Horror en el museo

Horror en el museo

by H. P. Lovecraft

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Product Details

ISBN-13: 9788416185078
Publisher: Roca Editorial de Libros
Publication date: 11/25/2014
Sold by: Barnes & Noble
Format: NOOK Book
File size: 1 MB

About the Author

Howard Phillip Lovecraft (1890-1937) nació en Nueva Inglaterra, un paisaje que convirtió en escenario de ficción. Sus historias heredaron la tradición de cuentos de horror góticos y de autores como Edgar Allan Poe. Pero Lovecraft estableció sus propias normas. Prescindió de fantasmas y vampiros, para situar el horror en las entrañas del universo.
Sus primeros relatos aparecieron en revistas pulp como Weird Tales. La llamada de Cthulhu (1926), una deidad monstruosa que habita la Tierra, es la base de los mitos, que construyó a lo largo de su obra junto a los escritores del Círculo de Cthulhu. En su mundo, poblado de seres de otras dimensiones, las leyes de la humanidad carecen de valor. Pero el hombre es incapaz de comprender su insignificancia ante la magnitud del cosmos.
Joyce Carol Oates calificó de incalculable la influencia de Lovecraft. Sus creaciones han inspirado a escritores, dibujantes y músicos, y están presentes en el cine e incluso en juegos de rol. Para Stephen King no había otro creador de cuentos de horror del siglo XX que superara a H. P. Lovecraft, el hombre que llevó el género más allá de la fantasía y la ciencia ficción.

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Horror En El Museo

Y Otras Colaboraciones


By H. P. Lovecraft, Antonio Prometeo Moya

OPEN ROAD INTEGRATED MEDIA

Copyright © 1989 Arkham House Publishers
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4976-9796-6



CHAPTER 1

Fue una lánguida curiosidad lo que al principio condujo a Stephen Jones al Museo Rogers. Alguien le había hablado de aquel lugar extraño y subterráneo de la calle Southwark, al otro lado del río, donde se exhibían figuras de cera mucho más horribles que las peores expuestas en el de Madame Tussaud, y se había dejado caer por allí un día de abril para ver hasta qué punto se desilusionaba. Curiosamente, no quedó desilusionado. Había en aquel lugar algo diferente y peculiar, a fin de cuentas. Por supuesto, los usuales y sanguinarios lugares comunes estaban presentes: Landrú, el doctor Crippen, Madame Demers, Lady Jane Grey, infinito catálogo de mutiladas víctimas de la guerra y la revolución y monstruos de la catadura de Gilles de Rais y el Marqués de Sade; pero había también otros seres que aceleraron su respiración y lo dejaron paralizado hasta que escuchó el tintineo de la campana que anunciaba el cierre. El que había modelado aquella colección no podía ser un saltabanco cualquiera. Había imaginación —y hasta cierto cariz de genio malogrado— en algunas de aquellas materias.

Más tarde habría de conocer detalles de George Rogers. Había pertenecido a la plantilla de la Tussaud, pero sin duda tuvo algún problema que acabó con su despido. Hubo rumores mal intencionados sobre su cordura y comadreos acerca de sus insanas formas de secreta latría: aunque posteriormente su éxito en el museo del sótano había embotado el filo de algunas críticas mientras aguzaba la insidiosa punta de otras. Sus aficiones eran la teratología y la iconografía de pesadilla, y hasta había tenido la prudencia de reservar algunas de las peores efigies a una pieza especial solo para adultos. Fue esta pieza lo que tanto había fascinado a Jones. Había allí seres híbridos y miniaturas deformes que solo la fantasía había podido engendrar, moldear con habilidad diabólica y colorear de una manera horriblemente animada.

