Tan cierto como el amanecer

Tan cierto como el amanecer

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Overview

Esta serie clásica ha inspirado a millones de lectores. Sin duda alguna, tanto los fieles seguidores como los nuevos lectores desearán poseer la edición más reciente de esta serie clásica. Esta edición incluye un prólogo de la casa editorial, un prefacio por Francine Rivers y una guía de discusión para uso personal o grupal. El tercer libro de la serie La marca del León, Tan cierto como el amanecer, continúa la historia de Atretes. Un guerrero y gladiador alemán que ganó su libertad a través de su valentía... sin embargo, su vida está a punto de cambiar para siempre en esta apasionante historia.

This classic series has inspired millions of readers. Both loyal fans and new readers will want the latest edition of this beloved series. This edition includes a foreword from the publisher, a preface from Francine Rivers, and discussion questions suitable for personal and group use. Mark of the Lion #3 As Sure As the Dawn continues the story of Atretes. German warrior. Revered gladiator. He won his freedom through his fierceness . . . but his life is about to change forever.

Product Details

ISBN-13: 9781496426420
Publisher: Tyndale House Publishers
Publication date: 06/19/2018
Series: La marca del Leon Series , #3
Pages: 528
Sales rank: 316,591
Product dimensions: 5.40(w) x 8.20(h) x 1.40(d)

About the Author

From 1976 to 1985, Francine Rivers had a successful writing career in the general market, and her books were awarded or nominated for numerous awards and prizes. Although raised in a religious home, Francine did not truly encounter Christ until later in life, when she was already a wife, mother of three, and an established romance novelist. Shortly after becoming a born-again Christian in 1986, Francine wrote Redeeming Love as her statement of faith. This retelling of the biblical story of Gomer and Hosea set during the time of the California Gold Rush is now considered by many to be a classic work of Christian fiction. Redeeming Love continues to be one of the Christian Booksellers Association’s top-selling titles, and it has held a spot on the Christian bestsellers list for nearly a decade.

Since Redeeming Love, Francine has published numerous novels with Christian themes--all bestsellers--and she has continued to win both industry acclaim and reader loyalty around the globe. Her Christian novels have also been awarded or nominated for numerous awards, including the Christy Award and the ECPA Gold Medallion. Francine’s novels have been translated into over twenty different languages, and she enjoys bestseller status in many foreign countries including Germany, The Netherlands, and South Africa.

Francine and her husband, Rick, live in Northern California and enjoy the time spent with their three grown children and every opportunity to spoil their four grandchildren. She uses her writing to draw closer to the Lord, and that through her work she might worship and praise Jesus for all He has done and is doing in her life.

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CHAPTER 1

Físicamente agotado y con el orgullo herido, Atretes estaba harto. Su paciencia se había acabado.

Tan pronto como Hadasa le dijo que su hijo estaba vivo y que el apóstol Juan sabía dónde encontrarlo, empezó a hacer planes. Dado que la gente lo adoraba, no podía entrar a la ciudad de Éfeso a su antojo; debía esperar para hacerlo a escondidas en la oscuridad de la noche. Y así lo hizo. No le costó demasiado encontrar la casa del apóstol — Hadasa le había dado buenas indicaciones —, pero aun a altas horas de la noche el hombre de Dios estaba completamente dedicado a sus asuntos, consolando a un niño enfermo y después escuchando la confesión de alguien en su lecho de muerte.

Atretes esperó a Juan y, luego de algunas horas, le dijeron que el apóstol había mandado a decir que se iría directamente a un servicio de adoración al amanecer a orillas del río. Enojado, Atretes salió a buscarlo y llegó justo cuando una gran multitud se había reunido para escuchar a Juan hablar acerca de Jesucristo, su Dios resucitado. ¿Un carpintero de Galilea, un dios? Atretes cerró sus oídos a las palabras que se proclamaban y se retiró a un lugar tranquilo bajo un árbol terebinto, decidido a esperar.

Sin embargo, ¡ya no esperaría más! El amanecer había llegado y ya era de día, y estos fieles todavía seguían cantando alabanzas a su rey celestial y contando sus anécdotas de liberación personal de la enfermedad, del sufrimiento, de los vicios, ¡hasta de los demonios!

Estaba harto de escucharlos. A algunos, completamente vestidos, ¡ahora los estaban sumergiendo en el río! ¿Se habían vuelto locos todos?

