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Praemortis: dioses de carne
     

Praemortis: dioses de carne

3.6 3
by Miguel Ángel Moreno
 

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?Como seria nuestro mundo si cada ser humano supiera
que destino le aguarda tras la muerte?
En Praemortis los hombres han decidido
olvidar cualquier promesa de vida futura que ofrecen las religiones y se
centran en disfrutar su vida presente.

El Dr. Veldecker, buscando una cura
para su hijo, descubre una formula que hace que los

Overview

?Como seria nuestro mundo si cada ser humano supiera
que destino le aguarda tras la muerte?
En Praemortis los hombres han decidido
olvidar cualquier promesa de vida futura que ofrecen las religiones y se
centran en disfrutar su vida presente.

El Dr. Veldecker, buscando una cura
para su hijo, descubre una formula que hace que los pacientes traspasen la
frontera de la vida mortal y descubran lo que les aguardara al morir. El doctor
decide destruir la formula que ha llamado Praemortis pero su hijo Robert la conserva en secreto. Robert funda una corporacion donde su fin es controlar a la humanidad. Al parecer solo un ser sobrenatural y
misterioso, no humano, que se hace llamar el
"Golem" puede cambiar el futuro.

La
novela pretende adentrarse en las inquietudes existencialistas que todo ser
humano posee. Estas son atemporales y ajenas a religiones o variaciones de la
sociedad. Praemortis habla de esa inquietud, de la busqueda de respuestas en un
mundo que avanza hacia su final.


Product Details

ISBN-13:
9781602555006
Publisher:
Grupo Nelson
Publication date:
03/28/2011
Sold by:
THOMAS NELSON
Format:
NOOK Book
Pages:
320
File size:
1 MB

Read an Excerpt

PRAEMORTIS


By MIGUEL ÁNGEL MORENO

Thomas Nelson

Copyright © 2011 Miguel Moreno
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-500-6


Chapter One

Me llamo Ipser Zarrio. Mi hijo, Leam, cumple hoy veintiún años, y va a morir.

Su madre llora en silencio mientras le pone el abrigo. Normalmente la ayudo, pero hoy es una noche distinta. He preferido salir al balcón a fumar y a observar la ciudad hasta que llegue el momento de marcharnos.

La lluvia cae como un fino manto, lenta y melancólicamente. Cada gota es como un pequeño prisma que recoge la luz ámbar de las farolas y la devuelve en pequeños destellos. La gente camina arriba y abajo por las calles, refugiadas bajo sus paraguas. Van rumbo a casa después de un día de trabajo, o a tomar el próximo monorraíl, o en busca de un ser querido. Cuando los observo, sé que al igual que yo ellos también piensan en la muerte.

Alzo mis ojos casi instintivamente y a lo lejos contemplo el edificio de la corporación Praemortis, el Pináculo. Se eleva por encima de todos los demás, alardeando de su geometría perfecta. Su aguja desafía los cielos como si quisiera horadar la Luna, que a ratos asoma su faz por entre las nubes.

Hellen me pone la mano en el hombro y consigue llamar mi atención. Estamos listos para marcharnos. Contemplo a Leam mientras se esfuerza por bajar cada peldaño de la escalera. Hellen le ha cogido del brazo y le ayuda a descender.

—Ipser, ¿no puedes echarnos una mano? —me recrimina cuando ve que les observo desde el descansillo sin hacer nada. Pero ella no lo comprende. No, no puedo ayudarlos; Leam, con sólo veintiún años, ha sufrido dos paros cardíacos. Su corazón es débil de nacimiento. Lo peor, sin embargo, es que su madre lo conduce de la mano a sufrir el tercero, el que sin duda terminará con su vida.

—Ten esperanzas, Ips —me dijo Hellen, la tarde en que rechacé visitar Praemortis, cuando en secreto planeaba huir con mi hijo fuera de la ciudad antes de que llegara el día de su veintiún cumpleaños y todos preguntaran por qué no había hecho «el viaje»—. Quizás Leam tenga suerte y esté en el otro torbellino. Si está en el otro torbellino no tendrá que trabajar. Podrá vivir tranquilo los años que le queden.