Algunas correspondían a seres míticos bien conocidos: gorgonas, quimeras, dragones, cíclopes y todos sus escalofriantes congéneres. Otras habían sido tomadas de ciclos más sombríos y susurrados más furtivamente, de leyendas subterráneas: el negro e informe Tsathogg, Cthulhu, el de los múltiples tentáculos, el proboscídeo Chaugnar Faugn, y otras blasfemias rumoreadas en libros prohibidos como el Necronomicón, el Libro de Eibon o el Unaussprechlichen Kulten de Von Junzt. Pero las peores eran enteramente originales de Rogers y representaban formas que ninguna historia de la antigüedad se había atrevido jamás a sugerir. Algunas eran nauseabundas parodias de las formas de vida orgánica que conocemos, en tanto otras parecían tomadas de febriles sueños de otros planetas y otras galaxias. Las más primigenias pinturas de Clark Ashton Smith se aproximaban relativamente: pero nada podía aproximarse al efecto del punzante, abominable terror creado por la gran talla y criminal artesanía de aquel sujeto, y por las diabólicas, astutas e inspiradas condiciones en que eran exhibidas.

Stephen Jones, como degustador hedonista de lo singular en el arte, había buscado al propio Rogers en la lóbrega oficina-taller que había tras la cámara abovedada del museo: cripta siniestra, débilmente iluminada por polvorientas ventanas abiertas como rendijas horizontales en la pared de ladrillo al nivel del antiguo empedrado de un patio interior. Allí eran reparadas las imágenes: y también allí habían sido fabricadas algunas. Brazos, piernas, cabezas y torsos de cera yacían en grotesca profusión sobre diversos bancos, mientras que en elevadas filas de anaqueles se apiñaban sin concierto pelucas, dientes amenazadores y vidriosos ojos que observaban. Vestidos de todas clases pendían de perchas y en una estancia podían verse grandes pilas de plastas céreas dotadas de inequívoca morbideza; había también estantes llenos de potes de pintura y pinceles de todo tipo. En el centro de la sala se encontraba un gran horno de fundición utilizado para moldear la cera, con el fogón coronado por un enorme recipiente de hierro provisto de bisagras y un pitón que permitía verter la cera fundida al más leve roce digital.

Los otros objetos de la melancólica cripta eran menos descriptibles: partes aisladas de entidades problemáticas cuyas formas conjuntables eran fantasmas del delirio. A un extremo había una puerta de recios tablones, asegurada por un cerrojo de tamaño insólito y con un símbolo peculiar pintado encima. Jones, que en cierta ocasión había tenido acceso al odioso Necronomicón, se estremeció involuntariamente al reconocer aquel símbolo. El empresario, reflexionó, debía de ser ciertamente una persona de erudición desconcertantemente amplia en terrenos sombríos e indeterminados.

Tampoco le desilusionó la conversación de Rogers. El hombre era alto, espigado, más bien cochambroso, con unos grandes ojos negros que miraban inflamados desde una cara pálida y por lo común sombreada. No se resintió de la intrusión de Jones, antes bien, pareció recibir con agrado la oportunidad de desahogarse con una persona interesada. Su voz poseía una cavernosidad singular y albergaba una especie de intensidad reprimida que rayaba en lo febril. No extrañó a Jones que muchos lo hubieran considerado loco.

Tras cada visita —y las visitas devinieron hábito a medida que transcurrían las semanas—, Jones hallaba a Rogers más comunicativo y confidencial. Desde el principio habían existido ciertos apuntes de un credo y unas prácticas extrañas por parte del empresario, pero con el tiempo los apuntes iniciales acabaron por componer el borrador de relatos cuya extravagancia —pese a unas cuantas fotografías que oficiaron de testigos— alcanzaba ribetes cómicos. Pertenecía ya a junio aquella noche en la que Jones llevó una botella de buen whisky; el argumento sedujo al anfitrión hasta el punto de sentirse propenso a dar rienda suelta, por vez primera, a su demente locuacidad. Hasta entonces las historias habían estado coronadas por la rusticidad y el primitivismo: relatos de incursiones misteriosas en el Tíbet, África interior, desierto arábigo, valle del Amazonas, Alaska y ciertas islas muy poco conocidas del Pacífico austral, más afirmaciones de haber leído libros tan monstruosos y semifabulosos como los prehistóricos fragmentos Pnakóticos y los cantos Dhol, atribuidos al maligno y ahumado Leng: pero nada de aquello fue tan inconfundiblemente insano como lo que cosechó aquella noche el cultivo del whisky.

