El Buda entra en un bar

El Buda entra en un bar

by Lodro Rinzler

Paperback

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Product Details

ISBN-13: 9788499882314
Publisher: Editorial Kairos
Publication date: 11/01/2015
Pages: 320
Product dimensions: 5.10(w) x 7.80(h) x 0.90(d)

About the Author

Lodro Rinzler teaches at the New York Shambhala Meditation Center and has an advice column in the Huffington Post and the Good Men Project. He is the director of the Institute for Compassionate Leadership in New York and the author of Camina como un Buda. He lives in New York City.

Read an Excerpt

CHAPTER 1

Tu vida es un terreno de juego

"Si no has amansado al enemigo que es tu propia cólera, combatir oponentes externos solo conseguirá que se multipliquen. Por lo tanto, la práctica de un bodhisattva es utilizar un ejército de benevolencia y compasión para domesticar su propia mente."

Ngulchu Thogme

De joven tuve un reloj despertador que tenía la forma de samurái japonés que blandía una espada en la mano y contaba con una esfera de reloj en el vientre. Funcionó durante diez años, y me despertaba cada mañana con el sonido de un guerrero aullando en japonés: "¡Despierta, despierta! ¡Es la hora de la batalla!".

A muchos la vida nos parece una batalla. Nuestro primer instinto por la mañana es de autoprotección, deseando volver a perdernos entre las sábanas, en lugar de hacer frente al nuevo día. Y eso pasa porque a menudo consideramos nuestra rutina diaria como una manera de ir tirando en la vida –pagar las facturas, encontrar una relación sentimental, mantener las amistades, alimentar la vida familiar–, y al final de la jornada nos sentimos agotados a causa del esfuerzo desplegado para tenerlo todo controlado.

Invertimos mucha energía constantemente para estar al tanto del correo de voz, el electrónico, el correo basura, las facturas, las chicas o los chicos. En lugar de hacer frente a esos diversos aspectos de nuestra vida con una mente abierta, nos arrastramos a través de ellos y nos aferramos a nuestras escapatorias: nos mordemos las uñas, bebemos cervezas, tenemos relaciones sexuales, realizamos compras por Internet, o bien vamos al gimnasio. Algunos incluso nos las arreglamos para ser polivalentes y ocuparnos de todo lo anterior a la vez. Aunque lo intentamos con todas nuestras fuerzas, sabemos que al final de la jornada siempre se nos quedará algo en el tintero y que, a pesar de todo, habremos dedicado muy poco tiempo a ocuparnos de nosotros mismos.

Ahí es donde la meditación resulta especialmente útil. La práctica de la meditación trata sobre todo de aprender a estar presentes y apreciar el mundo que nos rodea. Nos ayuda a ver el mundo no como un campo de batalla, sino como un terreno fértil para practicar la sinceridad y el ser conscientes. Las enseñanzas budistas nos muestran que lo único que nos está impidiendo estar realmente presentes en nuestro mundo es un intenso cuelgue con nuestra manera habitual de considerar las cosas.

La mayoría de nosotros contamos con una rutina establecida que nos conduce a lo largo del día. A veces solidificamos esa rutina, convirtiéndola en una manera de vivir. Entonces surge la pregunta: "¿Funciona?". Nos descubrimos, un día tras otro, agitados e inquietos a causa de las mismas clases o trabajo, de la misma relación, los mismos bares y cuelgues, y anhelamos un cambio radical.

Sin embargo, no se trata necesariamente de que nuestro mundo sea problemático; lo problemático es nuestra perspectiva. Se ha dicho que la iluminación no es más que ver las cosas tal y como eran antes de que las tiñésemos con nuestras esperanzas y temores. Si pudiéramos relajar nuestra ansia acerca de cómo deberían ser las cosas y limitarnos a apreciarlas tal y como son, entonces el mundo se transformaría mágicamente en un terreno de ricas posibilidades.