Ella siempre me llama Ips cuando quiere llamar mi atención, cuando desea conseguir algo de mí. En aquella ocasión buscaba convencerme por todos los medios. Quise hacerla entrar en razón. Agarrarla de los hombros, agitarla con fuerza y recordarle a gritos si ella sabía de algún afortunado que hubiera caído en el otro torbellino. Ni siquiera le han puesto nombre. Todo el mundo lo llama «el torbellino bueno», a secas. En cambio el otro, aquél al que vamos todos, sí ha sido bautizado desde el principio: el Bríaro.

Quise arrebatar a Hellen aquellas absurdas esperanzas, pero fui cobarde, quizás misericordioso, y sólo pude devolverle una expresión de infinita melancolía. No quise desprenderla de sus ilusiones. Creo que sin ellas no habría tardado en arrojarse por el balcón.

Es la misma ilusión la que la empuja hoy a continuar. Montamos en el monorraíl y nos hacemos un hueco como podemos entre toda la gente que regresa de sus trabajos. El vehículo se pone en marcha con suavidad y se desliza bajo la plataforma de la ciudad, donde ningún edificio puede molestar su trayecto. Flota en el habitáculo una atmósfera húmeda. Todo el mundo viene mojado de la calle. Sus paraguas chorrean sobre un suelo empapado. El vaho humedece los cristales; pero quienes viajan pegados a las ventanillas dejan limpio un pequeño agujero para contemplar el paisaje. Desde aquí sólo pueden verse las enormes patas de hormigón que anclan la ciudad al fondo oceánico, y decenas de metros más abajo, el Apsus; agitado, tempestuoso y hostil. Eleva monumentales columnas de agua que estrella contra las patas y arroja borbotones de espuma. Cuando fijo mi vista en él, me resulta fácil rememorar el día de mi veintiún cumpleaños.

Mis padres me subieron a la planta ochenta y cuatro del Pináculo, donde me encontré con decenas de pequeñas salas médicas. Hasta allí llegamos hoy con Leam y todo me parece que sigue igual, inalterado a pesar del tiempo que ha transcurrido entre mi cumpleaños y el suyo.

Pese a llamarse «sala médica», cuando me condujeron a una de ellas no encontré más que una pequeña estancia pintada de verde claro, con una camilla de sábanas limpísimas, de la que colgaban varias correas de cuero. A un lado había una pequeña mesa de aluminio, sobre la que descansaba una única jeringuilla llena hasta la mitad con una sustancia lechosa. El practicante leía sentado sobre la camilla cuando llegué. Se incorporó, dejó su periódico y me estrechó la mano. Yo, sobrecogido por lo que me aguardaba, apenas conseguí prestarle atención. Cuando se percató de mi estado quiso tranquilizarme.

—Lo hacemos muchas veces al día. Descuida, todo saldrá bien.

Así debía ser, sin duda, porque en la habitación no había personal médico, ni utensilios que ayudaran en una emergencia. Tampoco había medicamentos, ninguno, salvo aquella jeringuilla en mitad de la mesa: el praemortis.

El practicante esperó hasta que me hube echado sobre la camilla. Entonces se acercó y me ajustó con cuidado las correas alrededor de muñecas y tobillos. Luego pasó otra grande por mi cintura, y finalmente me apretó una última correa a la altura de la frente. Cuando todo estuvo listo me enseñó un mordedor. El espanto que debió observar en mis ojos lo conmovió.

—La inducción del paro cardíaco te va a doler —dijo, levantando el mordedor, con intención de justificar su uso—, pero se pasará pronto, en cuanto el praemortis haga su efecto.

Sabía lo que sus últimas palabras significaban.

—Quiere decir que el dolor pasará en cuanto haya muerto.

El practicante pareció ofendido.

—Chico, tranquilízate de una vez. ¿No quieres ver lo que te espera al otro lado?

—Pero, ¿y si no regreso?