Atretes se levantó, caminó hacia la parte de atrás de la multitud y le dio un codazo a un hombre.

— ¿Cuánto tiempo tardan estas reuniones?

— Tanto como el Espíritu nos mueva — dijo el hombre, mirándolo brevemente antes de volver a cantar.

¿El espíritu? ¿Qué significaba eso? Atretes estaba acostumbrado a la disciplina de los programas y regímenes de entrenamiento, a manejar los hechos concretos; la respuesta del hombre era incomprensible.

— ¿Es esta la primera vez que escucha ...?

— Y la última — Atretes lo interrumpió, ansioso por marcharse.

El hombre volvió a mirarlo y una sonrisa se dibujó en su rostro. Abrió bien grandes los ojos.

— ¡Usted es Atretes!

Una oleada de adrenalina invadió a Atretes y tensó sus músculos. Podía huir o luchar. Con la boca apretada, mantuvo su posición. La primera opción iba en contra de su naturaleza; la larga noche de espera lo había preparado para la segunda.

¡Tonto!, se reprochó a sí mismo. Debía haberse quedado callado y esperado tranquilo bajo la sombra del árbol, en vez de llamar la atención sobre sí mismo. Pero ahora era demasiado tarde.

Inventó excusas por su error. ¿Cómo podía adivinar que la gente todavía se acordaría de él? Habían pasado ocho meses desde que había dejado la arena. Pensó que, a estas alturas, ya se habrían olvidado de él.

Al parecer, los efesios tenían buena memoria.

Otras personas se dieron vuelta al escuchar su nombre. Una mujer dio un grito ahogado, se dio vuelta rápidamente y les susurró a los que estaban cerca de ella. La noticia de su presencia se esparció como el viento que agita las hojas secas. La gente que estaba delante se dio vuelta para ver a qué se debía el revuelo y lo vio, una cabeza por encima del resto y su condenado cabello rubio llamando la atención como una farola.

Maldijo en voz baja.

Es Atretes — dijo alguien, y se le erizó el cabello de la nuca. Sabía que lo más prudente sería irse lo antes posible, pero la tozudez y la ferocidad de su naturaleza lo dominaron. Ya no era un esclavo de Roma ni un gladiador que debía combatir en la arena. ¡Tenía que volver a ser el dueño de sí mismo! ¿Qué diferencia había entre las paredes de una villa lujosa y las del ludus? Ambas lo aprisionaban.

¡Ha llegado el momento!, pensó con frustración e ira. Averiguaría lo que necesitaba saber y se iría. Cualquiera que tratara de detenerlo tendría serios motivos para lamentarlo.

Apartando al hombre que todavía estaba boquiabierto, empezó a abrirse paso a empujones entre la multitud que estaba delante de él.

Los susurros alborotados se propagaron a través del mar de personas mientras él avanzaba entre ellas.

— ¡Abran paso! Es Atretes. ¡Está pasando al frente! — gritó alguien, y los que estaban en la parte delantera interrumpieron sus alabanzas y se dieron vuelta para mirar.

— ¡Alabado sea el Señor!

Atretes endureció la boca cuando los zumbidos de emoción lo rodearon. A pesar de haber luchado en la arena durante diez años, el germano nunca se había acostumbrado al furor que inevitablemente causaba su presencia en cualquier reunión.

Cada vez que eso sucedía, Sertes, el editor de los juegos efesios y el que lo había sacado del Gran Ludus de Roma, se deleitaba por la reacción de la muchedumbre ante su preciado gladiador; Sertes se aprovechaba de la fama de Atretes de cualquier forma que podía, recogiendo para sí los beneficios monetarios. El efesio había aceptado sobornos de patrocinadores ricos y lo había llevado a los banquetes para que lo consintieran y lo acariciaran. Otros gladiadores se regodeaban de que los trataran como reyes y gozaban de todos los tipos de placeres que les ofrecían en las últimas horas previas a enfrentar la muerte en la arena. Atretes comía y bebía con moderación. Su plan era sobrevivir. Siempre se mantenía apartado, ignorando a sus anfitriones y mirando a los invitados con tal ferocidad y desprecio que nadie se acercaba mucho a él.

— ¡Te portas como una bestia enjaulada! — se había quejado Sertes una vez.

— Es en lo que tú y los demás me han convertido.