En los años que llevo enseñando budismo, a menudo me ha sorprendido la increíble diversidad de personas que asoman en los umbrales de los centros de meditación. Aparte de la raza, edad o clase social, el factor común parece ser que ninguna de ellas se siente totalmente satisfecha con su vida tal y como esta discurre. Muy a menudo han intentado todo tipo de cosas para tratar de conseguir que su vida resultase más satisfactoria –la última droga, un trabajo nuevo, un coche nuevo, un nuevo amor–, pero ninguno de esos intentos ha producido un escenario de final feliz.

La palabra budista para señalar el ciclo de sufrimiento en el que nos hallamos es samsara. Samsara es todo, desde sentirnos incómodos porque tenemos un padrastro en una uña, hasta perder a una persona amada o a un familiar. El hecho de anhelar aquello de lo que carecemos es lo que nos hace infelices. Es el hecho de que al obtener aquello que anhelamos ya estamos pensando en algo nuevo con lo que entretenernos.

Samsara está alimentado por la esperanza y el miedo. Esperamos hacerlo mejor en el trabajo, pero tememos disgustar al jefe. Tenemos la esperanza de poder ir a la playa, pero tememos que llueva. La esperanza y el temor extremos pueden arruinar cualquier experiencia porque pasamos mucho tiempo dándole vueltas a la cabeza preocupándonos acerca de lo que podría suceder. Muchas personas, tras reconocer que los factores externos pudieran no reportarnos una felicidad duradera, se sienten inspiradas a buscar un cambio en su interior, pero la mayoría no tenemos ni idea de cómo empezar.

El Buda enseñó acerca de esta insatisfacción general cuando ofreció su primer sermón. No dijo: "Esto es lo que vamos a hacer, tíos. Primero X, Y, y luego Z, y ya veréis cómo resplandecéis igual que yo". No. Lo que dijo fue: "Vamos a ver. ¿Os sentís infelices, vale? Analicémoslo". Luego pasó a la cuestión de que sufrimos porque no acabamos de tener mucha idea de quiénes somos. El lado positivo sería que dijo que existe el cese de todo ese síndrome de agitación que sentimos en la vida. Para ello trazó un sendero a fin de que pudiéramos explorarnos a nosotros mismos y descubrir nuestro propio camino para iluminar el corazón y la mente. Este sendero está conformado por la meditación y la buena conducta.

La meditación es una herramienta sencilla para la autorreflexión, pero que no obstante ostenta un poder tremendo. Aunque no te ofrece la purga de Benito para transformar tu vida, lo que sí es cierto es que cuenta con el poder de transformar tu mente y corazón, haciéndolos más expansivos y más capaces de aceptar los obstáculos que pudieras encontrar en tu cotidianidad. Cuanto más expansivos son tu mente y corazón, más puedes implicarte en el mundo sin sentir que estás librando una batalla.

Las personas que empiezan a practicar meditación pasan por tres etapas. La primera podría describirse como la fase "¿De dónde salen todos estos pensamientos?". Estamos tan habituados a nuestro frenético estilo de vida que el simple hecho de sentarnos a meditar y estar presentes con nuestra respiración nos muestra la batería de pensamientos que discurren por nuestra mente a la velocidad de la luz. Nunca antes nos habíamos tomado la molestia de mirar nuestro interior y por ello nos choca descubrir las veloces y cambiantes tonalidades de pasión, cólera, confusión y soledad en sus diversas variaciones, que atraviesan nuestra cabeza.

La técnica básica de meditación es adoptar una postura derecha, conectar con el cuerpo y concentrar la mente en la respiración. La respiración sirve como ancla, amarrándonos a este momento, la experiencia presente. Parece sencillo, pero al cabo de unos momentos empezamos a darnos cuenta de que la mente deriva hacia una conversación que mantuvimos en otro momento del día, o que está pergeñando una lista de cosas que hemos de hacer en el momento en que acabemos de meditar. Cuando surgen esos pensamientos, hemos de reconocer su presencia, sin juzgarlos, solo como pensamientos, y devolver nuestra atención a la sensación física de la respiración. Si eso nos ayudara, incluso podemos decirnos mentalmente que no estamos haciendo nada terrible y que contamos con la capacidad de regresar a la respiración.

