Secuestro en la Tierra de Gracia

Secuestro en la Tierra de Gracia

by Miguel A. Santana G

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ISBN-13: 9781466912069
Publisher: Trafford Publishing
Publication date: 02/08/2012
Pages: 292
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SECUESTRO EN LA TIERRA DE GRACIA


By Miguel A. Santana G.

Trafford Publishing

Copyright © 2012 Miguel A. Santana G.
All right reserved.

ISBN: 978-1-4669-1206-9


Chapter One

Cuando hice la primera comunión, el buen cura Bidegain del Colegio San Francisco Javier, con su dulce voz de anciano acartonado y creencias medioevales, nos decía en la charla preparatoria.

-Ahora van a tener uso de razón y por tanto serán responsables de sus actos.

Esta frase repetida incansablemente, a los primocomulgantes, desde las remotas horas del comienzo del cristianismo, marca el principio de la conciencia del ser de cada cristiano y lo responsabiliza de sus acciones con su correspondiente carga de culpa.

Era joven e inocente. No comprendí que al darme ese espaldarazo de responsabilidad, me estaban jodiendo para siempre, dándole a todos mis actos, de allí en adelante, una connotación de bondad o maldad, según los cánones de moral y religión que me habían enseñado. Además le estaba entregando al yo de mi compleja personalidad el mando de mi vida, para que en una eterna pelea, se debata por cumplir las muy altas exigencias de mi súper yo y anule o esconda en el averno de mi inconsciente, las voces de mi ello, tratando de arrastrarme a las más inicuas pasiones o simplemente a seguir con naturalidad mis instintos.

Hoy, cuarenta años después de esa consagración de soldado de la bondad y habiendo recibido tantos coñazos a lo largo de este continuo devenir que nos empeñamos en llamar vida, miro a través de la ventana y sonrío.

Tengo unos minutos de paz.

Imagino que formo parte de un universo en expansión el cual es probable que sea sólo un fragmento de otros muchos universos dentro de los cuales hay miles de millones de galaxias con billones de estrellas. En una de estas galaxias, alrededor de una estrella insignificante que llamamos Sol, se formó un sistema de planetas y en uno de ellos que desde el espacio se aprecia azul, existe la forma de vida con conciencia que conocemos como humanidad.

Me estremece mi pequeñez y me asombra mi vanidad al creer en un Dios personalizado a mi imagen y semejanza.

Pienso, dudando, sí verdaderamente todos mis actos y los de los otros ocho mil millones de humanos que actualmente me acompañan y los de los cientos de millones que ya han muerto o nacerán, tienen una señal o debo decir tenemos, de bien o mal, de positivo o negativo, con la consecuente responsabilidad en cada uno de nosotros.

Me niego a aceptar que yo sea tan importante.

El teléfono interrumpe mi pequeña y pasajera angustia existencial.

-¡Hola Jaume!

Es la dulce y excitante voz de Antonietica Orlandini, uno de esos exquisitos seres de cromosomas XX y estructuras proteicas distribuidas con tal armonía, que la envidiarían, la inocente Venus de Botticelli saliendo del mar e incluso la muy antigua y sensual Venus de Honle Fels y sus grandiosos senos, con el agravante, que ella reboza vida y sabe utilizar sus encantos.

Cuando la oigo o la veo, tiemblo integralmente y siento un vacío en el epigastrio que me recuerda las caídas bruscas de descompresión en los aviones.

-¿Qué vas a hacer esta noche? Me imagino que te sentirás solo hoy viernes en la noche, a menos que estés aprovechando que te dejaron soltero. Si no es así, me encantaría y acentuó sutilmente el me y arrastró juguetonamente el encantaría, nos acompañaras a cenar hoy.

-Se acabó la paz y comienza otra angustia. Mi incansable super yo ordena: quédate en casa, Luisa (tu esposa), probablemente llame después de las diez para desearte buenas noches y controlar sí has salido. Ya que te quedaste para trabajar.