Para decirlo con llaneza: Rogers comenzó haciendo vagos alardes de haber encontrado ciertas cosas en la naturaleza que ningún otro había hallado antes y, lo que es más, de haberse traído consigo las evidencias irrefutables de tales descubrimientos. A tenor de su cháchara calamocana, había ido más lejos que nadie en la interpretación de los oscuros y primigenios libros estudiados, y había sido dirigido por ellos hasta determinados lugares remotos donde permanecen ocultos extraños supervivientes de ciclos vitales y eónicos más antiguos que la humanidad, en algunos casos conectados con otras dimensiones y otros mundos, con quienes la comunicación era frecuente en los olvidados días prehumanos. Jones se maravilló ante la fantasía que podían conjurar tales nociones y se preguntó en qué habría consistido la anamnesia psíquica de Rogers. ¿Había sido su trabajo en medio de las morbosas fantochadas de la Tussaud el comienzo de sus vuelos imaginativos, o la tendencia era innata, de suerte que la elección de oficio constituía meramente una de sus manifestaciones? En cualquier caso, su trabajo estaba estrechamente relacionado con las cosas apuntadas más arriba. Hasta el momento no había habido duda ninguna sobre la dirección a que apuntaba el espantoso coqueteo con las monstruosidades de pesadillas ocultas tras la pieza «Solo para adultos». A despecho del ridículo, trataba de sugerir que no todas aquellas anormalidades demoníacas eran artificiales.

Lo que al cabo rompió la creciente cordialidad fue el franco escepticismo de Jones y su sentido de la diversión ante afirmaciones tan irresponsables. Rogers, cómo no, se las tomaba muy en serio; y no por otra razón se tornó huraño y resentido, continuando su tolerancia para con Jones solo por su tozudo anhelo de quebrantar su barrera de incredulidad educada y complaciente. Continuaron los relatos extravagantes y las insinuaciones de ritos y holocaustos a remotos dioses innominados; de vez en cuando, Rogers conducía a su invitado hasta una de las apestadas blasfemias de la alcoba reservada y señalaba facciones difíciles de reconciliar incluso con la más exuberante artesanía humana. Jones continuaba sus visitas por pura fascinación, aunque sabía que había perdido el afecto de su anfitrión. A veces intentaba seguirle la corriente con presuntas bases de cualquier apunte demente o rotunda afirmación, pero el magro empresario se dejaba engañar pocas veces por semejantes tácticas.

La tensión llegó a su punto culminante en septiembre. Jones había entrado en el museo casualmente una tarde de ocio y vagaba por los lóbregos pasillos de horrores ahora tan familiares cuando oyó un sonido muy peculiar procedente en líneas generales del taller de Rogers. También lo oyeron otras personas, que comenzaron a moverse con nerviosismo mientras los ecos despertaban secuelas sonoras por todo el inmenso sótano abovedado. Los tres empleados intercambiaron miradas de extrañeza; uno de ellos, moreno, taciturno, de aspecto extranjero, eterno ayudante de Rogers como reparador y diseñador, sonrió de tal modo que pareció desconcertar a sus colegas al tiempo que punzaba ciertos puntos de la sensibilidad de Jones. Había sido el ladrido o el aullido de un perro, pero había sido tal la calidad del sonido que solo el miedo más terrible combinado con la agonía más abominable podían haberlo producido. En su desnudo y angustiado frenesí resultaba abrumador para el oído y en aquel decorado de grotesca anormalidad poseía una cualidad duplicada de lo nauseabundo. Pero entonces recordó que en el museo no se permitía la entrada de perros.

Estaba ya a punto de traspasar la puerta que conducía al taller cuando el moreno empleado lo detuvo con una palabra y un ademán. El señor Rogers, dijo el individuo con acento suave, al tiempo evasivo y vagamente forzado, estaba fuera y había dejado órdenes de que nadie entrara en el taller durante su ausencia. En cuanto al aullido, procedía indudablemente del patio situado en la parte trasera del museo. La vecindad estaba llena de perros vagabundos y cuando se peleaban producían una verdadera batahola. No había perros en ningún punto del museo. Pero si el señor Jones deseaba ver al señor Rogers, este estaría de vuelta antes de la hora de cerrar.

