El Hombre que he llegado a ser: Memoria de un inmigrante venezolano en NY

El Hombre que he llegado a ser: Memoria de un inmigrante venezolano en NY

by Sandy Melanio Rivero

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Overview

Como un reflejo de su memoria, en El Hombre que he llegado a Ser, el autor Sandy Melanio Rivero describe los cambios que han surgido en su vida y comparte sus recuerdos desde la Barriada de Caracas donde nació, hasta las calles de la ciudad de Nueva York. El número doce de trece niños que procrearon sus padres. Con su graciosa ingeniosidad, Rivero describe su lucha de salir fuera de la pobreza en Venezuela a la subsiguiente prosperidad de su vida en Norteamérica.

Su autobiografía nos permite acompañarlo desde haber trabajado en Restaurantes, una licorería, y Centros de Cambios de cheques a una carrera en Contabilidad, la Industria Bancaria y a una inesperada profesión como instructor de la lengua Española. Rivero, debido a sus viajes a través del mundo, permite a sus lectores a sentir una descripción de sus viajes de forma pícara y siempre divertida. El hombre que he llegado a ser, da una muestra de cómo Rivero con su curiosidad, la iniciativa empresarial y la tenacidad de su don lingüístico, forman un compuesto que le hace ser la persona que es hoy en día. Su libro es un tiro al blanco para cualquiera. Las aventuras e incidentes entrañables sirven como lección para proveer una dosis saludable de buena inspiración.

Product Details

ISBN-13: 9781504335577
Publisher: Balboa Press
Publication date: 07/09/2015
Pages: 170
Product dimensions: 6.00(w) x 9.00(h) x 0.39(d)

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El Hombre Que He Llegado a Ser

Memoria de un Inmigrante Venezolano en NY


By Sandy Melanio Rivero

Balboa Press

Copyright © 2016 Sandy Melanio Rivero
All rights reserved.
ISBN: 978-1-5043-3557-7



CHAPTER 1

Primera Parte

Venezuela

Los años de formación 1938--1969


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Con frecuencia me llegan a la memoria recuerdos de eventos tristes y también de momentos alegres; tales acciones me han instado a asociarlos en secuencias como recuerdo de mi niñez; me es importante recopilar los recuerdos de mi infancia, porque es donde fue formada la sólida base fundamental de mi vida.

El comienzo de escribir mi autobiografía ha sido una tarea de crear el mapa de mi vida; y tal acto me ha transportado al confín de mi memoria.

Mi padre nació en Caracas, en el 1876. Después de haber enviudado a la edad de cuarenta y siete años ya con tres niños, dos varones Nicolás y Julio Cesar, y una hembra Rosa Amelia que murió durante su infancia, se casó con mi mamá en 1923. Entre mi papá y mi mamá procrearon diez niños más; seis varones y cuatro hembras de los cuales uno llamado Gregorio murió durante su infancia; del total de treces niños once logramos alcanzar la edad madura. Martin uno de mis hermanos gemelos fue víctima de un robo callejero en Caracas donde fue asesinado por un grupo de bandoleros a la edad de cincuenta y cuatro años. El resto de mis hermanos: Nicolás, Julio Cesar, Julio Alfredo, Eusebio y Antonio (el otro gemelo), y mi hermana la menor Virgilia han muerto. Los cuatro restantes Margarita, Evelia, Petra y yo hemos vivido sobre los setenta años.

Yo soy el número doce (12), Nací en Caracas el seis de Enero de 1938, en el barrio La Cañada de la Iglesia, la barriada que estaba ubicada entre dos cerros: El Cerro de Los Flores y El Cerro de Monte Piedad. Durante los años de 1950 el gobierno derrumbó parte de los dos cerros, y unió toda la zona y construyó las Viviendas Populares conocidas como el 23 de Enero, hoy en día La Cañada es parte de esa zona.