Ese ello truculento que reposa en las profundidades de mi hipotálamo, sí es que allí reside, suelta una risa estentórea y grita:

-¡Imbécil! Hoy es viernes. Tu mujer y los tres malandros que gobiernan tu vida, están en el apartamento de la playa. Tu, puro y fiel, no has previsto salir con alguna de las muchachas del Departamento de Procesamiento de Datos, de las cuales, por lo menos tres estarían encantadas que les dieras clases particulares de Pert-CPM cuya carta de flujo las lleve al decúbito. ¿Será posible que no te des un pequeño gusto sadomasoquista, cenando en casa de los Orlandini? Acuérdate que Antonietica, además de lo divina que está, cocina las pastas con la receta de la nonna y la salsa putanesca le queda como para chuparle a ella los dedos y estará jugando y flirteando contigo y con todos los hombres de la reunión, toda la noche, sonriendo y diciendo chistes suaves pero de doble sentido.

Decido sin mucha dificultad, pero con muchas expectativas, tomar la opción de visitar a mis vecinos y acompañarlos a cenar.

Es las tres de la tarde y puedo trabajar un rato en el programa que estoy preparando para los sistemas administrativos de la U.S. Williams Inc., compañía transnacional de textiles que contrató los servicios de mi pequeña empresa y pagará en dólares americanos. Nunca imaginé que nos ganaríamos la licitación internacional que realizaron a través de Internet, ya que fuimos treinta y dos compañías las que competimos por este convenio de una de las textileras más importantes del mundo, con maquiladoras en Taiwán, Shangai, Corea, Ciudad del Cabo, Curitiba, Medellín, Cuernavaca y Santo Domingo. Es muy importante honrarlo con eficacia y prontitud. Así se nos abrirán las puertas para otros negocios y allí está el futuro para una empresa como la mía.

Enciendo a mi adorada compañera, una Dell Imation 5000, con suficiente memoria para guardar la información de la biblioteca de Alejandría, la cual gracias a las últimas tecnologías de circuitos micro estampados, tiene el tamaño de un maletín ejecutivo, es muy liviana y me permite trabajar en cualquier sitio, incluso en mi apartamento de la playa, aunque le prometí a Luisa no hacerlo y por eso preferí quedarme y resolver los problemas de estos programas financieros en la quietud de mi escritorio.

Trabajar en silencio es un hábito aprendido en mi infancia, cuando veía a papá, en la noche, después de cenar, sentado en la mesa del comedor, porque no teníamos una biblioteca. Sacaba aquellas inmensas hojas de cálculo, de color verde, con múltiples líneas diminutas, dispuestas para ser rellenadas con minúsculos números, cientos de recibos y cuentas, para anotar una a una, con su pequeño lápiz Mongol No 2 amarillo y una paciencia infinita, los ingresos y egresos del Socorro Mutuo de los Telegrafistas y de otras muchas pequeñas compañías, a las cuales llevaba la contabilidad en sus horas libres y así se redondeaba el sueldo, para pagar mis estudios universitarios, que requerían más del 20% de los ingresos de la familia que funcionaba económicamente como una empresa, cuya misión era darnos educación a mi hermana y a mi. Por otro lado, Titi Casita, mi madre, aportaba sus buenos granos de arena esculpiendo con rosas y orquídeas, fantasías florales en su Floristería Pincelada, las cuales yo repartía a domicilio y ganaba las propinas que constituían mi mesada.

Sonrío con malicia al recordar la cara de extrañeza de algunas de las madres de mis amigas, que me reconocían y me habían dado con desdén unos cuantos bolívares en la tarde, cuando había entregado un ramo de rosas rojas para una quinceañera, en la puerta de su domicilio, y en la noche, yo, representando la misma paradoja de la Bella Durmiente, vestido de esmoquin y convertido en príncipe, bailaba el vals con su hija.

Mis condiciones de trabajo son incomparables con las de papá.

Si él pudiera ver ahora mi biblioteca de caoba pulida, mi escritorio de mármol negro, mi silla italiana de cuero, mi lámpara de neón y mi computadora que además de facilitar el trabajo me provee fondo musical.

Sus motivaciones y las mías son las mismas. Estoy tratando de generar el capital para dar a mis hijos la formación necesaria en este mundo competitivo.

Recapacito, las motivaciones parecen las mismas, las proporciones evidentemente no lo son, pero en ambas situaciones hay un error conceptual y filosófico; la búsqueda y la obtención de poder, el título nobiliario moderno denominado doctorado, para mi estirpe, mi sangre y mi continuidad; sin caer en cuenta que estoy formando parte de esta sociedad consumista, logrando bienes y servicios para mi familia y ésta mal llamada seguridad, que es un absoluto inalcanzable que hace perversa la búsqueda. Pocas veces pongo en tela de juicio la aceptación de mi participación en esta insania que resulta al tratar de lograr seguridad y olvido la parábola evangélica del cuidado de Dios a sus pequeñas criaturas, "Las aves del cielo: no siembran ni cosechan. Los lirios del campo no se fatigan ni hilan ..." Mateo 6:25-34.