El recuerdo de esa época ahora solo alimentaba su ira, mientras trataba de abrirse paso entre la muchedumbre que estaba junto al río. Hadasa le había dicho que buscara al apóstol Juan. Estos tontos boquiabiertos y balbucientes no lograrían impedir que lo hiciera.

La resonancia de las voces excitadas iba en aumento. A pesar de ser más alto, el guerrero sentía que la multitud lo oprimía. Las personas lo tocaban mientras avanzaba. Se puso tenso instintivamente y los hizo retroceder. Esperaba que lo agarraran o tironearan de él como los amoratae que tantas veces lo habían perseguido por las calles de Roma, pero estas personas, emocionadas por su presencia, solo lo rozaban con las manos para alentarlo a que siguiera adelante.

— ¡Alabado sea el Señor!

— Era un gladiador ...

— ... una vez lo vi luchar, antes de convertirme en cristiano ...

La gente se le vino encima desde atrás y su corazón empezó a latir fuertemente. El sudor frío afloró en su frente. No le gustaba tener a nadie detrás de él.

— Abran paso — dijo un hombre —. ¡Déjenlo pasar!

— ¡Juan! ¡Juan!¡ Atretes está pasando al frente!

¿Ya sabían ellos por qué había venido a esta reunión del Camino? ¿Les habría avisado Hadasa de alguna manera?

— ¡Otro! ¡Otro para el Señor!

Alguien empezó a cantar nuevamente y la ola de sonido creció a su alrededor, erizándole el cabello de la nuca. Delante de él, se abrió un sendero. No esperó a preguntarse por qué lo hacían, sino que avanzó a zancadas la breve distancia hasta la orilla del río.

Varios hombres y mujeres estaban de pie en el agua. A uno lo estaban sumergiendo. Otro, completamente empapado, lanzaba agua al aire, llorando y riendo al mismo tiempo, mientras otros caminaban por el agua para ir a abrazarlo.

Un anciano que vestía una túnica tejida y una faja a rayas ayudaba a otra persona a levantarse del agua, diciendo: «Has sido hecho limpio por la sangre del Cordero». Los cánticos se hicieron más fuertes y alegres. El hombre vadeó rápidamente el río y se acercó a sus amigos. Uno lo abrazó, llorando, y los demás lo rodearon.

Atretes quería irse desesperadamente de este lugar, irse lo más lejos posible de esta reunión de hombres y mujeres trastornados.

— ¡Oiga, usted! — le gritó al hombre de la faja a rayas —.

¿Usted es Juan, al que llaman "el apóstol"?

— Sí, soy yo.

Atretes entró al río, asombrado por el estallido de entusiasmo que había surgido detrás de él. Una vez, Sertes había dicho que Juan el apóstol era una amenaza mayor para el Imperio romano que todas las sublevaciones fronterizas juntas; pero, considerando al hombre que estaba de pie frente a él, Atretes no vio nada que temer. A decir verdad, Juan parecía particularmente común y corriente.

Sin embargo, Atretes había aprendido a no dar por sentado que las cosas eran lo que aparentaban; la triste experiencia le había enseñado a no subestimar a ningún hombre. A veces, un cobarde tenía una astucia más letal que un hombre de coraje, y hasta el aparentemente indefenso podía infligir heridas demasiado profundas para sanar. ¿Acaso no le había arrancado Julia el corazón con su traición y sus mentiras?

Este hombre tenía un arma contra él, un arma que Atretes tenía la intención de quitarle. Plantó sus pies firmemente, con su rostro y su voz duros como una roca.

— Usted tiene a mi hijo. Hadasa se lo trajo hace unos cuatro meses. Quiero que me lo devuelva.

— Hadasa — dijo Juan y su expresión se suavizó —. Estaba preocupado por ella. No hemos visto a nuestra hermanita por varios meses.

— Ni la verán. Está entre los condenados de los calabozos debajo del anfiteatro.

Juan soltó la respiración como si hubiera recibido un golpe y luego murmuró algo en voz baja.

— Ella me dijo que usted le entregó a mi hijo a una viuda llamada Rizpa — dijo Atretes —. ¿Dónde puedo encontrarla?

— Rizpa vive en la ciudad.

— ¿Dónde, exactamente?

Juan avanzó y puso su mano sobre el brazo de Atretes.

— Venga. Hablemos.