En una sesión de meditación de media hora podemos llegar a tener una amplia variedad de pensamientos. A menudo, en la fase "¿De dónde salen todos estos pensamientos?", la gente se frustra porque siente que no llega a ninguna parte o que esa meditación no funciona. La meditación ha funcionado para numerosos tipos corrientes que se han convertido en maestros de meditación a lo largo de miles de años, pero, claro, tú consideras que eso a ti no te vale.

Una de las cosas estupendas del budismo es que no adora al Buda como si fuese un dios o una divinidad, sino que en lugar de ello celebra al Buda como un ejemplo de persona normal, como tú y como yo, que inculcó mucha disciplina y gentileza a su práctica de meditación, acabando por abrir su mente y corazón de una forma increíble.

Cuando el Buda estaba en la veintena, no era un gran maestro iluminado. Se llamaba Siddhartha Gautama y vivía en casa de su padre. Tenía esposa, pues se casó muy joven, y antes de que se diera cuenta ya tenía un hijo. Acababa de descubrir lo protegido que había crecido, porque no sería hasta alcanzar la veintena cuando se encontró por primera vez con el sufrimiento en la forma de la enfermedad, la vejez y la muerte. De manera muy parecida a como nos ha sucedido a la mayoría también a esa edad, no le gustó lo que vio en el mundo y se esforzó en encontrar la manera de cambiarlo.

Siddhartha Gautama, al que imagino que sus amigos y familia llamaban "Sid", se sintió inspirado a seguir una vida espiritual alejado de su hogar. Recurrió a prácticas extremas, pasando hambre y viviendo en condiciones difíciles en pos de la santidad, como si buscase un cambio radical con respecto a su cómoda educación y origen. Acabó descubriendo, no siendo demasiado indulgente ni demasiado duro consigo mismo, que podía transitar por un camino intermedio donde podía ser considerado consigo mismo, practicar meditación con diligencia y vivir una vida noble. Solo entonces pudo realizar la iluminación.

Siempre que alguien en la fase "¿De dónde salen todos estos pensamientos?" me pregunta qué hacer con su práctica de meditación, recuerdo lo que me decían mis maestros: "Sigue sentándote". Eso no tiene nada que ver con ningún rollo de tener fe porque un tío llamado Sid así lo hiciera hace 2.600 años, o porque nos fijemos en la gente que vive en comunidades meditativas y comprobemos que hay quienes se han beneficiado de esta práctica. Tiene que ver con que vemos los efectos de la meditación en nosotros mismos.

Cuando el Buda alcanzó la iluminación, buscó a unos buenos amigos con los que había meditado en el pasado. En lugar de ir a ellos con la mentalidad de: "Ya lo tengo, así que veniros a estudiar conmigo", lo que dijo fue: "Venid y comprobadlo por vosotros mismos".

La meditación es el camino del autodescubrimiento. Si aceptamos el consejo del Buda y de otros grandes maestros del pasado y continuamos practicando meditación, también empezaremos a alejarnos de la sensación de estar siendo bombardeados por un aluvión de pensamientos. En su lugar, podemos llegar a sentirnos como si nos hallásemos en medio de un potente río de pensamientos. No es mal comienzo. Con el tiempo y la práctica, uno llega a sentir que los pensamientos que nos atosigan lo hacen ahora a la velocidad de un arroyuelo o manantial, lo cual nos conduce a una mente atenta: un amplio y espacioso estanque sin ondas en su superficie.