Mi padre fue carpintero, habitualmente le veía trabajando en la carpintería que era un cuarto de mi casa frente a la calle principal, todavía recuerdo que mi papá siempre silbaba sus canciones cuando estaba trabajando y usaba su sombrero de estilo panameño.

A mi papá le conocían como el carpintero número uno de la barriada, también gozaba de buena reputación en diferentes lugares de la ciudad y era muy respetado en todo el vecindario. Siempre recuerdo que mi papá llamaba a mi mamá; "Mi Negra", y mi mamá le llamaba "Mi Negro". Esto era muestra de ese amor puro que yo observaba en mis padres.

Cuando yo era un niño de apenas dos o tres años recuerdo a mi papá que sentaba a mi hermanita Jibe (Virgilia) y a mí en sus piernas y tarareaba una canción, que tal vez fue creada por él: "Ampuliqueson, ampuliqueson, ampuliqueson, ampuliqueson". Pero mi papá, aunque era cariñoso, también poseía un temperamento fuerte. Recuerdo que un día él me tenía en sus brazos hablando con un hombre que tenía una bodega en frente de nuestra casa; de repente oí que alzaron la voz y mi papá hizo un ademan con los brazos, sin querer mis pequeñas piernas le golpearon el rostro al bodeguero, todavía después de setenta años recuerdo la cara enrojecida del "Tuerto Venancio", era el nombre de pila del bodeguero.

Claro, en la vida suceden tantas cosas que algunas nunca se olvidan. Cuando tenía casi diez años, mi mamá me contó que la causa de la discusión entre mi papá y el Tuerto Venancio, fue debida a una deuda que mi padre tenía, y durante esos duros tiempos de los años cuarenta, la economía del país estaba débil, pasando por una situación bastante difícil para el pobre.

Yo nunca vi a mi papá consumir ni siquiera una gota de licor, pero si le vi fumar. Quizás, no tomó licor en frente de mí. Aunque recuerdo que durante las Navidades a principios de los años cuarenta, el Sr. Guillermo Cuevas, quien era el dueño de un pequeño abasto le regalaba una botella de Ponche Crema, quizás porque había una mutua amistad entre el Sr. Guillermo y mi papá; puesto que mi papá había construido los estantes de madera del abasto del Sr. Guillermo.

Bien, para todos los hombres de esos tiempos, fumar era un placer común. Recuerdo que a mi papá le gustaba fumar un cigarrillo marca Doble Águila, y a mi mamá, también la vi fumar cigarrillos de la misma marca. El fumar era un placer popular incluso para los pobres.

Además del abasto del Sr. Cuevas, en el vecindario había otros establecimientos. Tal como una cantina en la esquina donde estaba mi casa, una panadería a dos cuadras, un quiosco donde se vendía periódicos, cigarrillos y otras mercancías; cuyos dueños eran la familia Ponce. Recuerdo que el Sr. Ponce tenía un rifle con el que cazaba animales y pájaros; y muchos de los pájaros servían de sustento alimenticio para la familia.

Cuando yo ya estaba entre los ocho y nueve años mi mamá me enviaba a cualquier mandado. Una vez fui al quiosco de los Ponce y noté que había monedas sueltas sobre el mostrador; cosa que no veía en los otros establecimientos. Cuando regresé a mi casa curiosamente le pregunté a mi hermana Evelia que en la tienda de lo Ponce siempre veía una o dos monedas sobre el mostrador, y mi hermana me dijo que eso era una táctica de esa familia para probar la honestidad y dignidad de la gente. Recuerdo desde mi niñez, que Evelia me cuidada y me lavaba y cuando ella tenía algo que comer, incluso si era una simple banana, ella la compartía conmigo cantando nuestro popular tema: "Un pedacito pa'ti y un pedacito pa'mí". Pero eso era parte de la filosofía familiar; de compartir entre mis hermanos y hermanas lo que pudiésemos. Este fue el molde disciplinario y la educación familiar que recibí durante mi niñez. Por lo tanto, si alguno de mis hermanos o hermanas hacían algo deshonesto mi papá nos ponía en fila y cada uno recibía un fuerte correazo en el trasero, como lección de obediencia y respeto para la familia.