Me resulta antipático y difícil aceptar que he pactado con Mandinga, representado en la sociedad de consumo por el capitalismo delirante, con la excusa de hacerlo en función del futuro de mi familia y cierro los ojos ante la evidencia de que me gusta formar parte de una clase emergente de profesionales sin fronteras en esta Aldea Global. Somos exitosos y nuestros ingresos nos permiten viajar y conocer las siete maravillas del mundo, catar los mejores vinos, degustar los placeres de la buena mesa en los más exclusivos restaurantes, tener vehículos magníficos, parejas excepcionalmente hermosas, acceso a las mejores clínicas, centros de relajación y salud, contactos y relaciones con los jerarcas de la economía, de la política e incluso de las iglesias y hasta un seguro de vida en dólares (irónicamente llamado seguro de vida, pues sólo es cobrado por los herederos después de nuestra muerte.)

Creo que estoy en uno de esos días de mucho pensar y poco hacer en los cuales medito mis acciones hasta el cansancio. A mis cuarenta y siete años tengo noches de insomnio donde pongo en duda mis valores y los de mi sociedad. Critico la sociedad del confort, donde hemos fabricado un artilugio para cada acción o situación, lo cual está indeleblemente ligado a la sociedad de consumo que nos consume. También me paseo por mis valores religiosos, dudo de las religiones, de mi iglesia y sus sacerdotes, de la influencia que sus valores y su poder temporal han tenido en la sociedad, la economía y la historia. Por primera vez concientizo que nunca he dudado de la existencia de Dios, sino de la forma como los seres humanos interpretamos sus manifestaciones. Dudo de mis valores acerca de la sexualidad impuestos en mi cultura y sus connotaciones de bien y mal, de pecado y culpa, de premio y castigo eternos. Imagino fantasmas, ángeles y demonios que ejecutan los castigos y los premios.

En las luchas de mi espíritu, no siempre gana la luz, algunas veces gana la oscuridad y salen mis demonios. Esto me genera tremendos dolores de cabeza y no me atrevo a actuar ni a cambiar.

Durante la noche, mientras me dan vueltas cientos de ideas, llego a verlo todo diáfanamente y tomo decisiones trascendentales sobre mi vida, las cuales al día siguiente ni siquiera recuerdo y mucho menos me atrevería a realizar. Parezco un adolescente, no estoy seguro sí mis amigos viven situaciones similares. Les preguntaré. Creo que pudiera escribir un capítulo para algún libro de psicología titulándolo Adolescencia Espiritual a los 48 años.

Salgo diariamente temprano, dejando a mi familia en la seguridad del hogar, preparándose cada quien, para la actividad que le corresponde realizar en este sainete de la sociedad moderna.

No se si papá se hacía estas preguntas. Nunca lo hablamos. Siempre fue de mucho hacer. El sería un gran ejemplo para esos gurús que hablan tanto del silencio. Donde esté su espíritu, ya reencarnado; porque él debe haber escogido reencarnar para seguir ayudando a los demás, estará haciendo, quedamente, muchas actividades para que la humanidad avance. Las almas evolucionadas sirven a las demás con humildad y ayudan a la evolución y al crecimiento de quienes lo rodean, en cada una de sus encarnaciones. Son seres luminosos que irradian bienaventuranza, las religiones orientales los denominan iluminados. El no creía en la re-encarnación, yo sí. Era un católico convencido y practicante por lo cual creía en los dogmas sin hacerse preguntas sobre su validez y como la Iglesia Católica anatemizó la idea de la preexistencia de las almas desde el Concilio de Nicea en el 553 DC, él, simplemente y con la fe monolítica de un buen cristiano ni siquiera lo dudaba. Justifico mi creencia en la no aceptación del sufrimiento y el dolor humano sino como una manera de purificación para crecer espiritual, individual y colectivamente e ir despojándonos del ego, que nos ata a lo material, para que después de muchas vidas nos podamos fundir con Dios, la Energía, el Universo o como lo queramos llamar.

Tengo más de una hora pensando necedades y no me he podido concentrar.