—Todo el mundo regresa —sentenció con indiferencia, y me volvió el brazo para buscarme la vena. Después levantó la jeringuilla, le dio un par de golpecitos para quitar el aire, y me la clavó. El praemortis inundó mi cuerpo con un calor picante, pero aquel extraño efecto desapareció pronto, dando paso a la calma más absoluta. El practicante ya se había hecho un hueco a un lado de la camilla, y retomaba la lectura que había aparcado cuando llegué. Mis padres aguardaban junto a la pared sin quitarme los ojos de encima. Desde mi postura, boca arriba y sin poder mover el cuello, apenas lograba distinguir sus figuras; sin embargo, notaba una densidad anormal en la atmósfera, una tensión que no tardó en provocarme fríos sudores por todo el cuerpo. Quise llamarles, pedir que se acercaran, pero el mismo silencio parecía indicarme que callara ...

Silencio y aquel calor en el interior de mi cuerpo. Hasta que, de repente, mi sangre comenzó a arder.

Entonces llega la primera sacudida. El cuerpo de Leam, como hizo el mío, se agita violentamente. Las correas crujen ante la fuerza del primer espasmo. Al momento, llega el segundo, y luego el tercero; cada uno más violento que el anterior. Hellen acude en su ayuda cuando los gritos de dolor son demasiado fuertes para ignorarlos. Le cubre la mano con las suyas y busca la manera de que Leam centre su vista en ella, para que logre así concentrarse en otra cosa que no sea el paro cardíaco inducido y la insoportable sensación de fuego en la sangre. Yo, por el contrario, no puedo prestarle mi ayuda, el terror me paraliza, porque recuerdo demasiado bien qué es lo que aguarda después.

El praemortis le va arrancando la vida a dentelladas, hasta que sucede la última convulsión y al fin mi hijo cae inerte sobre la camilla. A Hellen le fallan las piernas y se sienta en el suelo, sin soltarle de la mano. El practicante consulta el cronómetro de su reloj.

—Tardará unas dos horas. Hay una sala de espera al final del pasillo, pueden esperar allí. Tenemos revistas y televisión.

La indiferencia de su comentario me asquea. Mi hijo yace muerto frente a mis ojos, envenenado por el praemortis. La boca se le ha quedado abierta y por la comisura resbala un hilo de espuma amarillenta. Los ojos, totalmente abiertos, apuntan hacia un punto indeterminado de la habitación. Sin embargo, sé perfectamente dónde está él en realidad. Durante dos horas no será ese cuerpo muerto y débil que hay frente a mí; no verá por esos ojos vacuos. Él está en ese otro lugar, en ese universo que el praemortis nos descubrió y que cambió para siempre el destino de la humanidad.

Vuelvo a evocar mi propio viaje, el que hice a mis veintiún años, como marca la ley. Mientras camino hacia la sala de espera recuerdo como si fuera ayer el espantoso sonido de aquel lugar.

El ruido es lo primero que desvela los sentidos, mientras la oscuridad todavía invade todo el campo visual. Es un clamor, el grito desesperado de miles, tal vez millones de almas llenas de horror y desconcierto; y por encima de ellas, un estruendo ensordecedor, grave; llega desde todas partes, semejante a un millar de olas que entrechocaran entre sí.

Es la llamada de la Vorágine.

Recuerdo como, tras escuchar ese sonido, la oscuridad desapareció de mis ojos y me encontré en un espantoso lugar: flotaba sobre un líquido extraño que componía un remolino de gigantescas dimensiones. Al igual que yo, una multitud de personas se encontraba en la misma situación. Algunos miraban desconcertados hacia todas partes, tal como yo lo hacía; pero la mayoría nadaba con todas sus fuerzas, buscando con desesperación los extremos de la Vorágine, luchando contra la corriente del remolino. Cuando miré a mi espalda comprendí la razón: el centro de aquella masa era un abismo, un agujero completamente negro hacia el cual éramos arrastrados a una velocidad vertiginosa.

Comencé a nadar desaforadamente, buscando apoyo en los cuerpos de quienes me rodeaban para impulsarme con mayor velocidad. El pánico no me dejaba ver lo cruel de mi acción, pero al igual que el hombre que cree ahogarse busca sin meditar el cuerpo de alguien cercano para sacar la cabeza fuera del agua, así buscaba yo a cuantos me rodeaban con tal de no caer en el ojo de la Vorágine; y mientras luchaba por sobrevivir, otros buscaban aferrarse a mí, igual de asustados que yo. Los gritos de terror lo llenaban todo, pero más fuerte aún era aquel bramido, grave y cavernoso, cuya fuente parecía ser el mismo centro del vórtice.