Yo nací en una época de hambre, miseria y privación. La carencia de comida en mi casa era deprimente, que conllevaba una salud precaria, mi hermana menor (Jibe), y yo sufríamos de lombrices estomacales; (Un parásito que era muy común en los niños hambrientos). Claro, cuando niño tampoco supe lo que es tener juguetes. Pero mis padres me dieron amor, que considero que es el mayor incentivo para poseer un fuerte autoestima y no valorizar tanto las cosas materiales. "Amarse a uno mismo, y después amar a los demás". Ya para la edad de seis años yo en las Navidades no creía en San Nicolás, porque en los veinticincos de diciembre, veía a los niños en el vecindario jugar con juguetes nuevos y se preguntaban unos a los otros: ¿Qué te trajo el Niño Jesús? Y tradicionalmente se les enseña a los niños que el Niño Jesús les trae juguetes la noche del veinticuatro de diciembre. Claro cuando me preguntaban, mi repuesta era simplemente: "Nada".

A veces me preguntaba: ¿Porqué San Nicolás, o El Niño Jesús, se olvidaban de traerle un juguete a mi hermanita Jibe y a mí?, mientras que los otros niños gozaban de ese privilegio. Desde mi niñez empecé a no creer en todo lo que oía. Sin pensarlo mucho, quizás en la miseria que yo viví llegó a tener un efecto positivo en mi imaginación durante mi niñez; porque aprendí a hacer cualquier objeto que me sirviera de juguete; tal cosa como una botella vacía, un carrillo de madera vacío con un pedazo de elástica y me divertía con lo que construía. La imaginación también es una facultad que se cultiva.

También las Navidades nos traían una culinaria satisfacción, porque era el tiempo de comer las tradicionales hallacas navideñas. Mi mamá junto con mi Tía tradicionalmente hacía hallacas para venderlas a las bodegas del vecindario y a varias familias; y yo muy temprano en la mañanas iba con mi mamá a moler el maíz para hacer la masa de las arepas y de las hallacas. Visitar la casa de mi Tía era un verdadero placer, porque allá había siempre algo que comer. Durante la Semana Santa, mi mamá cocinaba el tradicional arroz con coco. Los días de fiestas tradicionales para mi eran un verdadero placer, aunque yo carecía de muchas cosas materiales solamente tener comida era el factor primordial, como dice el dicho venezolano: "Barriga llena, corazón contento".

Tradicionalmente en Venezuela durante las Navidades o para el fin de año, la gente compraba ropa y zapatos nuevos y muchos se preguntaban ¿Qué te vas a estrenar para el Año Nuevo? Como nosotros éramos muy pobres no gozábamos de ese placer, y recuerdo que mucha gente lloraba a lágrimas sueltas durante las festividades del fin de año; sólo por la simple razón de no tener nada nuevo para vestirse. Sin embargo, pienso que esa experiencia de mi niñez me ha hecho apreciar el bienestar del presente y muchas cosas más. Es cierto, la vida me ha enseñado a estar satisfecho con todo lo que obtenga (Si tengo café y no tengo leche, tomo café negro). No soy un fatalista, simplemente he aprendido a disfrutar de todo con placer bajo cualquier circunstancia.

De la Cañada de la Iglesia, la Barriada donde nací y crecí, todavía recuerdo el número de mi casa (21--1), la cual había sido construida al lado de un canal por donde corrían las aguas negras de toda la región. Mi casa era una casa de adobe, con piso de tierra, techo raso de caña-amarga cubierta de barro y tejas por encima. Tenía la cocina, dos dormitorios y el cuarto junto al canal era la Carpintería de mi papá y no teníamos tuberías. El canal separaba la casa de la calle principal; había otro cuarto pequeño detrás de la casa donde mi papá guardaba maderas y herramientas. Yo me acostumbré a vivir junto a toda clase de insectos, roedores y reptiles. Un día, un alacrán cayó del techo sobre el brazo de mi mamá que estaba en la cama, le clavó el aguijón y se le hinchó el brazo, pero con los remedios caseros curábamos todo. Por lo tanto, yo crecí sin temor a los rastreros, roedores y reptiles. Cuando llovía la casa se mojaba por dentro, teníamos que buscar cualquier tipo de envase para colocarlos sobre las camas para las goteras que caían del tejado.

