junto a la puerta del frente —. ¡No se reciben vendedores!

Con sus ojos castaños muy abiertos, ella levantó sus manos en un gesto conciliador.

Llevaba el cabello oscuro corto y rizado; el blazer negro, la blusa blanca y las perlas delataban que era una oficinista. Un recuerdo borroso destelló en su mente, pero Román lo descartó.

— ¡Fuera de aquí! — El retrocedió y dio un portazo. No se había alejado mucho cuando ella golpeó suavemente la puerta. Abriéndola nuevamente de un tirón, la fulminó con la mirada —. ¿Qué quieres?

Ella parecía lo suficientemente asustada como para salir corriendo, pero se mantuvo firme.

— Estoy aquí a sus órdenes, señor Velasco.

¿A sus órdenes?

— Como si yo quisiera una mujer en mi puerta a primera hora de la mañana.

— La señora Sandoval me dijo a las nueve en punto. Me llamo Grace Moore. De la agencia de empleo temporal.

Él soltó una palabrota. Ella parpadeó y sus mejillas se pusieron coloradas. El enojo de él se disolvió como sal en el agua. Genial. Fantástico.

— Me olvidé de que ibas a venir.

Ella parecía preferir estar en cualquier otro lugar y él se dio cuenta de que no podía echarle la culpa por eso. Consideró decirle que volviera al día siguiente, pero supo que ella no lo haría. Él ya estaba despierto.

Sacudió la cabeza y dejó la puerta abierta.

— Adelante.

En el último mes había pasado por cuatro empleadas temporales. La señora Sandoval estaba perdiendo la paciencia más rápido que él: «Le enviaré una más, señor Velasco y, si ella no sirve, le daré el nombre de mi competidor».

Él estaba buscando a alguien que contestara las llamadas telefónicas y se ocupara de los detalles tediosos como la correspondencia, las cuentas y la agenda. No quería un sargento instructor, una tía solterona ni una psicóloga principiante que analizara su psiquis de artista. Tampoco necesitaba a una rubia voluptuosa, con una blusa escotada que revolviera los papeles a su alrededor sin idea de dónde archivarlos. Ella había tenido sus propias ideas de qué podía querer un artista, además de una mujer capacitada para trabajar en una oficina. Él podría haber aceptado su oferta si no hubiera tenido suficiente experiencia con mujeres como ella. Duró tres días.

(Continues…)



Excerpted from "La Obra Maestra"
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