De pronto, el sonido acrecentó más su fuerza, y entonces una grieta cruzó la Vorágine y la partió en dos, dividiéndola en aullantes torbellinos, entre los cuales quedamos divididos sin posibilidad de evitarlo. Mi torbellino estaba repleto de vidas, tan asustadas como lo estaban en la Vorágine. Pero esta vez no había lugar hacia el que nadar. El líquido se había transformado en unos vientos que nos manejaban a placer, llevándonos arriba y abajo por toda la extensión del cono. Los dos torbellinos danzaron juntos unos instantes y luego se separaron para alejarse en la inmensidad.

Aquél en el que yo viajaba, el Bríaro, se alejó retorciéndose de forma caótica y demencial, agitando arriba y abajo cada vida que transportaba a placer de sus vientos caprichosos, pero sin permitir que ninguno de nosotros escapara. Pues, lo cierto es que todos conocíamos el Bríaro, y hacia dónde nos conducía. Una y otra vez nos esforzábamos en impulsarnos hacia sus bordes y salir fuera de los vientos, pero como si estuviera dotado de una inteligencia malévola, el torbellino sólo nos permitía asomar brazos y piernas fuera de sus corrientes para, un instante después, devolvernos al centro mediante una fuerza incontestable.

Desde mi viaje, sueño muy a menudo con el Bríaro, con un millar de cuerpos chocando contra el mío, sacudidos sin control ni conmiseración. Estoy convencido de que Hellen tampoco puede dormir algunas noches pensando en ello. Éste es el regalo que praemortis les hace a quienes cumplen los veintiún años. Es el destino que le hemos mostrado a Leam; lo que le espera cuando su corazón ya no pueda aguantar más. El preludio de su futuro para toda la eternidad. El Bríaro simboliza la pérdida de toda esperanza, porque conduce a una condena eterna. Llegado a un punto en su viaje por aquel infinito, vomita a cuantos porta sobre un mar formado únicamente por seres humanos atormentados, un lugar de olvido del que no se puede escapar, de separación con la realidad, de lucha por lo inalcanzable. Este mar es hacia donde nos dirigimos al morir, si no hacemos nada por evitarlo. Allí me condujo a mí. De lejos fui capaz de reconocer la línea que formaban sus olas de condenados. El Bríaro se posó encima, danzó un tiempo más como si lo deleitara prolongar nuestra agonía, y luego se dobló con la parte más ancha mirando hacia aquel mar. Los vientos nos arrastraron fuera y caímos. Desde abajo, los condenados extendieron sus manos para recibirnos con un ansia inhumana por arañar nuevas vidas que se unieran a su sufrimiento.

Pero de repente, cuando me faltaban unos pocos metros para alcanzar el mar de vidas, volvió a mí un dolor que recorrió mi cuerpo como una descarga eléctrica.

Regresaba.

Los cálculos del practicante son exactos. Cuando han transcurrido dos horas nos avisa para volver a la sala donde descansa Leam.

Allí lo encontramos, despierto. Se agita todo cuanto le permiten las correas y mira las paredes, completamente desorientado. El praemortis, tal como predijo el doctor, lo ha traído de vuelta. Lo ha resucitado, tras mostrarle qué le aguarda al morir.

Hellen acude en su ayuda. Lo abraza y arrulla para calmarlo. Se acerca a su oído para confesarle que todos hemos pasado por lo mismo. A mí, mientras tanto, el practicante me acerca un documento. Es el contrato de trabajo para formar parte de la Corporación.

—Lo siento —dice, maquinalmente.