Siempre después de las lluvias, por el canal se veía pasar toda clase de animales muertos arrastrados por el agua que desembocaba en el Río Guaire. (El Guaire, es un Río canalizado que atraviesa la ciudad de Caracas de Oeste a Este).

Días más tarde después de las lluvias se veían crecer muchos hongos en el corral de mi casa, pero desafortunadamente no eran comestibles.

También, algo favorable de la residencia a las orillas del canal era que después que el agua desembocaba en el río quedaba un sedimento de arena que era útil material para comercializar con las compañías constructoras. Por esa razón, mis hermanos los gemelos y otros jóvenes del vecindario bajaban con sus palas para sacar la arena negra que era vendida por camiones a dichas compañías. Por la carga total de un camión de arena el grupo cobraba veinticinco bolívares, pero a las cuatro o cinco personas que trabajaban paleando la arena les tomaba de seis a ocho horas llenar el camión. Algo muy singular que yo veía, era que mis hermanos tanto como los otros jóvenes trabajaban cantando y silbando canciones el día entero, un entusiasmo mutuo por el trabajo. Claro, ésta oportunidad de ganar cinco o seis bolívares en un día de trabajo les servía para beneficiar a las familias y sobrevivir sin el resultado de robar o pedir limosna.

Yo mantengo que hemos sido bendecidos por Dios. Porque a pesar de toda la pobreza vivida ninguno de nosotros sufrió de enfermedades infecciosas, incluso mucho de nosotros vivimos descalzos, cerca de un sucio canal. La buena salud, la perspicacia y el sentido de humor sirvieron como lubricantes para sobrevivir los duros momentos de nuestra vidas.

Un domingo en la mañana de 1943, cuando Yo tenía cinco años; Evelia que me tenía como su mascota me bañó y me vistió con ropa limpia. Yo me sentí exaltado, porque presentía que me iba a llevar a pasear. También, vi a mis hermanos y hermanas contentamente arreglarse, me parecía que algo especial se avecinaba. Sucedió que nuestro destino fue ir a la Iglesia, donde varias personas se reunieron con mi familia. Se sentía un aire de festividad, vi a un hombre y a una mujer que yo no conocía levantarme en sus brazos y un cura me regó agua en la cabeza y dijo unas palabras que yo no entendí. Cuando una vez más estuve de pie me dieron una pequeña tarjeta con una monedita adherida. Mis hermanos y hermanas estaban juntos en fila, vi al cura ponerle su mano sobre la cabeza a cada uno y murmuraba palabras; cuando el cura puso su mano sobre mi cabeza dijo: "Este será el jefe de la familia". Aunque yo no sabía lo que él dijo, esas palabras me hicieron sentir regocijado.

De regreso a la casa, había más personas, y en la mesa había comida y todos hablaban unos a los otros con alegría. Estaba un hombre con una cámara fotográfica que tomó varias fotos. Nos sentaron a todos en un largo banco mientras que mi mamá y mi papá estaban parados detrás de nosotros. Ese día fui bautizado en la Iglesia Católica. Fue un día especial en mi vida.