Tras esto, Jones ascendió los viejos escalones de piedra que llevaban hasta la calle y examinó los alrededores con curiosidad. Los edificios, inclinados y decrépitos —en un tiempo viviendas, pero ahora principalmente tiendas y almacenes— eran ciertamente muy antiguos. Algunos poseían frontispicios que parecían retrotraer a la época Tudor y sobre la zona entera se extendía una perceptible fetidez. Junto a la lóbrega casa en cuyo sótano se encontraba instalado el museo se extendía una baja arcada cruzada por un callejón oscuro y empedrado; por aquí entró Jones con el vago deseo de encontrar el patio que se abría tras el taller y acallar en su ánimo el asunto del perro. A la luz tardía del crepúsculo el patio se encontraba pobremente iluminado; estaba bordeado por paredes traseras, paredes que eran incluso más feas y más amenazantes en su procacidad que las ruinosas fachadas de las malignas casas viejas que daban a la calle. No se veía ningún perro y Jones se preguntó cómo era posible que tal algarabía se hubiese desvanecido tan pronto.

Pese a la afirmación del empleado de que no había habido ningún perro en el museo, Jones echó una ojeada nerviosa a las tres pequeñas ventanas del taller del sótano: rectángulos estrechos y horizontales cercanos al suelo cubierto de yerba, con vidrios sucios que observaban repulsivamente y sin curiosidad como ojos de pez muerto. A la izquierda se alzaba un gastado tramo de escalera que llevaba hasta una gruesa puerta, sin pintar y cerrada. Impulso inconcreto lo llevó a acuclillarse sobre las húmedas y resquebrajadas lajas y mirar dentro, pensando en la posibilidad de que las cortinas gruesas y verdes, accionadas por largas cuerdas que colgaban a un nivel accesible, no estuvieran echadas. La superficie exterior de los cristales estaba cubierta por una espesa capa de polvo, pero al frotarlos con el pañuelo vio que ninguna cortina obstaculizaba su visión.

El interior se encontraba tan oscuro que a duras penas pudo distinguir nada que no fuera la grotesca confusión de obras que, de vez en cuando, se recortaban espectralmente mientras Jones iba probando las ventanas una tras otra. Al principio pareció evidente que nadie había en el interior; sin embargo, cuando observó a través de la ventana situada al extremo de la derecha —la más cercana al callejón de entrada— distinguió al otro extremo de la estancia un resplandor que le obligó a detenerse desconcertado. No había razón para que aquella luz estuviese allí. Era un punto interior de la sala y no pudo recordar que hubiese en sus proximidades ningún tipo de iluminación eléctrica o de gas. Otra mirada definió el resplandor como un rectángulo vertical, bastante ancho, lo que le proporcionó una explicación. En aquella dirección había notado siempre la existencia de una puerta de recios tablones dotada de un cerrojo anormalmente grande: exactamente la puerta jamás abierta sobre la que se destacaba crudamente aquel nauseabundo símbolo críptico procedente de los archivos fragmentarios de la magia prohibida más antigua. Debía de estar abierta en aquel momento ... con una luz en el interior. Todas sus primitivas especulaciones acerca del servicio de aquella puerta se renovaron en aquel instante con fuerza desasosegadora.

Jones vagó sin rumbo por la lóbrega barriada hasta que faltó poco para las seis, momento en que regresó al museo para ver a Rogers. Difícilmente se habría explicado la razón por la que deseaba ver al individuo de manera tan especial y justamente en aquel momento, pero sin duda debía tratarse de algún presentimiento inconsciente en torno a aquel aullido canino tan terriblemente desapacible que oyera pocas horas atrás y el resplandor luminoso procedente de la puerta perturbadora y generalmente cerrada con el pesado cerrojo. Salían ya los empleados cuando llegó y se le ocurrió pensar que Orabona —el empleado moreno de aspecto extranjero— lo miraba con cierto sentido de la diversión tímido y reprimido. No le gustó aquella mirada aun cuando la había visto dirigida al patrón muchas veces.