Se quitó la mano del hombre de encima.

— Solo dígame dónde encontrar a la mujer que tiene a mi hijo.

Juan volvió a mirarlo de frente.

— Cuando Hadasa vino a mí con el niño, me dijo que le habían ordenado que lo dejara sobre las rocas para que muriera.

Yo no le di esa orden.

— Ella dijo que el padre no quería al niño.

El rostro de Atretes se puso rojo. Su boca se puso rígida.

— El niño es mío. Eso es todo lo que necesita saber.

Juan frunció el ceño.

— ¿Hadasa está condenada ahora por haberme traído al bebé?

— No. — El acto de desobediencia de Hadasa de no dejar al bebé sobre las rocas habría sido motivo suficiente para condenarla, pero esa no había sido la razón por la que Julia la había mandado a morir. Atretes estaba seguro de ello. Hasta donde él sabía, Julia ni siquiera estaba al tanto de que el bebé seguía con vida. Pero Julia podía haberla condenado por cualquier capricho que se le hubiera ocurrido. Él solo sabía un dato de lo que le había sucedido a Hadasa.

— Uno de los sirvientes me dijo que a Hadasa le dieron la orden de quemar incienso en honor del emperador. Ella se negó y proclamó que su Cristo es el único dios verdadero.

Los ojos de Juan resplandecieron.

— Alabado sea Dios.

— Fue una tonta.

— Una tonta para Cristo.

— ¿Está contento? — dijo Atretes sin poder creerlo —. Ella morirá por esas cuantas palabras.

— No, Atretes. Cualquiera que crea en Jesús no perecerá, sino que tendrá vida eterna.

Atretes se impacientó.

— No vine para hablar sobre sus dioses o su creencia en la vida después de la muerte. Vine por mi hijo. Si quiere una prueba de que soy el padre, ¿se conformará si se lo dice la ramera de su madre? Arrastraré hasta aquí a Julia Valeriano y la pondré de rodillas frente a usted para que se lo confiese. ¿Será eso suficiente? Luego, podrá ahogarla, si quiere, por lo ramera que es. Incluso es posible que yo lo ayude.

Juan recibió apaciblemente la ira del bárbaro.

— No dudo de que usted sea el padre. Estaba pensando en las necesidades del niño, Atretes. Esta no es una situación sin serias consecuencias. ¿Qué hay de Rizpa?

— ¿Qué necesita un bebé, además de que lo alimenten y lo mantengan abrigado? En cuanto a la mujer, dele otro niño. El de otra persona. No tiene derecho a tener el mío.

— El Señor intervino por el bien de su hijo. Si no ...

Hadasa intervino.

— No fue una casualidad que ella me trajera al niño en el momento que lo hizo.

— ¡Hadasa misma me dijo que, si hubiera sabido que yo quería al niño, me lo hubiera entregado a mí!

— ¿Por qué no lo sabía?

Atretes apretó los dientes. De no haber sido por la multitud, habría usado la fuerza para conseguir la información que quería.

— ¿Dónde está?

— Él está a salvo. Hadasa pensó que la única manera de salvar a su hijo era dándomelo a mí.

Atretes entrecerró los ojos con frialdad. Un músculo se puso tenso en su mandíbula mientras el calor subía hacia su rostro. Trataba de ocultar su vergüenza tras un muro de ira, pero sabía que no lo había logrado. Solo una persona lo había mirado como si pudiera ver bajo su piel, llegando a su mente y su corazón: Hadasa. Es decir, hasta este momento. Pues ahora este hombre hacía lo mismo.

Los recuerdos invadieron la mente de Atretes. Cuando la esclava fue a verlo y le contó que el hijo que llevaba Julia era de él, le dijo que no le importaba. ¿Qué certeza tenía de que el bebé fuera suyo? A pesar de que Hadasa se lo había asegurado insistentemente, Atretes sentía en carne viva la traición de Julia con otro hombre y estaba demasiado enojado para pensar con claridad. Le había dicho a Hadasa que si Julia Valeriano dejaba el bebé a sus pies, él lo dejaría allí y se marcharía sin siquiera mirar atrás. Nunca podría olvidar el dolor que esas palabras causaron en el rostro de la muchacha esclava ... ni el remordimiento que lo había inundado mientras ella se iba. ¡Pero él era Atretes! No iba a pedirle que volviera.