El proceso gradual de ir acostumbrándose a regresar a la respiración durante la meditación empieza a desarrollar algo de espacio mental que, con el tiempo y sin que tengas que "hacer" nada, de manera natural, empieza a manifestarse en nuestra vida cotidiana. En nuestra práctica de meditación aprendemos a reconocer los pensamientos sin actuar sobre ellos. Se trata de una herramienta extremadamente útil cuando vivimos en un mundo en que un colérico correo electrónico o un botón de borrado en un teléfono móvil pueden acabar con una relación.

Tal vez, durante la sesión de meditación nos descubramos enfadados con un compañero de trabajo o de clase. Repasamos un determinado número de pretendidas conversaciones con dicha persona y en cada ocasión son distintas. Analizamos con exactitud cómo nos engañaron en el pasado y pensamos en cómo vengarnos. Cada vez que nos sorprendemos haciendo eso durante la meditación, lo reconocemos, lo etiquetamos como "pensando" y regresamos a la respiración. Quizá se parezca a lo siguiente:

"Brett es un capullo".

"Pensando".

Vuelta a la respiración.

"Este Brett se ha propuesto arruinarme la mañana. Estoy seguro de que lo hizo a propósito".

"Pensando".

Vuelta a la respiración.

Repitiendo esta sencilla práctica de darnos espacio en el cojín de meditación, nos preparamos para relacionarnos con esa emoción y esa persona en la vida cotidiana. Se denomina "práctica de meditación" porque practicamos el estar presentes en nuestra experiencia durante la meditación, y esta práctica se extiende las 23 horas y media en las que no estamos meditando formalmente. Con suerte, la próxima vez que veamos a Brett, en lugar de seguir nuestra respuesta habitual de darle caña, podamos encontrar un pequeño resquicio de espacio, una oportunidad de no reaccionar como acostumbrábamos en el pasado, y podamos estar presentes en cualquier situación que surja.

Cuando tenemos esa experiencia, es que tal vez hemos pasado a la segunda fase, la de "Vaya, parece que esto me ayuda algo". Estamos ligeramente encantados de que la meditación empiece a permitirnos introducir más amplitud en nuestra mente y vida cotidiana. Por eso la práctica de la meditación no trata de intentar dar la talla respecto de alguna versión ideal acerca de quiénes somos, sino que se trata de estar en nosotros mismos y nuestra experiencia, sea cual sea.

La tercera fase podría decirse que es algo así como "La meditación es un chollo". Hemos visto que crear más espacio alrededor de los pensamientos y las emociones intensas durante nuestra práctica de meditación nos permite relacionarnos totalmente con estos y estas en nuestra vida cotidiana. Eso nos sienta bien. Nos sienta tan bien que queremos seguir explorando este camino con la esperanza de llegar a aportarnos cierta sensación de cordura, a nosotros mismos, a nuestra vida cotidiana y al mundo que nos rodea.

Sin embargo, al igual que sucedía en nuestro primer ejemplo sobre los muchos años que le costó al Buda dar con una técnica que le funcionase, tampoco nosotros podemos esperar que la meditación nos cambie la vida de la noche a la mañana. Si quieres ponerte en forma físicamente, no esperas obtener una diferencia radical tras haber corrido unos pocos días o pasado un largo fin de semana en el gimnasio. En lugar de ello, empiezas acostumbrándote poco a poco a las pesas y las máquinas, reforzándote sesión a sesión, a lo largo de bastante tiempo. Cada vez que puedes impulsarte un poco más te sientes inspirado.

Lo mismo puede decirse de la mente con la meditación. No podemos esperar sentarnos cinco horas e iluminarnos. Ni tampoco podemos sentarnos 15 minutos al día durante una semana, y cuando nos damos cuenta de que no estamos más cuerdos ni nos sentimos mejor que antes, abandonar. Sesión a sesión, empezamos a adquirir la flexibilidad y apertura mental que irán haciendo que nuestra mente se torne saludable y vigorosa. Hemos de empezar entrenando la mente de manera regular en sesiones cortas, a fin de ir aumentando la estabilidad que acabará extendiéndose al resto de nuestras vidas.