La abovedada sala de exhibiciones resultaba espectral en su soledad, pero avanzó con rapidez por ella y llamó a la puerta de la oficina y taller. La respuesta tardó en venir, aunque en el interior se escuchaban pasos. Por último, contestando a una segunda llamada, el cerrojo rechinó y la puerta, antigua y formada por seis paneles, crujió con resistencia para dejar paso a la forma febril y encogida de George Rogers. Estaba claro desde el principio que el empresario se encontraba de un humor desusado. Hubo una curiosa mezcla de desgana y contento en su recibimiento y pronto su charla derivó hacia extravagancias de la especie más increíble y siniestra.

Dioses supervivientes y antiquísimos, sacrificios sin nombre, aquellos que no eran de naturaleza artificial como algunos de los horrores de la pieza ... las fanfarronadas de siempre, solo que musitadas con un tono de confianza peculiarmente creciente. Obviamente, reflexionó Jones, la locura del pobre fulano estaba ganando terreno. De vez en cuando, Rogers lanzaba miradas furtivas hacia la pesada y acerrojada puerta interior que había al final de la sala o hacia un pedazo de tosca arpillera que estaba en el suelo, no lejos de él, bajo la que parecía ocultarse un pequeño objeto. Jones se ponía cada vez más nervioso a medida que el tiempo pasaba y comenzó a sentirse tan indeciso en lo de mencionar las singularidades de aquella tarde como en un principio ansioso por hacerlo.

La voz de bajo sepulcralmente resonante de Rogers casi crujió por la excitación de su parloteo febril.

—¿Recuerda usted —exclamó— lo que le conté sobre aquella ciudad de Indochina donde vivió el Tcho-Tchos? Tuvo que admitir que estuve allí nada más ver las fotografías, aun cuando creyera que había hecho de cera aquel nadador oblongo de las tinieblas. Si lo hubiera visto retorcerse en las charcas subterráneas como yo lo pude ver ...

»Bueno, pues esto es más grande aún. Nunca le había hablado de ello porque quería terminar las últimas partes antes de hacer ninguna afirmación. Cuando vea las instantáneas sabrá que la geografía no puede haber sido falsificada, aunque imagino que tengo otros medios de demostrar que Ello no es ninguna elucubración cérea realizada por mí. Jamás lo ha visto usted, pues los experimentos no me permitieron nunca exhibirlo.

El empresario miró de forma extraña la puerta acerrojada.


(Continues...)

Excerpted from Horror En El Museo by H. P. Lovecraft, Antonio Prometeo Moya. Copyright © 1989 Arkham House Publishers. Excerpted by permission of OPEN ROAD INTEGRATED MEDIA.
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Table of Contents

Contents

Portadilla,
Créditos,
HORROR EN EL MUSEO H. P. Lovecraft y Hazel Heald,
LA PRADERA VERDE H. P. Lovecraft y Elizabeth Berkeley,
AMOR A LA MUERTE H. P. Lovecraft y C. M. Eddy, Jr.,
EL CAOS REPTANTE H. P. Lovecraft y Elizabeth Berkeley,
EL HORROR DEL CEMENTERIO H. P. Lovecraft y Hazel Heald,
HASTA LA ÚLTIMA GOTA DEL OCÉANO H. P. Lovecraft y Robert H. Barlow,
EL ZAMPAESPECTROS H. P. Lovecraft y C. M. Eddy, Jr.,
CUATRO EN PUNTO H. P. Lovecraft y Sonia Green,
SORDO, MUDO Y CIEGO H. P. Lovecraft y C. M. Eddy, Jr.,
EL MONSTRUO INVISIBLE H. P. Lovecraft y Sonia Greene,
FUERA DEL TIEMPO H. P. Lovecraft y Hazel Heald,
EL DIARIO DE ALONSO TYPER H. P. Lovecraft y William Lumley,
Sobre los autores,

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