¿Cómo podría haber imaginado que una mujer fuera tan insensible a su hijo como lo había sido Julia? Ninguna mujer germana ordenaría que su bebé fuera abandonado en las rocas para que muriera. Ninguna germana. Solo una civilizada mujer romana podía realizar semejante acto.

Si no hubiera sido por la intervención de Hadasa, su hijo hubiera muerto.

Una vez más, se concentró en el presente, en el hombre que estaba parado frente a él con mucha paciencia.

— El niño es mío. Sea lo que sea que haya dicho antes, ya no importa. Hadasa me envió aquí, y yo tendré a mi hijo.

Juan asintió.

— Mandaré a buscar a Rizpa y hablaré con ella. Dígame dónde encontrarlo y yo le llevaré a su hijo.

— Dígame dónde está ella y yo mismo iré a buscarlo.

Juan frunció el ceño.

— Atretes, esto será muy difícil. Rizpa ama al niño como si fuera de ella. No será fácil que lo entregue.

— Con más razón debo ir yo. No sería prudente que usted le advirtiera de antemano a esa mujer acerca de mis intenciones para que pueda así irse de la ciudad.

— Ni Rizpa ni yo mantendremos a su hijo alejado de usted.

— Solo tengo su palabra al respecto, ¿y quién es usted para mí, sino un desconocido? ¡Que, además, está mal de la cabeza! — lo dijo con una mirada expresiva hacia los devotos —. No tengo ningún motivo para confiar en usted. — Se rio burlonamente —. Y aún menos motivos para confiar en una mujer.

— Usted confió en Hadasa.

Su rostro se ensombreció.

Juan lo estudió durante un momento y luego le dijo cómo encontrar a Rizpa.

— Oraré para que su corazón sea conmovido por la compasión y la misericordia que Dios le ha mostrado al salvar la vida de su hijo. Rizpa es una mujer de probada fe.

— ¿Qué significa eso?

— Ha soportado muchas tragedias en su joven vida.

— Esta no es por culpa mía.

— No, pero le pido que no le eche la culpa a ella por lo que ha sucedido.

— La culpa la tiene la madre del niño. Yo no culpo a Hadasa, ni a usted ni a esta viuda — dijo Atretes, aplacándose ahora que tenía la información que quería —. Además — añadió sonriendo irónicamente —, no tengo ninguna duda de que esta viuda suya se sentirá mucho mejor cuando sea generosamente recompensada por sus molestias. — Ignoró el gesto de dolor que hizo Juan al escuchar sus palabras. Al darse vuelta, se dio cuenta de que la multitud se había quedado en silencio —. ¿Qué están esperando?

— Pensaron que usted había venido para ser bautizado.

Con una risa burlona, Atretes subió rápidamente la colina sin dedicarles una mirada a los que estaban reunidos junto al río.

Atretes regresó a su villa por el camino periférico y esperó nuevamente. Sería más seguro entrar en la ciudad cuando cayera la noche y había otros asuntos que, en el apuro, había pasado por alto.

— ¡Lagos! — su voz estruendosa retumbó por la escalera de mármol —. ¡Lagos!

Un hombre corrió por el pasillo superior.

— ¡Mi señor!

— Ve al mercado de esclavos y cómprame una nodriza.

Lagos bajó aprisa la escalera.

— ¿Una ... nodriza, mi señor?

— Asegúrate de que sea germana. — Cruzó el patio a zancadas hacia los baños.

(Continues…)



Excerpted from "Tan Cierto como el Amanecer"
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Copyright © 2018 Francine Rivers.
Excerpted by permission of Tyndale House Publishers.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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Table of Contents

Prólogo de Mark D. Taylor, ix,
Prefacio, xi,
Agradecimientos, xiii,
Mapas: El Imperio romano hacia 117 d. C., xv,
El viaje a Germania hacia 72 d. C.,
La ruta oceanicá de Éfeso a Roma, xvi,
La ruta terrestre de Roma a Germania, xvii,
Preámbulo, xix,
PARTE I: LA SEMILLA, 1,
PARTE II: LA TIERRA, 125,
PARTE III: EL CRECIMIENTO, 293,
PARTE IV: LOS ESPINOS, 315,
PARTE V: EL SACRIFICIO, 433,
PARTE VI: LA COSECHA, 469,
Epílogo, 485,
Glosario, 489,
Guía para la discusión, 493,

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