Ninguno hemos viajado con Leam. Él es el único testigo de su viaje; no obstante, todos sabemos que no ha caído en el buen torbellino. Su rostro desencajado, las lágrimas que empapan sus mejillas y la respiración agitada evidencian que Leam, como tantos otros, no ha tenido suerte y ha caído en el Bríaro. El mar de almas es lo que le espera cuando deje este mundo, pero todavía está a tiempo de evitarlo, todavía puede ganarse su cambio de torbellino y disfrutar de una eternidad apacible.

—Firme aquí —continúa el practicante, señalándome un espacio en blanco al final del documento—. Cuando su hijo recobre las fuerzas, que firme en esta otra línea. Remítanos el contrato y en breve le daremos un empleo.

Obedezco y planto mi firma como un autómata. Ahora, la Corporación dará a Leam la oportunidad de salvarse. Ellos descubrieron el praemortis, pero también han descubierto la forma de cambiar de torbellino. Si Leam trabaja lo suficiente podrá ganársela, podrá evitar la condena y el tormento, burlar el Bríaro, porque ellos le suministrarán el Néctar en el momento de la muerte final y auténtica. Su salvación.

Salimos del hospital y regresamos al monorraíl, tan atestado de gente como lo estaba a la ida. Mientras viajamos bajo la plataforma de la ciudad, observo la palidez en el rostro de Leam; las ojeras, el pelo despeinado y el resto de baba amarillenta junto a la comisura de sus labios. No puedo aguantar las lágrimas, y me vuelvo hacia la ventanilla para que no me vea llorar.

Me pregunto cómo va a trabajar un muchacho cuyo corazón apenas reúne fuerzas para mantenerlo en pie.

Abajo, el Apsus me saluda con una tormenta de agua y espuma.

Chapter Two

A una señal de su director, el cuarteto musical puso en marcha una melodía de bienvenida, suave pero alegre. Dos hombres vestidos con el uniforme de la Guardia abrieron las puertas del salón de actos. Al otro lado apareció la figura de Robert Veldecker, sonriente, vestido de esmoquin, con los brazos abiertos como si quisiera abrazar a todos los asistentes de la fiesta al mismo tiempo. Robert era un hombre de mediana edad. Tenía el pelo castaño y ondulado, largo hasta los hombros, aunque para la ocasión había decidido recogérselo en una coleta. Era de rostro ancho, nariz prominente y chata, y cejas gruesas. Observaba a los invitados con sus ojos saltones permanentemente enrojecidos. Sus párpados caídos le hacían parecer cansado, pero también lo dotaban de un aspecto apacible que le ayudaba en sus labores como líder de la Corporación. Se encaminó hacia el centro del salón, bañándose en aplausos y lanzando saludos a las caras conocidas. Cuando llegó al centro, la música cesó.

(Continues...)



Excerpted from PRAEMORTIS by MIGUEL ÁNGEL MORENO Copyright © 2011 by Miguel Moreno. Excerpted by permission of Thomas Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

Meet the Author

Miguel Ángel Moreno es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Comenzó en el mundo literario a los veinticuatro años, fecha en la que fue premiado en diversos certámenes literarios y teatrales. En la actualidad imparte clases sobre técnicas literarias e introducción a la literatura creativa para seminarios, asociaciones de escritores y empresas.

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Praemortis: dioses de carne 3.7 out of 5 based on 0 ratings. 3 reviews.
Anonymous More than 1 year ago
Me encanto... waiting for the sequel..! xD
WKAS More than 1 year ago
Una novela sobrecogedora; una historia muy original. Me encanta lo conseguida que está la sensación de claustrofobia. Los capítulos de acción son inmejorables. El personaje de Marcus Haggar me encantó. Una gran novela de ciencia ficción.
alaskamonkeys More than 1 year ago
Praemortis was kinda a hard book to get into its about Dr. Veldecker, seeking a cure for his son, discovers a formula that makes patients break through the border of mortal life and discover what awaits you when you die. Dr. decides to destroy the formula he has called his son Robert Praemortis but keeps it in secret. Robert founded a corporation where its purpose is to control humanity. Apparently only a supernatural being and mysterious non-human, who calls the "Golem" can change the future. It took me so long to finish this one ( not normal for me ) it yanks you from one part to the other and I got lost a few times and had to go back and reread a few chapters. I would not recommend this book unless you really like books that are out there.