En última instancia creo que cualquiera que se sienta atraído a una vida espiritual quiere beneficiar al resto del mundo. Nadie escogió leer este libro porque desease un coche mejor o una pareja más guapa. Queremos aprender a ser cuerdos, cómo ser más francos en nuestras vidas y cómo difundir la cordura y la compasión en un mundo cada vez más caótico. El primer paso es enfrentarnos a nuestros demonios mentales al ir conociéndonos a nosotros mismos en la meditación. Necesitamos entablar amistad con nosotros mismos, y aunque suene muy sobado, a amarnos a nosotros mismos, para así poder amar al mundo.

El despertador en forma de samurái nos indica una manera en que podemos enfocar nuestra jornada. Podemos pensar en nuestra mañana y decirnos: "Es hora de ir a la batalla. Yo contra el mundo". Para ganar, debemos mostrarnos despiadados en el trabajo y obtener aumentos de sueldo y ascensos, adquirir los últimos dispositivos electrónicos y tener una supermodelo por esposa. Ese punto de vista resulta agotador y gastado, porque nos obliga a luchar constantemente para poder alcanzar ese nuevo escalón de la escalera de nuestra carrera profesional, nuestros dispositivos quedan obsoletos al cabo de pocos meses y a nuestra pareja se le acaban desdibujando los rasgos. Considerar nuestra jornada como una batalla nos separa del mundo que nos rodea y hace que nuestras vidas cotidianas parezcan algo que debemos conquistar y someter, o bien limitarnos a sobrevivir.

En cambio, podrías considerar tu vida como una buenísima oportunidad. Cuando suene el despertador, puedes dedicar un minuto a reflexionar acerca de todo lo que tienes en la vida –amigos, familia, aquello que te importe– y apreciarlo. Al ir adentrándote en la jornada, podrías dedicar algo de tiempo a meditar y observar la manera en que ese poco tiempo que le dedicas te hace sentir más espacioso y a tu mente más expansiva.

De hacerlo, podrías descubrir que ese mundo que antes daba la sensación de ser tan intimidatorio, contra el que valía la pena luchar, resulta que no es tan difícil cuando no incluyes tus pasiones, agresividad y confusión de siempre en todos los escenarios, y en lugar de ello, infundes amplitud a todas las situaciones.

(Continues…)



Excerpted from "El Buda Entra En Un Bar"
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Table of Contents

Agradecimientos,
Introducción,
Parte I: Primero, espabílate,
1. Tu vida es un terreno de juego,
2. Ríete ante el montaje de tu mente,
3. Manifiesta las cualidades del tigre,
4. Discierne tu propio mandala,
5. Muéstrate amable con tu síndrome del "Increíble Hulk",
6. La ocasión es en este momento,
7. Ocúpate de los detalles de tu vida,
Parte II: Cómo salvar el mundo,
8. Una sociedad basada en un corazón abierto,
9. Manifiesta las cualidades del león de las nieves,
10. Sexo, amor y compasión,
11. Cómo aplicar disciplina, incluso cuando la cabeza desconecta,
12. Súbete al carro de tu vida,
13. Aporta luz a un mundo oscurecido,
Parte III: Lánzate al espacio,
14. Arráncate la flecha del ojo y observa el mundo con más claridad,
15. El audaz vuelo del garuda,
16. Prepárate para tu bar mitsvà budista,
17. Disfruta de los cocotazos que despiertan,
18. Rasga el tú de cartón piedra,
19. Introduce una mente espaciosa en actos sutiles,
Parte IV: Relájate en la magia,
20. Canta una canción Vajra (en la ducha),
21. La autenticidad del dragón,
22. Márcate un Milarepa,
23. Une corazón y mente de forma auténtica y genuina,
24. Convierte lo ordinario en mágico,
25. Relájate en tu vida,
Notas,
Recursos,

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