Apago mi máquina y me recuesto en la penumbra para tratar de dormir un rato, antes de ir a casa de los Orlandini.

A contra luz veo los perfiles de los muebles, los espacios que separan o debo decir, unen los ambientes, algo así como en la música en la que los silencios no separan las notas, más bien las armonizan. El claro oscuro da una sensación de profundidad y lánguida tonalidad de grises que contrastan desde el negro, ausente de luz, al brillo aureólico de las cenefas donde los fotones luchan por invadir la intimidad de la habitación. La silueta del Hidalgo y su rocín sobre la mesita esquinera, los contornos del astrolabio que me regaló mi madrina para atisbar los cielos, el Móvil Eterno de Alejandro Otero con su movimiento perpetuo, son sombras vivas que no me aterran, más bien singularizan una paz que reconozco como continuidad de los espíritus que las crearon. Siento que no poseo estos objetos, formo parte con ellos, de mi espacio.

Disfruto quitarme los zapatos y acostarme. Sentir los olores de mi habitación. Impresionante como puedo desde aquí, recostado, casi inmóvil, reconocer el olor de la almohada de Luisa que me enerva y excita. Su perfume que viaja desde el tocador. El cuero de mis pantuflas, mis axilas con desodorante. Mi sexo de hombre maduro.

Reconozco los ruidos a cuales no pongo nunca atención y oigo el suave rechinar de la madera de los pisos, el ulular del viento que escarba las rendijas de las ventanas que dan al jardín, el suave cloqueo de las paraulatas que anidan en los árboles circundantes y el desesperado aullido de una gata en celo.

Por fin llega el silencio y penetra suavemente mi conciencia. Se van apagando los circuitos de mi corteza cerebral. Mi yo va perdiendo el control. Mis ondas cerebrales beta se hacen alfa. El sistema reticular y los núcleos de la base del cerebro lo toman, desconectando a la corteza y entro en el mundo de Alicia en el País de las Maravillas, donde todo es posible al mismo tiempo. Soy el niño que juega, cree y confía. No espero. Nada me hace falta. Las manecillas del reloj se mueven indistintamente hacia adelante y atrás. Sin prisa. Sin consecuencias.

Soñar no cuesta nada ¿Será verdad? ¡Es tanto lo que se ha escrito sobre los sueños! Vienen a mi mente dos frases del soliloquio de Segismundo: todos saben lo que sueñan aunque ninguno lo entiende y los sueños, sueños son.

Tengo la suerte de soñar en colores, con sabores y olores, lo cual hace que mis fantasías oníricas sean espectaculares y muy reales.

-¿Qué habrán dicho o escrito Freud, Jung u otros connotados estudiosos del sueño sobre esta particularidad de soñar en colores con sabores y olores?

Recuerdo vagamente la importancia de los arquetipos incluso de colores para la estructuración del inconciente colectivo según Jung, pero no preciso ninguna relación con sabores u olores. Creo que tengo mucho por revisar para medio satisfacer mi curiosidad ilimitada.

Me volví sobre el lado derecho y como siempre cuando me hago preguntas en la cama, busqué de inmediato, a tientas, mi libreta, y con la otra mano encendí la lámpara. Anoté mi interrogante, así no olvidaré buscarlo en la red.

Hoy, después de haber pensado tanto estoy especialmente necesitado de un sueño relajante.

Me siento sano, sin grandes frustraciones en la vida, he trabajado, soy exitoso, tengo poca carga espiritual negativa, no conozco el odio y no tengo rencores ni envidias, lo cual hace que mis ratos de descanso, aún siendo cortos, suelan ser gratificantes.

Las pocas pesadillas que recuerdo están relacionadas con mis miedos infantiles y mis tabús culturales.

Cuando cumplí quince años, con mucho miedo me quité el escapulario que me habían impuesto en una ceremonia medieval a los siete años, poco después de mi primera comunión, como un escudo protector contra el diablo y sus tentaciones.

-Renuncia a Satanás, a sus seducciones, a sus pompas y a sus obras.

Retumbó como un eco en mi rinencéfalo, cueva de mis instintos ancestrales.

(Continues...)



Excerpted from SECUESTRO EN LA TIERRA DE GRACIA by Miguel A. Santana G. Copyright © 2012 by Miguel A. Santana G.. Excerpted by permission of Trafford Publishing. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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