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Un domingo de 1944, cuando tenía seis años; Evelia me vistió con ropa nueva que mi mamá me hizo. La tela era del mismo tipo de tela de algodón que se usaba para el empaque de harina de trigo. Bueno, mi mamá me cosió las primeras ropas que recuerdo: pantalón, camisa y correa. Ese mismo domingo llegaron dos carros al frente de la casa y nos llevaron a toda la familia para el Hipódromo, en la zona del Paraíso en Caracas. Creo que esta fue la primera vez que me monté en un carro. Recuerdo que las ruedas del automóvil eran grandes y el borde pintado de blanco. Ya dentro del Hipódromo había una muchedumbre de gente, pero en vez de caballos vi grandes parlantes de donde se oían varias voces. Pero supe que una de las voces (Según me dijo mi hermana), era el discurso del presidente de la República de Venezuela, Isaías Medina Angarita, al pueblo venezolano. Sinceramente, no recuerdo como regresamos a la casa si fue en carro o a pies. Pero en mi casa hubo una reunión con varios amigos de mi familia y contentamente hablaban del presidente y de lo que habían oído. Unos meses más tarde mis padres recibieron un regalo del presidente. Según tengo entendido que fue un cheque por el valor de setecientos bolívares; en 1944 ese monto era una buena suma de dinero, especialmente para mi familia. También supe que el gobierno había introducido un programa de Beneficio Social para familias con siete o más niños. En otras palabras, motivar a familias que procrearan niños porque se consideraba que Venezuela tenía una población muy baja, y mi familia fue beneficiada.


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A partir de 1945, fueron años de total tristeza. Yo tenía siete años cuando mi papá cayó enfermo, sufriendo de una enfermedad del hígado. Todavía recuerdo a mi mamá asando las pencas de sábila usándolas como medicina casera para mi papá. Claro, en aquella época doctores para los pobres eran muy escasos. Ya a mí desde los cinco años se me venía desarrollando la curiosidad de preguntar por todo lo que veía; (Caso típico de muchos niños). Una vez le pregunté a mi mamá: ¿Por qué asaba las pencas de sábila? Ella me contestó que eso era la medicina para mi papá, para satisfacer mi curiosidad probé el sabor, y desde entonces, jamás volví a probarla, porque para mí, la sábila es el producto natural más amargo que he probado en mi vida.

Catorce meses más tarde murió mi padre a los sesenta y nueve años. Todos en la casa llorando y sollozando por nuestra gran pérdida, la tradición Católica requiere que todo difunto sea enterrado dentro de veinticuatro horas. El día del entierro mi madrina Teresa Sanjonis me sentó sobre el mostrador de trabajo en la carpintería; y me calzó unos zapatos de patente negro. Para mi pensar, esos fueron los primeros zapatos que tuve, porque la mayoría de nosotros usábamos alpargatas. Nunca olvidaré esos zapatos; debido a la ocasión del regalo.

Cuando murió mi papá en mi casa éramos diez en total. Mi hermana Margarita, quien es la mayor tenía solamente diecinueve años, el mayor de los varones Julio Alfredo, tenía diecisiete años y no tenía trabajo; y la más joven mi hermanita Jibe, tenía solamente cinco años.

Unos pocos años más tarde supe que muy pronto después de la muerte de mi papá, varios de los vecinos se ofrecieron para adoptar a mi hermanita y a mí; pero a pesar de la horrenda situación económica en que vivíamos, mi mamá reusó entregarnos a otras personas. Mis tías, las tres hermanas de mi mamá, podían habernos tomado, pero les era difícil, porque ellas también estaban cargadas de niños y con una situación casi similar a la que vivíamos nosotros. Por lo tanto, permanecimos unidos.


(Continues...)

Excerpted from El Hombre Que He Llegado a Ser by Sandy Melanio Rivero. Copyright © 2016 Sandy Melanio Rivero. Excerpted by permission of Balboa Press.
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Table of Contents

Contents

Ilustración, vii,
Introducción, ix,
Primera parte 1938---1969: Venezuela: Los años de formación, 1,
Segunda parte 1969---1975: Nueva York: Abrazar a otra tierra, 42,
Tercera parte 1971---1982: Matrimonio y nuevo Horizonte, 70,
Cuarta parte 1982---2000: Carrera y plan para el futuro, 103,
Quinta parte 2000---Hasta el Presente: Jubilación y reinvención, 136,
Epílogo, 157,

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